¿Cuál debate?
En las últimas semanas, días
previos y horas, pequeñas pullas circulan en redes y plataformas de youtube,
acerca del devenir de la literatura peruana, o de su estado actual. Quizás habría
que plantear la pregunta central ¿Cuál es el debate? O mejor dicho ¿Sobre qué? Porque,
vamos, hay muchas maneras de enfocar este permanente conflicto. Tratemos de formularlas
y de responderlas:
a)¿La pelea es entre clásicos y
modernos? A estas alturas ya está claro que nuestro “canon” va desde Arguedas, Ribeyro,
Vargas Llosa, Bryce Echenique y Gutiérrez; a Vallejo en la poesía, et al. Pero ¿Quiénes
serían nuestros “modernos”? ¿O todos imitan a los clásicos? ¿Hay “modernos” en
la literatura peruana? Es claro que nadie ha pensado en estos términos y por lo
tanto, habría que descartarlo, al menos inicialmente.
b) ¿Autores regionales versus
autores de Lima (otra forma de actualizar la vieja polémica entre andinos y
criollos)? A raíz de la reciente lista de escritores invitados a la Feria
Internacional del Libro de Buenos Aires de 2026 se está viendo ciertas “contradicciones”,
como escritores que nacieron en regiones, pero radican y “producen” en Lima; autores
regionales cuyos pares locales declaran no conocerlos (es gracioso este punto,
porque si el aparato cultural no hace lo suficiente para que grosso modo
tengan mayor exposición en sus propias regiones, o en Lima, ¿es justa y necesaria
esta mayor exposición a nivel internacional? ¿No sería una acción hasta cierto
punto vacía? ¿un gesto que niega su condición de “representativo”?) No dudo de
su posible calidad artística, pero ni siquiera parecen ser “representativos” en
sus propias regiones, al menos así leo en algunos comentarios. También está la
diáspora, los que viven fuera del país quienes también reclaman su lugar en la
muestra. Entonces, el locus no debería ser definitorio para establecer
una lista. Es un criterio medio telúrico, eso de apelar sensu stricto, a
la tierra, a la raíz. Porque en muchos casos nacer en una región es también un
mero accidente, como muchos que viven y producen en Lima, pero que a la hora de
los “concursos” sacan a relucir su terruño pasado, su “origen”, sus raíces.
c) ¿Y no podría ser el debate entre
escritores independientes y escritores del mainstream? Es decir, su
lugar en la literatura actual se define por la editorial en la que publican. Sería
triste si ese fuera uno de los criterios, porque en la mayoría de casos, son
pocos los que publican en editoriales transnacionales o “prestigiosas” y poseen
verdadero talento (ya se sabe que hay mucho de redes, argollas y campañas de
marketing en el éxito o “exposición” de un autor), mientras que al contrario, y
grosso modo, tienen mayor calidad los que publican en las independientes,
aunque tampoco es una regla a rajatabla. Se entiende que es una visión general.
d) ¿O también podría agregarse la
variable generacional y la de género? En el primer caso están los seniors,
los de gran experiencia en estas lides y de trayectoria, probablemente los que
bordean los setenta años o están por encima, y de los que, en principio nadie
dudaría de su lugar (¿o sí?) Tendría que hacerse un estudio más a profundidad de
si son los mismos de siempre o no. Porque si son los invitados de siempre, tendríamos
otro problema: la falta de renovación, de recambio generacional, por decir
algo. En cuanto a la cuota de género con la intención de equilibrar la lista es
un criterio rancio y extra-artístico, porque pueden haberse elegido a mujeres
por el solo hecho de serlo y excluir a hombres, lo cual es otro tipo de
discriminación (Tampoco conozco los criterios ni el jurado evaluador, o de si
también son ellos los mismos de siempre).
e) La vejez o la amplia trayectoria
tampoco es definitoria y frente a esta se oponen los autores sin mayor “experiencia”
en eventos similares, que ofrecen las novedades. Así tendríamos otra arista:
los ya “consagrados” versus los “emergentes” (a esto, Francisco León le pone el
nombre de “hegemónicos” y “subalternos”). La pregunta clave es ¿consagrados por
quién? ¿hegemónicos por quién?
f) También está el círculo de los “regios”
aglutinados alrededor de la PUCP que controlan los medios, se citan entre sí,
cierran filas entre sí, frente a todo(s) los demás, que no existe para ellos ni
es canon.
g) ¿Y no sería más artístico
enfrentar la “calidad literaria” en sí frente al mero trámite administrativo-documental
desde Lima, en el que los autores regionales apenas son cifras, números,
estadísticas? Porque seamos sinceros, ni todas las regiones se desarrollan o
alcanzan la misma “calidad” literaria, ni cuentan con grandes tradiciones (es
seguro que hay unas más potentes que otras, como Arequipa, o autores singulares
que son más excepciones en sus propias regiones). Así, privilegiar lo regional
por ser diverso, democrático e inclusivo sin atender a sus reales valores
estéticos es un mero gesto arbitrario. Además, nadie realmente que se tome en
serio la literatura espera recibir una invitación del Estado o algún tipo de
favor. Ir a una feria no debe ser un paseo subvencionado por ese aparato
tentacular llamado Estado, sino una oportunidad de mostrar un estado de la
cuestión, un estado de cosas, un estado del arte hoy.
h) Asimismo, surge también otro
tipo de oposición: los doctos con grados y títulos literarios frente a los
autores empíricos e intuitivos, o provenientes de otras esferas. Es claro que
lo que interesa finalmente es la obra en sí, no los grados, ni las especializaciones
en literatura dura y pura obtenidas ya sea acá o en el extranjero. Tenemos tradiciones
orales, indígenas, no solo la escrita o culta.
i) ¿Y sería posible agregar otra
variable final como el conflicto entre realistas y fantásticos? Este debate
tampoco se ha planteado, pero es claro que de la muestra se ha excluido lo
fantástico en su totalidad (o casi). Y la narrativa fantástica peruana
contemporánea es la gran renovadora de la tradición literaria en el siglo XXI
(nombres hay de sobra). Esto podría conectarse con el primer punto descartado
para pensar en lo fantástico ya no como una tradición aceptada por la historia
literaria local y la crítica (cosa que no ocurrió jamás), sino como una verdadera
propuesta moderna, y sin creer tampoco que es lo único que existe en el panorama
actual (hay otras propuestas válidas, valiosas y legítimas), pero ¿borrarla?
¿desaparecerla? ¿clausurarla? Esa actitud de desprecio, “ninguneo” y decisión final
de los “técnicos” del Ministerio de Cultura es cuanto menos una torpeza y una
decisión de pocas luces.
Elton Honores
Universidad Nacional Mayor de San
Marcos
