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miércoles, 18 de febrero de 2026

Gustavo Faverón Patriau. El anticuario. Lima: Peisa, 2019. 233 p.

 


Gustavo Faverón Patriau. El anticuario. Lima: Peisa, 2019. 233 p.

Esta es la opera prima de Gustavo Faverón (Lima, 1966), quien estudió literatura en la PUCP y doctorado en Cornell, además de ejercer la crítica literaria, y cuyas obras se han traducido a otros idiomas. La novela envuelve su trama sobre códigos del gótico (la muerta, la locura, el espacio cerrado del manicomio, los secretos de familia) y del policial (la investigación acerca de un extraño crimen pasional), pero que se alejan de sus modelos para ofrecer un registro de “alta” literatura.  Por momentos llega a un estilo lírico-digresivo y descripciones lujosas.

En cuanto a la estructura, (breves narraciones del “anticuario” que acompañan al relato central), se acerca a la figura de Scheherezade de Las mil y una noches, pero también a dos modelos locales: El avaro (1955) de Luis Loayza y Caballos de medianoche (1984) de Guillermo Niño de Guzmán. Incluso, la imagen del loco que cuenta su historia parece haber sido tomada de El gabinete del doctor Caligari (1920), film expresionista de Robert Wiene; y la casa en llamas final, tanto de E.A.Poe como de “La granja blanca” de Clemente Palma.

Las referencias espaciales a Lima o al Perú están recubiertas de tal modo, que no se distinguen del todo (se habla de la masacre de Uchuraccay, del diario El Comercio), pero de forma medio borrosa, porque la novela se dirige a un público más global. Los localismos son escasos o nulos. Puede ser el Perú o cualquier otro lado. En sí mismo esto no es ni bueno ni malo.

Poniendo un poco en perspectiva esta novela (publicada originalmente en 2010, y reeditada en Lima en 2019) diremos que se distancia del registro mimético convencional, de la temática social explícita, para ofrecer una novela llena de modismos borgianos, un libro acerca de otros libros (o narraciones contadas por otros personajes), pero el crimen en sí resulta más un artificio, y casi sin vida, o fría. No hay revelación final.

Por otro lado, también llama la atención (siguiendo su propia página oficial) que la crítica periodística local lo haya prácticamente borrado (se cuentan a Alonso Cueto en Hueso Húmero; a Luis Hernán Castañeda, en Moleskine literario, blog de Iván Thays; Mónica Belevan, en The Barcelona Review; y otros breves comentarios de Peter Elmore y Rosella Di Paolo). Una digresión al margen: en el mundillo literario es inevitable que se formen redes de contactos (o “alianzas estratégicas”, como dicen en el mundo corporativo), pero también hay que distinguir entre estas redes: a) la cordialidad, b) la simpatía, c) la admiración sincera, y d) la amistad más íntima. Siempre he creído que el verdadero crítico es más bien un ser solitario.

No se puede negar que El anticuario está bien escrita (pero ¿No es lo mínimo que se esperaría de un escritor en un sistema literario “industrial”?) que se aleja de la regularidad que ofrecía (¿y sigue ofreciendo?) el mercado local en la década del 2010.

Digresión final, Borges y lo metaliterario es ya un modelo canónico dentro de la literatura latinoamericana, y sus temas o tropos alcanzaron su mayor punto local con Un único desierto (1997) de Enrique Prochazka, que abre un nuevo horizonte para lo fantástico, pero que aún sigue siendo una figura marginal.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


viernes, 13 de febrero de 2026

Momentos estelares de la literatura fantástica peruana

 



Momentos estelares de la literatura fantástica peruana

A raíz de una intervención del escritor y crítico cultural Alexis Iparraguirre en el XVI Congreso nacional de escritores de literatura fantástica y CF, sobre la negación del Premio Nacional de Literatura a Jorge Luis Borges en 1942 con El jardín de senderos que se bifurcan (1941), libro que incluía cuentos como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “El acercamiento a Almotásin”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Las ruinas circulares”, “La lotería en Babilonia”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, “La biblioteca de Babel” y el que daba nombre al conjunto (hoy Borges sigue siendo canon, pero resulta raro el desprecio del jurado hacia estas nuevas formas); y de cómo esto generó una polémica y defensa desde la revista Sur; es decir, hubo cierto debate en el campo literario, me propongo en estas líneas establecer si en el Perú ocurrió algo parecido, si lo fantástico tuvo un “momento estelar”, un punto de quiebre o giro.

 

I

En la década del 50 del siglo pasado, hubo un periodo de renovación de las formas literarias, es claro que muchos autores (o casi todos) transitaron por los códigos de lo fantástico. Quizás lo más parecido (a la inversa) haya sido la crítica unánime hacia El avaro (1955) de Luis Loayza, un pequeño libro de microrrelatos fantásticos escrito por un autor de 21 años que fue rápidamente canonizado por la crítica local. Si bien hay que advertir que todos críticos -entre ellos, Abelardo Oquendo o Luis Jaime Cisneros quienes tenían vinculación con Loayza (uno amigo, el otro, su profesor)- celebraron su aparición, esto no fue suficiente para que lo fantástico se asiente como una tradición, más bien al contrario, solo sirvió solo para la canonización del propio Loayza (no de lo fantástico) dentro de los sectores culturales sanisidrinos, o aspirantes a serlo. Además, Loayza cambió en libros posteriores a un registro más serio, digamos.

Otro autor rompedor que quizás mejor englobe varios de los tópicos de la tradición fantástica sea José B. Adolph desde 1968 con El retorno de Aladino. Pero tenía varios inconvenientes: no había nacido en Perú (llegó al Perú a los cinco años), por lo tanto, no podía cantar “esta es mi tierra, así es mi Perú”, y, de otro lado, fue funcionario público durante la dictadura del generalote Juan Velasco Alvarado. Aunque hubo varios intelectuales y escritores que hicieron lo mismo, Adolph nunca negó su participación en el régimen, y ya en democracia, se volvió más escéptico y pesimista de lo que ya era frente al futuro político. Y al haber sido parte de ese gobierno, esto le ganó varios enemigos (aunque Adolph distanció su obra de su función pública: siempre fue crítico y corrosivo). Mañana, las ratas (1984) debió de convertirse en un best seller y en lectura obligatoria en las escuelas, pero en el país nadie lee.

Y si quedan dudas sobre momentos estelares, tenemos a Escuchando tras la puerta (1975) de Harry Belevan, otro libro rompedor de la tradición realista que también pasó por los anaqueles como libro de autor extranjero, junto a La piedra en el agua (1977). ¿Cuál podría ser la objeción?: No vivir en el Perú, por su función diplomática. Lo mismo pasó con la obra de Luis Freire Sarria o la de Carlos Calderón Fajardo, clásicos con derecho propio, que aún viviendo en el país, fueron vistos acaso como excentricidades o eventualidades. Pero, además, en el Perú ¿Quién lee?

Llegados los ochenta, llegó también la violencia, que se había alimentado durante años con esa misma retórica delirante que los de izquierda desbordaron en sus radicales discursos durante los velasquistas años 70. Lo fantástico se recluyó ligeramente, aunque siempre estuvo allí.

Pero en los 90, para ser más exacto, en 1997, Enrique Prochazka, un autor que pertenece a la década de los 80 publica su primer libro Un único desierto. Y la crítica nuevamente vuelve a ser unánime como con Loayza, cuarenta años atrás. Se le compara con Borges (que ahora sí ya es canónico a nivel continental y global), pero hay un problema: imitar a Borges es malo en una tradición asumida como “realista” desde siempre e inamovible, eso desde el trabajo de Alberto Escobar, quien agradecía que la influencia de Kafka en la literatura peruana era “por fortuna”, pasajera. Menos mal. Aunque Prochazka se parece a Borges, es porque tiene sus mismas referencias cultistas, no porque pretenda copiarlo. Sería un absurdo querer ser Borges cuando existe Borges.

Y a partir de ese lejano 1997 solo hemos tenido permanentes momentos estelares: La fabulosa máquina del sueño en 1999 de José Donayre, Año sabático de José Güich en el 2000, El llanto en las tinieblas en 2002 de Sandro Bossio, Ajuar funerario de Iwasaki en 2004, publicado en España, lo que lo convierte en un expatriado, El inventario de las naves en 2005 de Alexis Iparraguirre, El círculo Blum de 2007 de Lucho Zúñiga, Siete paseos por la niebla de Yeniva Fernández y Teztimonio de Luis Apolín, ambos en 2015, El regalo de las estrellas de Daniel Salvo y Los perseguidores de Pablo Ignacio Chacón, ambos en 2022, Bosque de arces de Jorge Casilla en 2023, Esotéricos registros en 2024 de Victoria Vargas Peraltilla, los  tres “cofrecillos” (2021-2025) de Salvador Luis, Criaturas virales de Dany Salvatierra y Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura de Gianni Biffi, de 2025; además de la obra de Alejandro Neyra, Daniel Collazos, Miguel Ángel Vallejo Sameshima, Raúl Quiroz, Carlos E. Freyre…, todos ellos son momentos estelares, pero ya son un “periódico de ayer” como reza la canción, porque a la “industria” le interesa más lo que vendrá, el porvenir. Interesa más vender lo nuevo, no importa si la historia trata sobre un divorcio familiar (la gran tragedia de la clase alta) o acerca de la muerte de una mascota (la segunda gran tragedia de la clase alta), está impreso y es literatura. Pero ¿Lo es?

¿Y quienes son esas multitudes de lectores que leen estas historias? ¿Las que frecuentan San Isidro o Miraflores? ¿Dónde está la academia que gusta de mirar solo el pasado? Porque a los críticos de los periódicos tampoco nadie los lee, salvo cuatro gatos.

Pero volvamos, a lo estelar. Ese realismo burgués “limeño” practicado hoy por los círculos de poder está muerto. Fue desbordado hace buen tiempo por lo fantástico en cantidad, y sobre todo, en calidad.

Y tampoco encontraremos realmente un debate permanente como en el campo argentino (el último “debate” entre andinos y criollos de 2005 fue un desfile de puro resentimiento y racismo, liderado por las viejas glorias de los recalcitrantes años 60), porque hoy como decía González Prada, todos prefieren hablar “a media voz”. De lo que se trata es de no incomodar a nadie, y mucho menos hablar de política. Por fortuna, acá ya nadie lee. Aún así solo queda escribir (a la contra).

 

II

El aparato académico-crítico ha sido incapaz de incorporar la serie contemporánea dentro de ese gran relato llamado literatura peruana (digamos, de los últimos 60 años, el último es el premio Nobel, y a veces, se le agrega a Miguel Gutiérrez, y paren de contar). Se quedó en los modelos de la novela realista soviética del siglo XIX; o la novela “total” del boom sesentero. Algún delirante reclama una nueva Guerra y Paz 2.0, como si la guerra en sí no fuese lo suficientemente obscena como para seguir haciendo una apología (solo hay drama en la guerra, dicen); o una nueva Conversación en la Catedral. Porque la novela, cuanto más gruesa, es más atractiva a los ojos, cuanto más “realista” más valiosa (nunca entendieron que eso que llaman “realismo” era solo otra forma de contar con sus propias reglas y códigos de verosimilitud). Y sobre todo, cuanto más “política”, más profunda y seria. ¡Viva el Perú!

El realismo limeño que ganó prestigio dentro del boom con las novelas del futuro premio Nobel, se fue reciclando en dos líneas: los eternos imitadores, clones, ecos, epígonos que hasta el día de hoy siguen ese camino y son mainstream, acaparando todos los reflectores, en un claro circulo vicioso, cada vez más agónico (unos podrían reclamar un linaje literario; otros sin linaje viven aún en sus traumas de clase popular y hacen catarsis; también están los escritores que revisten lo light de una tragedia griega, y solo unos pocos tienen verdadero talento). Y la otra línea, enfocada desde lo temático: el realismo en sí. Así pasamos del realismo urbano de los 50 y 60, a la nostalgia por el bien perdido de Bryce en los 70 (algunos ilusos del velasquismo lo entendieron como una crítica a ese grupo social). Y llegados los 80 todo fue violencia política: lo que no representase la violencia no era digno de ser tomado en cuenta por los críticos. Y en el nuevo milenio el ciclo de la violencia política siguió extendiendo sus tentáculos como las formas más prestigiosas locales, premiadas, exportables a ferias internacionales del libro. Cuanta más sangre, mejor. Luego vinieron las “novelas históricas” como sucedáneo de la “violencia política” (que suelen ser premiadas en los concursos de novela, con jurados hieráticos), y recientemente la “novela criminal” (en su más basta acepción). Esas son las formas aceptadas que la industria (que acaso ha coactado los pocos espacios de difusión convencional y rancia) apoya y sostiene. Todo lo demás no es digno de interés. Si algún iluso quiere ganar prestigio (¿de eso se trata de literatura?) que pruebe con una novela histórica, con una novela criminal, o recicle el ciclo de la violencia política en clave ultrarrealista. Quizás tenga fortuna crítica, o quizás no. Tampoco es seguro. Aunque el aro, la argolla conjurada en su caverna, ya está cerrada.

 

III

¿Momentos estelares? Claro que hubo momentos estelares, y seguirán ocurriendo, fuera de los reflectores, con cierta vergüenza, o “a media voz”. Recibirán, en el mejor de los casos, una palmadita en la espalda, y luego, “a otra cosa, mariposa”.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


miércoles, 14 de enero de 2026

Gianni Biffi. Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura. Lima: Dendro, 2025. 197 p.

 


Gianni Biffi. Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura. Lima: Dendro, 2025. 197 p.

 

Este es el segundo libro de Gianni Biffi (Lima, 1977). La clave de lectura del libro es el humor, por ello quisiera detenerme en este punto que es central. Dentro de las teorías del humor existen básicamente tres: a) teoría de la superioridad, en donde el humor se produce por la humillación física hacia el otro (por ejemplo, el pastelazo que recibe un personaje, los golpes, o el tropiezo en plena calle, etc.); b) teoría de la catarsis, es decir, liberación del inconsciente (muchas veces en relación con lo sexual); teoría de la incongruencia, basado en juegos de palabras, el absurdo o el sinsentido. Esto último es lo que practica Biffi en su libro.

Ahora bien, dentro de la literatura peruana ¿hay uso del humor? O mejor dicho ¿hay una tradición del humor? Es obvio que sí. No es en estricto una presencia nueva. Pensemos en Ricardo Palma en el s. XIX, y ya en el siglo XX, el trabajo de Héctor Velarde, Luis Felipe Angell (Sofocleto), Juan Rivera Saavedra, y más adelante, la obra de José B. Adolph, Alfredo Bryce Echenique, Luis Freire Sarria, Nicolás Yerovi, Jaime Bayly, Alejandro Neyra, Daniel Salvo, Julio Meza Diaz, Daniel Gutiérrez Hijar, al que se suma Biffi. Es claro que no todos practican el mismo humor, hay muchos matices. Sofocleto distinguía la risa de la sonrisa. Decía que la risa es reírse a mandíbula abierta, a carcajadas; mientras que la sonrisa era más “intelectual”, que era lo que él practicaba. El humor de Sofocleto como el de Velarde venía más por la influencia anglosajona, también es el caso de Biffi. Ahora bien, es claro que salvo el caso de Bryce o Bayly, esta línea de humor ha sido marginal dentro de las “historias” de la literatura peruana, por considerarla caso un mero divertimento, eventual, o sobre todo, por el carácter trágico que se tiene acerca de lo que debe de ser la literatura peruana (o con modelos del realismo soviético del XIX, o la novela del boom de los años 60). Y si le sumamos a la “policía literaria” de la que hablaba Adolph, para referirse a los críticos que andan censurando todo por allí, agestando el rostro, o creyéndose superiores a los creadores, sin haber escrito nada (viejo tema que podría abrir un debate), es claro que el humor (y lo fantástico) han sido “ninguneados” (casi) siempre.

Con el humor ocurre lo mismo que lo fantástico. Se tiene una idea común, grosso modo, que lo fantástico tiene como elemento clave el miedo, y un texto que no asusta ni causa pavor o estremecimiento es, entonces, un mal texto. Y no se puede leer lo fantástico desde esas coordenadas, ignorando la tradición del propio género y su autonomía literaria. Lo mismo ocurre con el humor, si no provoca risa, entonces es un mal texto. Y aquí entramos en un terreno muy subjetivo: lo que puede darte risa a ti de repente no es risible para otro (más aún si un lector, desde el principio lee el texto a la defensiva por creerse a priori superior a todo). Lo que hay que entender es el uso del humor, medir sus intenciones dentro de ese mundo representado, y de si funciona o no como recurso estético. Ahora pasemos a comentar algunos textos del libro.

“Reconciliación nacional” abre el libro y puede leerse como un acta de principios de lo que leeremos. “Paco Yunque” de Vallejo es, sin duda, el texto más leído dentro de la escuela básica. El autor concibió el texto como la representación de una lucha de clases entre el obrero creador asalariado y el abusivo gamonal-empresario. En el cuento, Paco Yunque no se ve reivindicado ni en su creatividad ni en su condición de subalterno, sino al contrario, porque vemos el triunfo de Grieve, el triunfo de los abusivos, de los que tienen el poder, y deja un claro sinsabor en el lector. Vallejo escribió ese texto cuando era abiertamente declarado comunista. Y el texto buscaba que el lector tomará acciones concretas en la realidad: acaso la venganza desde la “revolución” contra los opresores reales. Biffi se toma la licencia de preguntarse “¿Qué pasaría sí…”, propio del impulso ucrónico, de realidad alterna, para especular sobre ese hipotético encuentro futuro, ya adultos, entre Paco y Grieve. Entonces, a la “composición ucrónica” de Biffi se une la cita cultural, la intertextualidad. Esta “composición ucrónica” tiene una base “materialista”, entendida como oposición de fuerzas y contradicción en una realidad social. ¿Es Biffi, materialista? Parece que sí. Porque vuelve a poner sobre el escenario ese mismo enfrentamiento, que une dos imposibles irreconciliables. Y si bien lleva a cabo la fantasía izquierdista de ver finalmente a Paco reivindicado, o vengándose de Grieve (como una lucha entre el bien y el mal), deja al lector en suspenso, porque en tras ese encuentro, Grieve es asesinado y se convierte luego en fantasma que sigue atormentando a Paco, y este finalmente, se suicida, lo que da pie a una continuación de la lucha entre ambas fuerzas en un plano, digamos, metafísico. Nadie gana ni pierde. La materia no se crea ni se destruye, solo se transforma. Que sea risible o no es otra cuestión. En ese sentido, Biffi es iconoclasta, porque se burla de una tradición literaria acartonada, grave, en donde el humor ha sido prácticamente expulsado del canon, y las figuras del canon “no se tocan”.

Esta composición ucrónica (Qué pasaría sí…) y materialista (agudizar las contradicciones) está presente en los otros textos: el encuentro entre dioses nórdicos y andinos en “El duelo entre Illapa y Thor”; la relectura posmoderna de la fábula en “La tortuga y la liebre”; la unión entre un humano y una deidad lovecraftniana, con sus cuotas de absurdo, en “Kassoghta”; la unión entre la literatura romántica de Jane Austen y el barrio faite del Callao en “Barrio y prejuicio”; lo absurdo e inútil del arte moderno, el performance y arte conceptual en “Tensión lunar”, basado en un hecho real entre Eielson y la NASA; o el duelo verbal entre Cesar Vallejo y un rapero urbano, como ocurre en “MC Rapkólnikov”. Estos son algunos de los textos del libro. En otros, de corte más “realista”, irrumpe un personaje hipocondríaco o maniaco depresivo, que parece haber salido de algún guion de Woody Allen, con escenas medio cultistas tipo el cine de Wes Anderson, y cierto fracaso ribeyriano. Pero hay también clara influencia de la cultura norteamericana, de los sitcoms como Los Simpsons o South Park, de la cultura de masas en general, del cine e historietas, y cierto aire del stand up comic. Algunos “chistes” incluidos a lo largo de los cuentos podrían funcionar independientes de las narraciones.

Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura viene a clausurar una tradición realista cada vez más agónica, proponer el juego intelectual por sobre las convenciones aceptadas, la transgresión frente a lo políticamente correcto y lo woke. Es político a su modo, no tiene que ser necesariamente explícito en la violencia, porque el humor puede ser tierno, juguetón y algunas veces, hasta corrosivo.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


miércoles, 7 de enero de 2026

Ultraviolentos. Antología del cuento sádico en el Perú. Lima: Altazor, 2014. 419 p.

 


Ultraviolentos. Antología del cuento sádico en el Perú. Lima: Altazor, 2014. 419 p.

            Además de notable escritor de su generación, José Donayre (Lima, 1966) es también editor y agente cultural. Como editor viene realizando una serie de muestras narrativas. Una de ellas es Ultraviolentos, que en conjunto es uno de los mejores libros antológicos temáticos editados en el s. XXI.  Y el más arriesgado. El propio editor declaraba sobre el libro: “El ser humano todavía es un ser intolerante. Este libro es simplemente una evidencia estética de que el mundo sigue siendo un lugar difícil” (Prado, 2015). O también: “Si uno lee las crónicas sobre el Perú, va a encontrar páginas de violencia, ultraviolencia y sadismo, obviamente con fines políticos. Se podría decir que el Perú se funda sobre textos muy sanguinarios. Yo creo que somos herederos de esa cultura de lo sádico, lo violento y que está en nuestro imaginario” (Palacios, 2015). Y Fernando Honorio (2015) escribía sobre la antología que: “Cada uno de los relatos explora el lado más oscuro e insano del ser humano, pero, a la vez, el más real. No se trata de una apología a la violencia sino de una mirada reflexiva sobre la naturaleza humana dentro de un contexto hostil como el que se vive en el Perú”.

              En América Latina, el término se popularizó gracias al clásico de 1985 “Uno, dos, ultraviolento” del grupo punk Los violadores, que también estaba inspirado en La naranja mecánica de Kubrick, basada en la novela homónima de Anthony Burgess de 1962, quien crea el término original de la “ultraviolencia”, entendida como acciones de agresión física sin finalidad o remordimiento, en un escenario distópico.

En el prólogo de Donayre define la ultraviolencia no como respuesta inmediata (un momento de ira o de furia pasajera), sino más bien como un “deseo empozado de maltratar, violentar, vejar y eliminar, entra otras maniobras que buscan ejercer el poder de manera desbordante, con una dinámica en la que no vale el respeto por el otro ni, mucho menos, la misericordia, el perdón, la solidaridad o la empatía” (13). Es decir, sin ninguna señal de humanidad. En el Perú, se ejerce el poder de muchas formas arbitrarias, y no solamente mediante la coacción física, o la amenaza. Se humilla y se maltrata de muchas formas, como el cobrar una pensión miserable luego de haber aportado por muchos años, o que te programen una cita médica en el seguro social para dos o tres meses después. Eso también es ultraviolento. Y nos hemos acostumbrado a que eso es lo normal: la corrupción, la argolla.

Uno de los principales rasgos del psicópata es que no respeta las reglas ni las leyes. Al contrario, ejercer la violencia (en sus diversos grados y matices) les provoca placer. Ahora bien, hay diversos ejemplos de psicopatías. Desde los que hacen rugir sus motos maniobrándolas sobre una sola rueda, o subiéndose por las aceras, pasándose el alto de las luces del semáforo; o los taxicholos que incorporan monstruosos parlantes para ir ensordeciendo a todo el que se les cruza. Estos son los más “inofensivos” dentro de la fauna urbana (los más “elegantes” serían los de saco y corbata como los políticos, los que dan un golpe de Estado anunciando la disolución de las instituciones, y luego niegan los hechos; los estafadores, los falsos, los hipócritas, etc. etc.). En Perú, el uso del término “pendejo” se define como aquel que abusa de los otros, el más “vivo” y aprovechador (a diferencia del uso en México que es todo lo contrario). Entonces, estos personajes sádicos de la muestra han sido adaptados al entorno local, convirtiéndose en una mezcla de “psicópatas pendejos peruvianos” (PPP).

Ahora bien, comprendiendo las múltiples posibilidades ficcionales de tratar a este tipo de personajes llama la atención la restricción de los autores a concentrarse en algunos pocos motivos. Estos son: a) la agresión física sexual, en donde obviamente el cuerpo es el locus de la violencia; b) el canibalismo grotesco; o c) la tortura sádica, casi siempre en entornos urbanos, algunos en clave noir, criminal o del hampa. Es decir, “ultraviolencia”, en sentido literal, el ir “más allá” de la violencia es la agresión sexual. O al menos es lo primero que grosso modo se imaginan los autores. La violencia verbal no sería ya ultraviolencia (como podría entenderse hoy en plena decadencia de lo woke). Tampoco la ultraviolencia está asociada a la guerra, a las dictaduras socialistas, a incursiones militares, a escenarios tipo Auschwitz o fosas comunes; o a guerras planetarias entre civilizaciones, o narrativa zombi (esto último más en clave de CF, aunque sí hay una minoría que transita por acá).

Lo otro es el registro. A nivel general hay una paradoja en el hecho de usar códigos de la literatura para representar la ultraviolencia. Es decir, esta es obscena por naturaleza y representarla supone no solo un desafío técnico literario, sino también moral. Y dentro de la antología están aquellos que la ultraviolencia es un pretexto, dado que escriben estupenda literatura (como Carlos Calderón Fajardo, Antonio Gazís, Raúl Quiroz Andía, Cesar Sánchez Torrealba, Rodolfo Ybarra); otros que, además, logran captar esa esencia ultraviolenta del prólogo (como Víctor Coral, o Harol Gastelú). Y también los hay aquellos que, adicionalmente, se decantan por lo fantástico y la CF (como Jorge Montoya, Jorge Ureta, o Miguel Ángel Vallejo Sameshima). El texto de Ureta es weird y distópico acerca de un futuro enrarecido, semejante a The running man (1982) de King; el de Vallejo Sameshima, una distopía zombi; y el de Montoya, de estirpe lovecraftniano con sus ruinas y sus accesos a la locura.

La ultraviolencia es un escenario inestable, maleable, que no solo se reduce a los PPP, asesinos en serie o criminales. Puede extenderse mucho más, representar la ultraviolencia en la política; o desde escenarios y paisajes fantásticos. Tal como progresa actualmente el mundo, estos textos de Ultraviolentos pueden leerse también como anticipaciones del futuro porvenir, o de un presente ya en ruinas.

 

Referencias

Honorio, F. (2015). Ultraviolentos [reseña] Espinela 3: 58.

Palacios, M.  (2015) “FIL 2015: José Donayre presenta ‘Ultraviolentos’, una antología del cuento sádico en el Perú”. https://peru21.pe/cultura/fil-2015-jose-donayre-presenta-ultraviolentos-antologia-cuento-sadico-peru-190023-noticia/

Prado, M. (2015). “Hoy: Presentación de 'Ultraviolentos. Antología del Cuento Sádico en el Perú”. https://redaccion.lamula.pe/2015/07/21/hoy-presentacion-de-ultraviolentos-antologia-del-cuento-sadico-en-el-peru/manuelangeloprado/

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


martes, 30 de diciembre de 2025

Frank Torres. Argó. El plan siniestro. Huánuco: Rocinante, 2025. 83 p.

 


Frank Torres. Argó. El plan siniestro. Huánuco: Rocinante, 2025. 83 p.

             Frank Torres (Tocache, 1986) estudió Periodismo en la Universidad Juan Bausate y Meza. Publicó anteriormente Metáfora de la nieve (2016) y El fantasma de Alina (2018). Argó. El plan siniestro, es su tercer libro y una novela de CF. Se puede insertar en un mundo distópico con dos elementos marcados. El primero es la lucha ideológica entre los pacifistas, amantes de la ecología y de la mística enfrentados a los radicales científico-tecnológicos. A nivel ideológico ambos bandos son representados en sus polémicas e ideas disonantes. El narrador desarrolla bastante bien este escenario, que bien podría ser heredero de Mañana, las ratas, de Adolph, por el substrato político, que podría considerarla como novela filosófica y humanista. Luego, en una segunda parte, la trama deriva en una CF más convencional, sobre todo a la space opera (una raza alienígena dividida entre sí pugna por obtener el apoyo de los últimos sobrevivientes terrestres). Los diálogos previos a la guerra -o durante ella- son verosímiles. Se anuncia como la primera entrega de una trilogía. Esperemos que ese universo filosófico humanístico se vea más ampliado en el siguiente volumen.

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


miércoles, 24 de diciembre de 2025

Daniel Salvo. Sangre para los dioses. Lima: Pandemónium, 2025. 174 p.

 



Daniel Salvo. Sangre para los dioses. Lima: Pandemónium, 2025. 174 p.

              Daniel Salvo (Ica, 1967), es, sin duda, uno de los narradores peruanos contemporáneos clave de la ciencia ficción y de lo fantástico del nuevo siglo. En el ya lejano 2002 editaba la página web “Ciencia ficción Perú” que supuso aglutinar a una serie de entusiastas y fanáticos lectores de estos géneros en el ciberespacio virtual, a través de sus reseñas de libros de autores peruanos y extranjeros, que como agudo lector ofrecía de modo potencial. También publicaba sus cuentos en páginas y revistas virtuales, a la contra de la edición impresa de libros al modo convencional. Si bien Salvo hasta donde recuerdo ha sido un defensor de las ediciones electrónicas, por el bajo costo en impresión, la masividad, rapidez, y el mayor alcance potencial de lectores, aún no se ha consolidado una “industria” en este formato en el país, quizás porque el lector (y escritor) local aún prefiere el formato impreso.

              En 2014 publicó su primer libro impreso titulado El primer peruano en el espacio, título de apariencia optimista acerca de la posibilidad de que el país alcanzara un grado de alto desarrollo que permita los viajes espaciales o las exploraciones fuera del orden terrestre. Pero el título, al igual que el cuento escondía una gran ironía: en ese futuro, los peruanos seguían siendo sujetos subalternos de miembros de sociedades mucho más avanzadas, incluso las alienígenas. Es decir, podíamos haber llegado al espacio, pero seguíamos siendo ciudadanos de tercer o cuarto orden dentro de la geopolítica global de ese hipotético futuro. Las cosas no habían cambiado demasiado. Los principales tropos eran el apocalipsis, los viajes en el tiempo, las paradojas, los monstruos lovecraftnianos y las civilizaciones perdidas, tropos de la CF mas clásica con la que creció y se alimentó Salvo durante sus años formativos en Ica, allá en los lejanos años 70 e inicios de los 80. Un tema transversal a los cuentos era el mestizaje, con la intención de reflexionar o de problematizar acerca de lo peruano. Recordemos que los años 80 y 90 fue un tiempo de mucho racismo normalizado (que haría escandalizar hoy a cualquiera), pero que era el modo en el que las personas se (auto)definían a sí mismos y a los otros. Con el nuevo siglo esas taras terminaron por diluirse, y aunque el racismo sigue vivo, ya no afecta tanto, salvo como “intención”, porque hay un orgullo cholo, un orgullo de ser peruano, cosa que sería casi imposible durante los 80 y 90 con tanta cultura alienada.

En 2022 Salvo nos regaló su segunda colección: El regalo de las estrellas, una verdadera dádiva del “faraón”. Se trata de un libro mucho más maduro. Además de la monstruosidad irrumpen otros tropos como el tema sexual, la temática superheroica y cierta nostalgia hacia el mundo adolescente. Hay ironía, pero también horror y humor. Y es que estos son algunos de sus rasgos característicos: el uso de la ironía y el humor como formas de subvertir su propio discurso, de no tomarse en serio algunas de sus afirmaciones, o buscar la broma en el lector. Estos recursos tienen pioneros en la literatura, pero serán, Clemente Palma y José B. Adolph, entre muchos otros, con los que Salvo conecta de manera directa. Asimismo, destaca las referencias a la literatura pulp de cual se alimentó en sus inicios, de una estética de bajo presupuesto, en el sentido de representar mundos futuristas con una tecnología y ciencia muy diferente a la del primer mundo, basada más en la carencia, en la pobreza de los países del tercer o cuarto mundo al que pertenecemos. Otra referencia es la obra de Stephen King, sobre todo por cierto estilo directo y la búsqueda de una literatura que pueda ser masiva. A ellos se suman las referencias a autores clave como Asimov, Bradbury. Finalmente destaca el substrato mítico que en Sangre para los dioses se revela como otro eje dominante.

Sangre para los dioses está dividido en dos partes y agrupa un conjunto de 13 cuentos. La primera sección se titula “El rojo sangriento del crepúsculo” en el que se destacan las historias alternas, sobre la base de la historia convencional del Perú. Y aquí encontramos la primera transgresión: partir de la historia local para contarnos más bien una ucronía, otra posibilidad, siempre con referencia al mundo del Perú antiguo. Por ejemplo, el cuento que da título al libro, apareció primero en el libro tributo a José Güich, y Salvo toma a uno de sus personajes más populares, el periodista de lo sobrenatural Pablo Teruel (inspirado en Pablo Truel del diario El observador), para ubicarlo en otras de sus investigaciones en las que se mezclan los sacrificios humanos a Pachacamac, que originan la irrupción del grupo terrorista Sendero Luminoso en los años 80. La idea no es solo sugerente, sino que propone que la violencia ha sido (lamentablemente) algo permanente en la historia del país. En “Los primos del norte”, monstruos lovecraftnianos nos hablan del sujeto migrante (en este caso de monstruo migrante), es decir, un problema social en clave mucho más imaginativa. “El retorno de la momia” parte de una premisa de Harry Belevan en “El nacimiento de los mitos”, en el que una nueva nación y su presidente se encargan de escribir su propia historia para ponerla como el centro de todas las demás, incluso las de occidente. En el texto de Salvo ocurre algo similar al texto de Belevan, dado que el Perú es finalmente la cuna de la civilización de otras. ¿Es una postura chauvinista de Salvo? ¿Una burla? ¿o más bien una ironía? Otro relato es “Sangre en la oscuridad”, una de esas pequeñas joyas que vale detenerse. Un empleado de oficina ingresa de casualidad a un cine de barrio que ofrece una función gratuita de cine que se tornará cada vez más siniestra. Se trata de la exhibición de una película para adultos (eufemismo que muchas veces sirve para esconder a la pornografía) en las que empiezan a surgir escenas cada vez más siniestras, en las que el acto sexual (tan veraz desde la óptica del narrador) termina por rejuvenecer a uno de los participantes. Es decir, mientras uno es devorado vivo (que parece tan real), el otro rejuvenece producto de este aquelarre vampírico filmado como escena porno. Pero, a pesar de su vidente siniestrismo, el personaje decide quedarse hasta el final (cosa que cualquier persona natural quizás nunca haría en su sano juicio). Lo cierto es que la víctima parece ser un vecino suyo, que se comprueba hacia los últimos párrafos, pero eso no es lo peor, sino lo que está por venir: al intentar salir voltea hacia voltea hacia la pantalla y ve a la pareja de “caníbales” fílmicos que se dirigen hacia él, pero de pronto de vuelven a apagar las luces, con lo que se cierra el relato en un final abierto. Es clara la intertextualidad en películas como La rosa púrpura del Cairo de Woody Allen, en los que personajes de ficción cobran vida, pero acá se trata d algo más. Es el poder de la ficción. Es el encuentro casual de un sujeto cualquiera con el arte, que le subyuga le seduce, le saca de sí mismo al punto de seguir hipnotizado por esas misma imágenes que causarían en otros pavor. Es decir, el personaje es la persona ideal para el arte, alguien que se deja llevar, a costa incluso de su integridad física y de su propia vida. Ese final abierto (al igual que cuando se apagan las luces para dar inicio a la función) lleva al lector a un segundo juego, a un segundo “sueño” digámoslo así en el que solo se puede intuir cómo acabará.

La segunda parte incluye otros relatos que siguen esta impronta ucrónica, desde la maquina de volar de Santiago de Cárdenas, en las que se especula que haberse concreto de modo oficial hubiese servido para someter a los indios, las teorías de la conspiración de los soviéticos que intentan desmitificar la llegada a la luna por parte de los norteamericanos, las momias Paracas convertidas en agentes zombis, el escenario posapocalíptico en el que los “moleks” domestican a los últimos sobrevivientes humanos como maní, que alude tanto a los morloks de H. G. Wells como a El planeta de los simios.  Dos cuentos destacan también de esta sección: “La mano y el Supay” es un cuento escatológico y grotesco acerca de un misterioso escuadrón femenino que detectan al Supay (el diablo) a través de los restos de sus heces. El diablo es sin duda un agente negativo (acaso puede simbolizar el poder del patriarcado). En un primer nivel este cuento puede interpretarse como la representación de grupos feministas radicales que van “cancelando” a los “supays” en medios virtuales, con la ayuda de un hacker y un misterioso ella/el (alguien inestable en su identidad de género). En un segundo nivel más profundo, la búsqueda de restos de heces para reconocer no solo la moralidad de un personaje (o incluso su identidad) nos remite también a las operaciones encubiertas del GEIN para capturar al líder terrorista Abimael Guzmán, a través de la revisión de las bolsas de basura.

Otro título es “Invasores de Marte”, que juega no solo con la tradición de la CF, sino con la polisemia de la palabra “invasor”, que en Perú alude a los sin techo que se ven obligados por la necesidad de vivienda a ocupar terrenos privados con la esperanza de construir en un futuro una casa propia. El cuento destaca porque a diferencia de otros es optimista. Es decir. Marte está siendo terraformado, pero ya los peruanos se han agenciado para “invadirlo” y han construido casas precarias e incluso ya hay nacidos en Marte (los primeros marcianos serán pues los peruanos ilegales o migrantes), y han llevado al planeta rojo sus costumbres, sus festividades, sus creencias y tradiciones. En ese mundo, en el que las mujeres que habitan Marte o son tan bellas  y altivas que buscan aún su príncipe idealizado, o son guerreras amazonas que se relacionan entre sí (en un guiño lésbico), las mujeres peruanas (bajitas, regordetas, de piel morena) resultan sumamente atractivas para cualquier varón en edad de tener pareja o formar una familia marciana. La migración peruana, la diáspora ha alcanzado latitudes extraterrestres.

Sangre para los dioses aborda desde los códigos de la CF tradicional problemáticas que afectan al país en pleno siglo XXI desde el humor, la ironía y ofrece algo de esperanza, como en “Invasores de Marte”, para seguir creyendo en el que al final del túnel puede haber una luz.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


martes, 23 de diciembre de 2025

J. J. Maldonado. E-mails con Roberto Bolaño. Lima: Seix Barral, 2025. 254 p.

 


J. J. Maldonado. E-mails con Roberto Bolaño. Lima: Seix Barral, 2025. 254 p.

J. J. Maldonado (Lima, 1989) había explorado lo metaliterario en su libro anterior El amor es un perro que ruge desde los abismos (2022), ya comentado en este blog. En su nuevo libro de relatos E-mails con Roberto Bolaño, Maldonado opta por la mezcla de formatos que va desde la crónica apócrifa, las “memorias” barcelonesas, y sobre todo el relato (antes que el cuento, que son dos cosas muy diferentes). Asimismo, lo metaliterario se mantiene dadas las referencias a autores contemporáneos (en su gran mayoría, vivos, lo que problematiza su significación), ya sea en tanto figuras públicas dentro de la cultura del espectáculo literario-cultural, como en sus propias obras de ficción. Hay momentos paródicos y carnavalizados con la intención de provocar la sonrisa del lector, siempre que este acepte (o pueda) ingresar a este juego, y que obviamente reconozca las referencias aludidas.

En 2023, Julio Meza publicó su novela Varga Yosa, una clara parodia con elementos grotescos e iconoclastas, un libelo satírico y parricida sobre el único premio Nobel nacional fallecido este año 2025. La intención parricida era tal que pudo haberse titulado también “No es otra novela peruana al estilo MVLL”. Independientemente de la legitimidad de este tipo de operaciones ficcionales de la novela de Meza, y de sus logros estéticos, cito la novela de Meza, porque la operación de Maldonado es totalmente opuesta, es decir, acá se trata de rendir homenaje a algunos autores través de su mitología, parecerse, ser “ellos”, alcanzar su “aura”. Estos relatos pueden leerse como ejercicios de estilo, y como un modo de autoafirmar un tipo de literatura (de ciertas editoriales) y de canonización desde la propia ficción, dado que no es un ensayo, ni un paper o una tesis de grado.

Un primer elemento que se destaca es la nostalgia por un canon vinculado al boom latinoamericano de los 60 y 70 y Barcelona como cuna de la nueva literatura latinoamericana (en ese momento). A nivel histórico -como fenómeno literario- el boom dio paso al postboom hacia mediados de los 70, pero los cuatro referentes canónicos (y sus editores) se las arreglaron para seguir siendo el foco de atención mediática durante varias décadas posteriores, incluso en el siglo XXI. Ya en los 90 llegaron McOndo, o “la literatura del crack”, pero esos son ya otros fenómenos. En el libro de Maldonado aún aparecen las figuras del boom como referentes claves.

Otro elemento es un sentimiento de subalternidad de sus personajes, o de fracaso, muy de los años 90, sintetizada en “Loser”, canción de Beck de 1993 (Soy un perdedor/ I'm a loser, baby, so why don't you kill me?), es decir, una condición de inferioridad, de inseguridad, de poca valía frente a los “grandes” referentes literarios que se citan en el libro. Es recurrente la figura del joven aspirante a escritor, inseguro de sus textos publicados, porque casi siempre quiere ser otro. Es decir, se trata de un tipo de literatura Doppelgänger, que quiere parecerse a otra. Pero este lugar de enunciación puede ser también una impostura, dado que en el mundo extratextual, Maldonado publica en la prestigiosa Seix Barral, sello en el que MVLL lanzó su mítica La ciudad y los perros, así que, o es una falsa modestia, o confirma que los sellos barceloneses carecen del “aura” del primer boom. O simple juego irónico posmoderno. Eso dependerá del lugar con se juzgue su catálogo.

Veamos algunas ideas de los relatos. En “El otro Zambra”, el narrador quiere ser como el chileno Zambra. Hay una búsqueda de un sentimiento de pertenencia a algo, a un círculo. Al final termina reemplazando a Zambra en actos públicos, la gente les confunde. “Rodrigo Fresán en Big Crack” da la sensación de anhelar la vida que no se tuvo. En “Antonio Cisneros y yo” se cuentan anécdotas que vuelven a la necesidad del personaje de tener una vida social literaria, los aspirantes a escritores se comportan como fans o groupies del famoso poeta. En ese cuento se convoca a una especie de sesión espiritista en donde irrumpe el mismísimo Cortázar. Lo fantástico se diluye por el efecto humorístico. En “En busca de Han Kang” se define casi al inicio como “[…] la vida de un latinoamericano que se las arregla para no pasar hambre ni tristeza mientras juega a convertirse en escritor” (111). Una digresión, viajar al extranjero para ser escritor es una opción, pero no una necesidad vital (si es es escritor se es en cualquier lado, y la función es siempre escribir). Lo contrario es aferrarse a una mentalidad colonial de la que hablaba Sebastián Salazar Bondy en Lima, la horrible. Volviendo al relato anterior nuevamente irrumpe la fantasía del deseo de ingresar a un círculo literario

Uniré ahora tres textos que tienen en común personajes femeninos. “Lo que Mario Vargas Llosa no dijo”, se habla de la “novela-ladrillo” (143), otra fantasía del realismo social que represente un fresco completo, “total” de la realidad, otro absurdo, muchas veces inútil. En este texto el personaje femenino llena el vacío de querer ser la amante de MVLL. Una antigua prostituta y amante del joven aspirante a escritor MVLL a través de un pacto diabólico logra que este alcance el éxito final. ¿Historia alterna? ¿ucronía? ¿relato fantástico? El tono es siempre humorístico desde el inicio, acaso porque no se quiere afectar realmente el estatus del premio Nobel, y se sabe que es una parodia. Es decir, el humor no hace corrosiva la idea. Si este motivo se contara desde un tono grave, los efectos podrían ser muy distintos. “Haciendo el pino con Mariana Enriquez” el personaje femenino quiere llenar el vacío de haber sido amiga de juventud de la escritora argentina.  Finalmente, en el relato que da título al libro “E-mails con Roberto Bolaño”, el personaje femenino quiere llenar el vacío de escribirse con Bolaño y de convertirse en su amante. Este último relato mantiene la vacilación fantástica, dado que si bien puede tratarse del propio Bolaño (todo apunta a que es el fantasma de Bolaño que escribe por e-mail), puede haber otra explicación posible.

Un elemento adicional es el uso de jergas dado que el autor mezcla la jerga peruana, latinoamericana (chilena, argentina o mexicana) con la española, lo que produce un efecto de artificialidad, dado que de acuerdo a los contextos en los que aparecen resultan poco creíbles en su habla.

E-mails con Roberto Bolaño es también un libro sobre otros libros, son los autores que Maldonado elije como modélicos de su propia poética. Si lo vemos en perspectiva, dentro del propio registro realista local dominante (la autoficción dramática burguesa, o el ciclo de la “violencia política”, en donde los terroristas son “guerrilleros” que buscan la “justicia social”, y el Estado per se, es patriarcal y opresor, así como los militares), este libro es ya una superación de esos esquemas rancios, y un claro ejercicio de libertad artística.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


Sofía Nación. Dos tazas de café y una pizca de amor. Huánuco: Condorpasa, 2025. 343 p.

 


Sofía Nación. Dos tazas de café y una pizca de amor. Huánuco: Condorpasa, 2025. 343 p.

 

Sofía Nación (Huánuco, 1993), estudió Derecho en la Universidad Hermilio Valdizán. Dos tazas de café y una pizca de amor es su primera novela. Cuenta la historia de Victoria Montes una joven hacker que se ve envuelta en una investigación criminal (la muerte de la esposa del jefe de la empresa que trabaja). La novela mezcla códigos del thriller y el melodrama romántico, y mantiene el interés del lector. Utiliza varios puntos de vista para contar las subtramas de los otros personajes, y saltos temporales, en una historia de engaños, traiciones y mentiras. Creo que el título si bien puede sintetizar la historia en general (dos momentos amargos en la vida de la protagonista para finalmente encontrar el amor) no ayuda a comprender grosso modo acerca de la intriga que se va a desarrollar, sino que enfatiza solo parte de la trama. Exceptuando este detalle editorial, la novela se siente humana en la representación de sus sentimientos o estados de ánimo de la protagonista, y puede ser -desde el entretenimiento- una alternativa a la seriedad y gravedad de ceño fruncido de las novelas “serias” -de las generaciones anteriores- que saturaron el mercado literario hasta el punto de ahogar al lector en una realidad representada casi por obligación o por criterios dogmáticos cerrados previos.


Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


lunes, 22 de diciembre de 2025

Ricardo Mari Gamboa. Nasca. La revelación. Lima: EDUNI-CITECAPERÚ, 2023. 295 p.

 


Ricardo Mari Gamboa. Nasca. La revelación. Lima: EDUNI-CITECAPERÚ, 2023. 295 p.

              Ricardo Mari Gamboa (Lima, 1952) es ingeniero químico de profesión, de la UNMSM, e investigador de CITECAPERÚ (Ciencia y tecnología ancestral y actual del Perú). Nasca. La revelación, es una novela que puede entenderse como CF. Ubica las acciones hacia mediados del siglo XXI, en el que se produce un terremoto cerca de las costas de Nasca, lo que permite el encuentro con un extraño objeto alienígena. El personaje central es una suerte de elegido para entrar en contacto con esta civilización, que tiene conexiones con la antigua cultura Nasca.

Hay varias líneas narrativas, dado que el terremoto altera el ecosistema, provocando el activismo de los grupos ecologistas, asimismo, de sectas que leen ese fenómeno como el anuncio del fin del mundo, y lo que podríamos denominar como el experimento (la sección más importante de la novela). Es decir, pasamos del terremoto inicial y la sobrevivencia del elegido, la preparación del experimento, y el experimento en sí, tres secciones que se desarrollan a lo largo de los XI capítulos. En toda la novela hay la intención de ser lo más científico posible, en el desarrollo del experimento que resulta un aporte desde el punto de vista ficcional.

La idea central del experimento es que los voluntarios seleccionados ingresan a una especie de coma inducido en el que la conciencia puede entrar en contacto con esta otra civilización al interior de la misteriosa esfera (una suerte de nave, impenetrable desde la tecnología humana). Las referencias de Mari Gamboa es la CF clásica como La guerra de los mundos de H.G.Wells, pero sobre todo el cine de género como podrían ser Altered states (1980) de Ken Russell, The Abyss (1989) de James Cameron, What dreams may come (1998) de Vincent Ward, pero sobre todo, Contact (1997) de Robert Zemeckis (basado en el libro de Carl Sagan), y un tono por momentos spielbergiano, con quienes tiene mayores puntos en común.

Se deslizan en la novela algunas interpretaciones acerca de los Nasca, cuyos fardos funerarios no habrían sido parte de formas ceremoniales, sino, más bien, ritos de viaje para el contacto con estas antiguas civilizaciones alienígenas. La intención de Mari es la de ofrecer una CF local, nativa, peruana, que incorpora elementos propios -con una visión bondadosa de estas otras civilizaciones. En otras palabras, una CF andina (con toda su complejidad e hibridez), de la que ya se han manifestado otros autores como Daniel Salvo, Anton Samplonius, Rienzi Piero, y el colectivo Qhipa Pacha, también comentados en este blog.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


viernes, 19 de diciembre de 2025

Diego Alexander [Alvarado Pacheco]. El regreso de los cinco. Cuentos sobre realidades virtuales, IA y ciborgs. Lima: Trotamundos, 2025. 94 p.

 


Diego Alexander [Alvarado Pacheco]. El regreso de los cinco. Cuentos sobre realidades virtuales, IA y ciborgs. Lima: Trotamundos, 2025. 94 p.

 

              Esta es la opera prima de Diego Alexander (Lima, 1995), quien estudió Literatura en la UNMSM. Como indica el título, se trata de siete cuentos de CF. Destaca por la imaginación que posee el autor al plantear ese distópico mundo futuro. El principal recurso es la carnavalización, o mundo al revés. Por ejemplo, en “La pregunta y el final”, son las máquinas quienes crean al ser humano, luego de la devastación del planeta. A la inversa del Frankenstein de Mary Shelley, no es el hombre quien crea al monstruo, sino al revés (una digresión, la estructura narrativa del Frankenstein, 2025, de Guillermo del Toro, puede asemejarse a una “narración de borrachos”, o “narración de cantina”: ahora el monstruo contará su versión). El cuento tiene obvias resonancias filosóficas sobre el sentido de la vida, pues ¿porqué el creador nos hizo mortales? Esa gran pregunta no se resuelve, aunque se intuye que las máquinas sí obtienen la respuesta en el umbral, mientras suena una sirena (un recurso bastante buñueliano, por cierto, sobre todo en El discreto encanto de la burguesía).

En otro cuento, “El señor olvido” el motivo central es la posibilidad de borrar los recuerdos como castigo, por parte de un sistema orwelliano. La distopía y el control irrumpen en la narración. Frente a ese sistema se oponen aquellos rebeldes que guardan y conservan los recuerdos en nudos, lo que recuerda no solo a los quipus prehispánicos, sino a la poética del propio Eielson. Una tecnología alterna que salvaguarda la memoria de la humanidad.

En “La lotería del trabajo” asistimos nuevamente al carnaval: mediante un sistema de lotería, las personas cambian de vida. Hay ecos a Dark City (1998) de Alex Proyas, en donde una raza alienígena se sirve de los humanos como experimentos, y justamente, parte de ello consiste en cambiar sus identidades y trabajos para comprender la naturaleza humana. Pero esta lotería (que también hace un guiño a “La lotería” de Shirley Jackson) genera efectos negativos: la producción decae, dado que los obreros y trabajadores pasan a realizar otras actividades (otras fantasías). No sé si el relato esconde un alegato socialista, (porque si nadie trabaja en lo suyo, ¿el mundo seguiría progresando?), dado que se relativiza la función de cada cual dentro de un sistema. Pero cuando todos podemos serlo todo, entonces nadie es nada. En todo caso resulta un cuento muy imaginativo que habla de que no hay lugares fijos en ningún sistema, y que el desplazamiento continuo, y el azar también forman parte de la vida. Lo mismo ocurre con “La nueva escuela” en el que los adultos quedan a merced de los niños. No solo es el poder de los infantes, que puede llegar al absurdo, sino también la fantasía del líder millennial y el choque generacional.

Es una estupenda opera prima, con cuentos que están influenciados por el humanismo de Ray Bradbury, y la distopía de Orwell. La mayoría de cuentos están ambientados en un locus indefinido, probablemente Estados Unidos o el primer mundo. En sí mismo no es un demérito, pero quizás sería mucho más interesante ver ese futuro desde el tercer mundo, desde el Perú. En todo caso, algunos cuentos podrían extenderse hasta alcanzar una novela. Hay ideas muy estimulantes.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


miércoles, 17 de diciembre de 2025

Hans Rothgiesser. Multiservicios Peralta y La mecedora de la noche. Elige tu propio terror. Lima: MilDLab, 2025. 153 p.



Hans Rothgiesser. Multiservicios Peralta y La mecedora de la noche. Elige tu propio terror. Lima: MilDLab, 2025. 153 p.

Hans Rothgiesser (1975), nos presenta su nuevo libro de literatura juvenil Multiservicios Peralta y La mecedora de la noche, inspirado en series de “librojuegos” como Elige tu propia aventura (Choose your Own Adventure, 1979-1998) o Multiaventura (1986). El carácter lúdico e hiperactivo consiste en que es el propio lector el que va modificando la historia de los personajes a partir de sus propias decisiones de lectura. Es un proyecto raro para el corpus local cuya narrativa juvenil es más lineal y no ofrece variantes (incluso saltos temporales al pasado o al futuro) en cuanto a la historia en sí misma.

Quisiera recordar que el carácter lúdico de la lectura se encuentra en el clásico de Julio Cortázar, Rayuela (1963), que ofrecía básicamente dos lecturas, una lineal de principio a fin, y otra según una numeración particular del “tablero de dirección”; Gianni Rodari en Cuentos para jugar (1972) también hacía lo propio al ofrecer tres finales alternos a cada historia; o el capítulo interactivo “Bandersnatch” (2018) de la serie Black Mirror, en el que el espectador decidía cada secuencia.

La historia que se cuenta en la novela de Rothgiesser trata sobre una empresa dedicada a ofrecer exorcismos para combatir situaciones sobrenaturales. En la historia, un empleado recibe una llamada solicitando uno de sus servicios. Ese es el punto de partida, a partir de allí se pueden generar una serie de combinaciones, en el que el personaje es más o menos activo, además de otras secuencias que permiten que la acción avance. Es decir, el lector decide si atiende la llamada o de si decide resolver él mismo el problema o no, si deja que otro haga el trabajo que no le corresponde (de acuerdo al organigrama o funciones de sus empleados), etc. Hay múltiples finales, en donde, grosso modo, o se controla la amenaza o esta termina por aniquilar a los personajes. La principal amenaza es la mecedora que ha sido poseída por una entidad en una casa.

Ahora bien, quisiera detenerme en los posibles elementos alegóricos de la historia. ¿Por qué una mecedora con vida propia sería tan “amenazante”? El objeto hace alusión a una vieja cumbia de 1987 titulada como “La mecedora”, que se usó como cortina musical para criticar el desastre económico del primer gobierno de Alan García Pérez (1985-1990). Así que quizás, la amenaza real sea justamente la posibilidad de un nuevo (anacrónico) gobierno populista en 2026, con varios candidatos que enarbolan las banderas de la justicia social y del “progresismo” woke. Incluso el fundador de esta singular empresa se llama Alfonso Peralta, cuyas primeras sílabas coinciden con las del ex gobernante. Casualidad o no, la idea de resolver la amenaza depende más de la agencia, de la pasividad o de los intereses de quienes ofrecen el servicio que de la mecedora en sí misma. Es decir, el terror aumenta según el grado de pasividad del lector (que guía las acciones del personaje también pasivo).

Así, Multiservicios Peralta es signo de la gran empresa burócrata de servicios -muy diferente al de bienes o productos con un valor agregado. Es parecido a lo que acontece en Juan de los muertos (2011), película cubana-española de Alejandro Brugués, en donde la creatividad del latinoamericano aprovecha el estallido zombi, para ofrecer los servicios de acabar con los monstruos bajo el eslogan de “Juan de los muertos: matamos a sus seres queridos”. Es decir, ven en la crisis una oportunidad de negocio, aunque en el fondo no resuelvan nada, sino que solo sirve para el sustento del día a día. Acá ocurre algo similar: hay fantasmas, entonces los exorcizan, lo que nos lleva a otra clave ochentera: The Ghostbusters (1984) de Ivan Reitman. Pero Multiservicios Peralta es mucho más formal que la empresa de Juan de los muertos: tiene una estructura, un organigrama, y por lo tanto, su funcionalidad (su utilidad) depende más de sus “empleados”. Así que más que una empresa informal se parece más a cómo (mal) funciona el Estado. Los anexos ayudan a esta clave de lectura dado que se concluye que es una empresa no rentable. Pero aún así se mantiene en funciones, como Petroperú, la empresa fantasmal más grande del Estado.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

viernes, 5 de diciembre de 2025

Daniel Collazos Bermúdez. Necrópolis. Lima: Altazor, 2015. 136 p.

 


Daniel Collazos Bermúdez. Necrópolis. Lima: Altazor, 2015. 136 p.

Hace diez años, Daniel Collazos Bermúdez (1980) publicaba su opera prima. No he podido ubicar alguna reseña sobre el libro en el año de su lanzamiento (más allá de algún resumen informativo sobre el contenido, o de la propia presentación, que es muchas veces un ritual de celebración, y no tanto un espacio para ejercer la crítica en sí). Incluso el libro ha tenido una segunda reedición interactiva en 2021, que tampoco tuvo ningún tipo de comentario.

Esto nos lleva a pensar no solo en una ausencia de crítica literaria en conjunto que se haga cargo de las producciones independientes (no solo y exclusivamente de las publicadas por las transnacionales), y de otro, de un desborde de otras expresiones y propuestas que se alejan de un realismo social sin imaginación, “anémico”, que apelan más a la biografía simulada, a sus propios traumas de infancia que son expuestos como modélicos para una nueva generación de lectores nacidos en otros horizontes, en donde esos “traumas” (racismo, discriminación, migración, homofobia, machismo) son cuasi inexistentes, o han disminuido sustancialmente por la cultura woke, o lo políticamente correcto.

Hay muchas explicaciones posibles para tal situación de desidia sobre la nueva literatura peruana, más aún en un momento en el que todos quieren publicar, y casi nadie leer. Es claro que en el campo literario existe un claro desfase de libros que circulan por primera vez como “novedades”, incluso diez años después de su lanzamiento como este caso, que es uno de muchos. Pensemos en autores regionales cuyos libros difícilmente circulan en Lima, o en los que ejercen lo fantástico y géneros afines, porque siempre termina por imponerse -entre los escritores y editores- el gusto por el realismo, y la novela, cuanto más voluminosa, mejor.  Así que no nos sorprendamos mucho si los libros que se publicaron en 2025 empiecen a ser leídos recién en 2035.

Necrópolis es un libro excelente por varias razones. El maestro José Güich decía que toda opera prima era más un libro de homenajes, de deudas literarias (lo estoy parafraseando), pero también podemos decir que muchas veces en un primer libro el autor sintetiza mucho de su imaginación porque quiere “darlo todo”, porque, dependiendo de diversas otras circunstancias (o incluso, de la fortuna crítica), ese libro podría ser el último. Y todos los que escriben saben, en un punto de sus vidas, que lo escrito es lo único que podrá sobrevivir. Lo escrito es, potencialmente, una forma de perpetuarse en el tiempo y de ser inmortal.  

Si bien Necrópolis parte de la narrativa criminal ficticia y real, literaria o audiovisual, Collazos tiene la visión para ofrecer a través de estos cuentos, una violencia urbana que se siente real y que se “saborea”. Una digresión: la violencia urbana ha crecido tanto por nuestra incapacidad para protestar o rechazar al mal, por ser permisivo, o políticamente correcto, tal como ocurre en la película danesa Gæsterne (Speak no evil, 2022), que si bien trata parcialmente del “choque” cultural o la diferencia, alude finalmente al mal que no se le ataca. Por ello, cuando la víctima danesa del psicópata victimario le pregunta “¿Por qué hacen esto?”, conscientes que van a ser asesinados, el psicópata responde: “Porque me lo permitiste”. Entonces la negación, el rechazo al otro (maligno) es también necesario para la propia sobrevivencia física y cultural.

Volviendo al libro, la violencia urbana que presenta a Collazos se parece tanto a la que lamentablemente vivimos hoy que parece que la ficción se volvió realidad. Pero el autor lo trata desde cierta ironía en donde lo cotidiano se enrarece y genera miedo, tal como ocurre en “¿Quién mató al americano?”, un juego de palabras que esconde una verdad más anodina que policial, pero que genera crisis en la pareja que ha viajado a un exótico país en luna de miel. La paranoia estará presente en varios de sus personajes.

También hay espacio para lo metaliterario, a través del aspirante a escritor que contrata a un “negro” literario para obtener la fama y el lugar que desea: ser un autor exitoso en ventas y popularidad, como ocurre en “Plagio”. Esta fórmula está medianamente anclada en el imaginario del aspirante a escritor. La literatura deja de ser un acto comunicativo, humano y estético, y se convierte más en un espectáculo, en el que hay que seguir sonriendo, más aún si los reflectores se encienden.

Desfilan por Necrópolis diversos asesinos, algunos con doble personalidad (“Pie izquierdo”); pero están también esos pequeños crímenes, ligados a la infidelidad, como en “Iris”, con ese asesino en serie que fracasa en su plan para atraer a una mujer extraña y robarle los ojos. Si en “Los ojos de Lina” de Clemente Palma, los ojos de la mujer eran ofrecidos como una prueba (imaginaria) de amor, acá tenemos la obsesión del amante por los ojos femeninos que arrebata y colecciona (¿la mujer ya no es capaz de amar?).

La ironía vuelve en “Apagón”, en donde nos trasladamos a la violencia terrorista de fines de los 80, en el que el delirio, la imaginación y la mentira pueden ser también una forma de evadirse de la realidad y de las responsabilidades que conlleva.

Collazos articula en sus trece textos un giro final y sorpresivo, en el que lo accidental y el azar tan presente como en la vida misma, y los crímenes terminan por ser aplastados por la propia realidad.

Necrópolis es un libro que merece una mejor fortuna crítica, ser descubierto, leído. Destaca por su estética noir, su espíritu posmoderno y a la vez, la ambientación decadente de la ciudad, y la ironía que recorren sus historias.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


sábado, 22 de noviembre de 2025

Sarko Medina Hinojosa. Alasitas. Arequipa: Aletheya, 2024. 88 p.


Sarko Medina Hinojosa. Alasitas. Arequipa: Aletheya, 2024. 88 p.

 

Alasita alude a una feria de juguetes y objetos en miniatura que simbolizan deseos individuales. Sarko Medina (Arequipa, 1978) retoma este concepto y ofrece un estupendo libro de microrrelatos, cuyo formato físico es también singular, dado que es también un minilibro de bolsillo. Quedan claras la influencias, grosso modo, de dos autores: Gabriel García Márquez y Stephen King.

Tengo la impresión que el “boom” del microrrelato en Perú tuvo su mayor momento de producción antes de la pandemia. En la década del 2010 se lograron publicar varios libros en esa impronta. Ahora, medianamente asimilada por parte de la crítica, y a la vez cuasi residual (en número de libros publicados), ofrece libros mucho más potentes.

El libro de Medina tiene varios méritos: ampararse en la tradición local para ficcionalizar, tanto en términos, lenguaje, hábitos, o referentes locales, lo que le da un plus al libro, el trabajo de lo oral, la jerga de la calle, la ambigüedad del propio lenguaje juega muy a su favor, sobre todo cuando quiere sorprender al lector con ese contraste irónico entre el título y el contenido del texto. Pero no se queda solo en lo local, sino que tiende a contarnos historias que traspasan las fronteras y que son también globales. Muchos de los personajes buscan una venganza personal.

Uno de los rasgos más claros del tiempo contemporáneo es la violencia urbana y Medina trata esto no desde los códigos miméticos del realismo a rajatabla, sino a través de lo insólito, con guiños a lo fantástico. Es decir, no es un “reflejo”, al contrario, es metafórico, poético, artístico, y también contiene mucho humor negro: Medina es políticamente incorrecto.

También destacan sus personajes femeninos fantasmales. Son entes que regresan a la vida de los vivos para -desde sus afectos- seguir torturando a sus antiguos amantes. Es una visión terrorífica y hasta pesimista del amor, más aún porque el último cuento es tan breve y sobre este tema: el amor es un gran cuento. Si el amor es tan falso e irreal, sirve solo como ilusión, como compensación al horror de la vida cotidiana. En “Hasta que la muerte”, Adolph escribía que el amor eterno de personajes inmortales sería simplemente insoportable.

Otro aspecto que se destaca es el hambre, que no solo es físico y que remite a escenarios de pobreza extrema o de crisis, sino hay textos que dan un giro hacia lo distópico, sea porque se trata de un escenario zombi, o porque los humanos del futuro se han convertido en caníbales.

Temas como la IA, o la CF, se mezclan con desparpajo con el calentamiento global, con la venganza, o el racismo, con sicarios o zombis. Medina sale siempre triunfador en estos textos -no tanto sus personajes, que mueren, o están a punto de ser devorados por la “realidad”. Estamos condenados a eso.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos