viernes, 13 de febrero de 2026

Momentos estelares de la literatura fantástica peruana

 



Momentos estelares de la literatura fantástica peruana

A raíz de una intervención del escritor y crítico cultural Alexis Iparraguirre en el XVI Congreso nacional de escritores de literatura fantástica y CF, sobre la negación del Premio Nacional de Literatura a Jorge Luis Borges en 1942 con El jardín de senderos que se bifurcan (1941), libro que incluía cuentos como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “El acercamiento a Almotásin”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Las ruinas circulares”, “La lotería en Babilonia”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, “La biblioteca de Babel” y el que daba nombre al conjunto (hoy Borges sigue siendo canon, pero resulta raro el desprecio del jurado hacia estas nuevas formas); y de cómo esto generó una polémica y defensa desde la revista Sur; es decir, hubo cierto debate en el campo literario, me propongo en estas líneas establecer si en el Perú ocurrió algo parecido, si lo fantástico tuvo un “momento estelar”, un punto de quiebre o giro.

 

I

En la década del 50 del siglo pasado, hubo un periodo de renovación de las formas literarias, es claro que muchos autores (o casi todos) transitaron por los códigos de lo fantástico. Quizás lo más parecido (a la inversa) haya sido la crítica unánime hacia El avaro (1955) de Luis Loayza, un pequeño libro de microrrelatos fantásticos escrito por un autor de 21 años que fue rápidamente canonizado por la crítica local. Si bien hay que advertir que todos críticos -entre ellos, Abelardo Oquendo o Luis Jaime Cisneros quienes tenían vinculación con Loayza (uno amigo, el otro, su profesor)- celebraron su aparición, esto no fue suficiente para que lo fantástico se asiente como una tradición, más bien al contrario, solo sirvió solo para la canonización del propio Loayza (no de lo fantástico) dentro de los sectores culturales sanisidrinos, o aspirantes a serlo. Además, Loayza cambió en libros posteriores a un registro más serio, digamos.

Otro autor rompedor que quizás mejor englobe varios de los tópicos de la tradición fantástica sea José B. Adolph desde 1968 con El retorno de Aladino. Pero tenía varios inconvenientes: no había nacido en Perú (llegó al Perú a los cinco años), por lo tanto, no podía cantar “esta es mi tierra, así es mi Perú”, y, de otro lado, fue funcionario público durante la dictadura del generalote Juan Velasco Alvarado. Aunque hubo varios intelectuales y escritores que hicieron lo mismo, Adolph nunca negó su participación en el régimen, y ya en democracia, se volvió más escéptico y pesimista de lo que ya era frente al futuro político. Y al haber sido parte de ese gobierno, esto le ganó varios enemigos (aunque Adolph distanció su obra de su función pública: siempre fue crítico y corrosivo). Mañana, las ratas (1984) debió de convertirse en un best seller y en lectura obligatoria en las escuelas, pero en el país nadie lee.

Y si quedan dudas sobre momentos estelares, tenemos a Escuchando tras la puerta (1975) de Harry Belevan, otro libro rompedor de la tradición realista que también pasó por los anaqueles como libro de autor extranjero, junto a La piedra en el agua (1977). ¿Cuál podría ser la objeción?: No vivir en el Perú, por su función diplomática. Lo mismo pasó con la obra de Luis Freire Sarria o la de Carlos Calderón Fajardo, clásicos con derecho propio, que aún viviendo en el país, fueron vistos acaso como excentricidades o eventualidades. Pero, además, en el Perú ¿Quién lee?

Llegados los ochenta, llegó también la violencia, que se había alimentado durante años con esa misma retórica delirante que los de izquierda desbordaron en sus radicales discursos durante los velasquistas años 70. Lo fantástico se recluyó ligeramente, aunque siempre estuvo allí.

Pero en los 90, para ser más exacto, en 1997, Enrique Prochazka, un autor que pertenece a la década de los 80 publica su primer libro Un único desierto. Y la crítica nuevamente vuelve a ser unánime como con Loayza, cuarenta años atrás. Se le compara con Borges (que ahora sí ya es canónico a nivel continental y global), pero hay un problema: imitar a Borges es malo en una tradición asumida como “realista” desde siempre e inamovible, eso desde el trabajo de Alberto Escobar, quien agradecía que la influencia de Kafka en la literatura peruana era “por fortuna”, pasajera. Menos mal. Aunque Prochazka se parece a Borges, es porque tiene sus mismas referencias cultistas, no porque pretenda copiarlo. Sería un absurdo querer ser Borges cuando existe Borges.

Y a partir de ese lejano 1997 solo hemos tenido permanentes momentos estelares: La fabulosa máquina del sueño en 1999 de José Donayre, Año sabático de José Güich en el 2000, El llanto en las tinieblas en 2002 de Sandro Bossio, Ajuar funerario de Iwasaki en 2004, publicado en España, lo que lo convierte en un expatriado, El inventario de las naves en 2005 de Alexis Iparraguirre, El círculo Blum de 2007 de Lucho Zúñiga, Siete paseos por la niebla de Yeniva Fernández y Teztimonio de Luis Apolín, ambos en 2015, El regalo de las estrellas de Daniel Salvo y Los perseguidores de Pablo Ignacio Chacón, ambos en 2022, Bosque de arces de Jorge Casilla en 2023, Esotéricos registros en 2024 de Victoria Vargas Peraltilla, los  tres “cofrecillos” (2021-2025) de Salvador Luis, Criaturas virales de Dany Salvatierra y Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura de Gianni Biffi, de 2025; además de la obra de Alejandro Neyra, Daniel Collazos, Miguel Ángel Vallejo Sameshima, Raúl Quiroz, Carlos E. Freyre…, todos ellos son momentos estelares, pero ya son un “periódico de ayer” como reza la canción, porque a la “industria” le interesa más lo que vendrá, el porvenir. Interesa más vender lo nuevo, no importa si la historia trata sobre un divorcio familiar (la gran tragedia de la clase alta) o acerca de la muerte de una mascota (la segunda gran tragedia de la clase alta), está impreso y es literatura. Pero ¿Lo es?

¿Y quienes son esas multitudes de lectores que leen estas historias? ¿Las que frecuentan San Isidro o Miraflores? ¿Dónde está la academia que gusta de mirar solo el pasado? Porque a los críticos de los periódicos tampoco nadie los lee, salvo cuatro gatos.

Pero volvamos, a lo estelar. Ese realismo burgués “limeño” practicado hoy por los círculos de poder está muerto. Fue desbordado hace buen tiempo por lo fantástico en cantidad, y sobre todo, en calidad.

Y tampoco encontraremos realmente un debate permanente como en el campo argentino (el último “debate” entre andinos y criollos de 2005 fue un desfile de puro resentimiento y racismo, liderado por las viejas glorias de los recalcitrantes años 60), porque hoy como decía González Prada, todos prefieren hablar “a media voz”. De lo que se trata es de no incomodar a nadie, y mucho menos hablar de política. Por fortuna, acá ya nadie lee. Aún así solo queda escribir (a la contra).

 

II

El aparato académico-crítico ha sido incapaz de incorporar la serie contemporánea dentro de ese gran relato llamado literatura peruana (digamos, de los últimos 60 años, el último es el premio Nobel, y a veces, se le agrega a Miguel Gutiérrez, y paren de contar). Se quedó en los modelos de la novela realista soviética del siglo XIX; o la novela “total” del boom sesentero. Algún delirante reclama una nueva Guerra y Paz 2.0, como si la guerra en sí no fuese lo suficientemente obscena como para seguir haciendo una apología (solo hay drama en la guerra, dicen); o una nueva Conversación en la Catedral. Porque la novela, cuanto más gruesa, es más atractiva a los ojos, cuanto más “realista” más valiosa (nunca entendieron que eso que llaman “realismo” era solo otra forma de contar con sus propias reglas y códigos de verosimilitud). Y sobre todo, cuanto más “política”, más profunda y seria. ¡Viva el Perú!

El realismo limeño que ganó prestigio dentro del boom con las novelas del futuro premio Nobel, se fue reciclando en dos líneas: los eternos imitadores, clones, ecos, epígonos que hasta el día de hoy siguen ese camino y son mainstream, acaparando todos los reflectores, en un claro circulo vicioso, cada vez más agónico (unos podrían reclamar un linaje literario; otros sin linaje viven aún en sus traumas de clase popular y hacen catarsis; también están los escritores que revisten lo light de una tragedia griega, y solo unos pocos tienen verdadero talento). Y la otra línea, enfocada desde lo temático: el realismo en sí. Así pasamos del realismo urbano de los 50 y 60, a la nostalgia por el bien perdido de Bryce en los 70 (algunos ilusos del velasquismo lo entendieron como una crítica a ese grupo social). Y llegados los 80 todo fue violencia política: lo que no representase la violencia no era digno de ser tomado en cuenta por los críticos. Y en el nuevo milenio el ciclo de la violencia política siguió extendiendo sus tentáculos como las formas más prestigiosas locales, premiadas, exportables a ferias internacionales del libro. Cuanta más sangre, mejor. Luego vinieron las “novelas históricas” como sucedáneo de la “violencia política” (que suelen ser premiadas en los concursos de novela, con jurados hieráticos), y recientemente la “novela criminal” (en su más basta acepción). Esas son las formas aceptadas que la industria (que acaso ha coactado los pocos espacios de difusión convencional y rancia) apoya y sostiene. Todo lo demás no es digno de interés. Si algún iluso quiere ganar prestigio (¿de eso se trata de literatura?) que pruebe con una novela histórica, con una novela criminal, o recicle el ciclo de la violencia política en clave ultrarrealista. Quizás tenga fortuna crítica, o quizás no. Tampoco es seguro. Aunque el aro, la argolla conjurada en su caverna, ya está cerrada.

 

III

¿Momentos estelares? Claro que hubo momentos estelares, y seguirán ocurriendo, fuera de los reflectores, con cierta vergüenza, o “a media voz”. Recibirán, en el mejor de los casos, una palmadita en la espalda, y luego, “a otra cosa, mariposa”.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos