Gonzalo del Rosario. Restos
humanos. Lima: Maquinaciones, 2026. 103 p.
Gonzalo
del Rosario (Trujillo, 1986) pertenece a lo que en otro trabajo denomino como
los “hijos de la cultura globalizada”, nacidos aproximadamente entre 1981 y
1992 (Honores 2024). Otro modo de abordar esta misma producción es en relación
a la narrativa weird, en el que los géneros están tan mezclados, y ya no hay
posibilidad de establecer un discurso fantástico “puro” o clásico, sino, al
contrario, atraviesa otros registros como lo extraño, lo raro y lo insólito. En
ese horizonte Del Rosario inscribe sus ficciones -que pueden ser incómodos al
tratar ciertos temas, como la sexualidad- desde el humor o la violencia. Es una
narrativa posmoderna mezclando la literatura con la cultura popular y de masas,
y en este libro en particular destacan los personajes sicalípticos, las escenas
sexuales, lo grotesco, la violencia escatológica y los mundos distópicos en colapso,
en algunos casos, en la línea de la narrativa Z.
Sobre
el tema de la violencia, Del Rosario no inventa nada que no esté ocurriendo,
lamentablemente, en la realidad. Acaso la discusión podría ser si representarla
es moral o no, y esto nos llevaría a debatir otros temas como la libertad en la
creación artística, ahora puesta en discusión con la reciente creación del “Colegio
de Artistas”. Nadie es artista porque tenga un título de artista y menos aún
porque un gremio de unos pocos políticos de turno lo decidan o no.
Para
entender la propuesta detengámonos en dos textos. En “Zombie love” un casting de
películas para adultos nos descubre a Angélica, una estudiante de arte quien
decide ingresar a este negocio. Pero lo extraño no es necesariamente el ingreso
a este mundo semi clandestino, sino el marco futurista: la pandemia zombi que
ha creado “nuevas” oportunidades, como los encuentros entre humanos y zombis. Si
bien este elemento es ya anómalo, el narrador introduce un giro adicional:
Angélica se enamora del zombi Fido, estrella del negocio, y decide infectarse
para vivir eternamente con él, es decir, lo sexual se convierte acá en una
animalización sin fin (o infinita) que degrada lo humano, y que solo se
justifica porque Angélica se aliena a ese punto de buscar solo el goce y el
placer, que incluso ni siquiera es humano. Es una máquina. El cuento es
grotesco y critica el exceso de la sexualidad que se impone desde la
publicidad, el cine y la vida misma. De otro lado, como subtexto, discute el
estatuto de arte de los productos de serie B o Z, es decir, ¿Puede también ser
arte este tipo de cine, que se aleja de los paradigmas de la belleza clásica?
En
“La rica Vicky la robot”, el narrador hace alusión a personajes de populares
series de TV de los años 80 y 90 transmitidas en Lima. El texto se inscribe
desde un marco posthumanista, por ello, se discute la naturaleza de los robots,
utilizados como objetos y que carecen de los derechos. Las leyes a favor que se
emiten para reconocerlos como humanos son ambiguas desde la perspectiva del
narrador, dado que puede leerse como hechos absurdos (tratar a un robot como
humano). Así, puede interpretarse como una reacción de rechazo a este tipo de
acciones de defensa, antes que un alegato en favor de.
El
libro es atravesado por pandemias y visiones apocalípticas de un mundo en
colapso permanente. Si bien es pesimista (el último relato “Todos vamos a
desparecer” habla de una invasión alienígena, y que ningún arte humano, por más
noble que sea, impedirá los sucesos contenidos en el propio título), hay que
leerlo desde una clave humorística, para poder sobrevivir a sus efectos.
Elton Honores
Universidad Nacional Mayor de San
Marcos






