Momentos estelares de la literatura fantástica
peruana
A raíz de una intervención del escritor y crítico
cultural Alexis Iparraguirre en el XVI Congreso nacional de escritores de
literatura fantástica y CF, sobre la negación del Premio Nacional de Literatura
a Jorge Luis Borges en 1942 con El jardín de senderos que se bifurcan (1941), libro
que incluía cuentos como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “El acercamiento a
Almotásin”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Las ruinas circulares”, “La
lotería en Babilonia”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, “La biblioteca de
Babel” y el que daba nombre al conjunto (hoy Borges sigue siendo canon, pero
resulta raro el desprecio del jurado hacia estas nuevas formas); y de cómo esto
generó una polémica y defensa desde la revista Sur; es decir, hubo cierto
debate en el campo literario, me propongo en estas líneas establecer si en el
Perú ocurrió algo parecido, si lo fantástico tuvo un “momento estelar”, un
punto de quiebre o giro.
I
En la década del 50 del siglo pasado, hubo un periodo de
renovación de las formas literarias, es claro que muchos autores (o casi todos)
transitaron por los códigos de lo fantástico. Quizás lo más parecido (a la
inversa) haya sido la crítica unánime hacia El avaro (1955) de Luis
Loayza, un pequeño libro de microrrelatos fantásticos escrito por un autor de
21 años que fue rápidamente canonizado por la crítica local. Si bien hay que
advertir que todos críticos -entre ellos, Abelardo Oquendo o Luis Jaime Cisneros
quienes tenían vinculación con Loayza (uno amigo, el otro, su profesor)- celebraron
su aparición, esto no fue suficiente para que lo fantástico se asiente como una
tradición, más bien al contrario, solo sirvió solo para la canonización del propio
Loayza (no de lo fantástico) dentro de los sectores culturales sanisidrinos, o
aspirantes a serlo. Además, Loayza cambió en libros posteriores a un registro
más serio, digamos.
Otro autor rompedor que quizás mejor englobe varios de los tópicos
de la tradición fantástica sea José B. Adolph desde 1968 con El retorno de
Aladino. Pero tenía varios inconvenientes: no había nacido en Perú (llegó
al Perú a los cinco años), por lo tanto, no podía cantar “esta es mi tierra,
así es mi Perú”, y, de otro lado, fue funcionario público durante la dictadura
del generalote Juan Velasco Alvarado. Aunque hubo varios intelectuales y
escritores que hicieron lo mismo, Adolph nunca negó su participación en el
régimen, y ya en democracia, se volvió más escéptico y pesimista de lo que ya
era frente al futuro político. Y al haber sido parte de ese gobierno, esto le
ganó varios enemigos (aunque Adolph distanció su obra de su función pública:
siempre fue crítico y corrosivo). Mañana, las ratas (1984) debió de convertirse
en un best seller y en lectura obligatoria en las escuelas, pero en el
país nadie lee.
Y si quedan dudas sobre momentos estelares, tenemos a Escuchando
tras la puerta (1975) de Harry Belevan, otro libro rompedor de la tradición
realista que también pasó por los anaqueles como libro de autor extranjero,
junto a La piedra en el agua (1977). ¿Cuál podría ser la objeción?: No
vivir en el Perú, por su función diplomática. Lo mismo pasó con la obra de Luis
Freire Sarria o la de Carlos Calderón Fajardo, clásicos con derecho propio, que
aún viviendo en el país, fueron vistos acaso como excentricidades o
eventualidades. Pero, además, en el Perú ¿Quién lee?
Llegados los ochenta, llegó también la violencia, que se había
alimentado durante años con esa misma retórica delirante que los de izquierda
desbordaron en sus radicales discursos durante los velasquistas años 70. Lo
fantástico se recluyó ligeramente, aunque siempre estuvo allí.
Pero en los 90, para ser más exacto, en 1997, Enrique Prochazka,
un autor que pertenece a la década de los 80 publica su primer libro Un
único desierto. Y la crítica nuevamente vuelve a ser unánime como con
Loayza, cuarenta años atrás. Se le compara con Borges (que ahora sí ya es
canónico a nivel continental y global), pero hay un problema: imitar a Borges
es malo en una tradición asumida como “realista” desde siempre e inamovible,
eso desde el trabajo de Alberto Escobar, quien agradecía que la influencia de
Kafka en la literatura peruana era “por fortuna”, pasajera. Menos mal. Aunque Prochazka
se parece a Borges, es porque tiene sus mismas referencias cultistas, no porque
pretenda copiarlo. Sería un absurdo querer ser Borges cuando existe Borges.
Y a partir de ese lejano 1997 solo hemos tenido permanentes momentos
estelares: La fabulosa máquina del sueño en 1999 de José Donayre, Año
sabático de José Güich en el 2000, El llanto en las tinieblas en
2002 de Sandro Bossio, Ajuar funerario de Iwasaki en 2004, publicado en
España, lo que lo convierte en un expatriado, El inventario de las naves
en 2005 de Alexis Iparraguirre, El círculo Blum de 2007 de Lucho Zúñiga,
Siete paseos por la niebla de Yeniva Fernández y Teztimonio de
Luis Apolín, ambos en 2015, El regalo de las estrellas de Daniel Salvo y
Los perseguidores de Pablo Ignacio Chacón, ambos en 2022, Bosque de
arces de Jorge Casilla en 2023, Esotéricos registros en 2024 de
Victoria Vargas Peraltilla, los tres “cofrecillos”
(2021-2025) de Salvador Luis, Criaturas virales de Dany Salvatierra y Viendo
tu vida derrumbarse desde una distancia segura de Gianni Biffi, de 2025; además
de la obra de Alejandro Neyra, Daniel Collazos, Miguel Ángel Vallejo Sameshima, Raúl Quiroz, Carlos E. Freyre…,
todos ellos son momentos estelares, pero ya son un “periódico de ayer” como
reza la canción, porque a la “industria” le interesa más lo que vendrá, el porvenir.
Interesa más vender lo nuevo, no importa si la historia trata sobre un divorcio
familiar (la gran tragedia de la clase alta) o acerca de la muerte de una
mascota (la segunda gran tragedia de la clase alta), está impreso y es literatura.
Pero ¿Lo es?
¿Y quienes son esas multitudes de lectores que leen estas historias?
¿Las que frecuentan San Isidro o Miraflores? ¿Dónde está la academia que gusta
de mirar solo el pasado? Porque a los críticos de los periódicos tampoco nadie
los lee, salvo cuatro gatos.
Pero volvamos, a lo estelar. Ese realismo burgués “limeño” practicado
hoy por los círculos de poder está muerto. Fue desbordado hace buen tiempo por
lo fantástico en cantidad, y sobre todo, en calidad.
Y tampoco encontraremos realmente un debate permanente como en
el campo argentino (el último “debate” entre andinos y criollos de 2005 fue un
desfile de puro resentimiento y racismo, liderado por las viejas glorias de los
recalcitrantes años 60), porque hoy como decía González Prada, todos prefieren
hablar “a media voz”. De lo que se trata es de no incomodar a nadie, y mucho
menos hablar de política. Por fortuna, acá ya nadie lee. Aún así solo queda
escribir (a la contra).
II
El aparato académico-crítico ha sido incapaz de incorporar la
serie contemporánea dentro de ese gran relato llamado literatura peruana (digamos,
de los últimos 60 años, el último es el premio Nobel, y a veces, se le agrega a
Miguel Gutiérrez, y paren de contar). Se quedó en los modelos de la novela realista
soviética del siglo XIX; o la novela “total” del boom sesentero. Algún delirante
reclama una nueva Guerra y Paz 2.0, como si la guerra en sí no fuese lo suficientemente
obscena como para seguir haciendo una apología (solo hay drama en la guerra,
dicen); o una nueva Conversación en la Catedral. Porque la novela, cuanto más
gruesa, es más atractiva a los ojos, cuanto más “realista” más valiosa (nunca
entendieron que eso que llaman “realismo” era solo otra forma de contar con sus
propias reglas y códigos de verosimilitud). Y sobre todo, cuanto más “política”,
más profunda y seria. ¡Viva el Perú!
El realismo limeño que ganó prestigio dentro del boom con las
novelas del futuro premio Nobel, se fue reciclando en dos líneas: los eternos
imitadores, clones, ecos, epígonos que hasta el día de hoy siguen ese camino y
son mainstream, acaparando todos los reflectores, en un claro circulo
vicioso, cada vez más agónico (unos podrían reclamar un linaje literario; otros
sin linaje viven aún en sus traumas de clase popular y hacen catarsis; también
están los escritores que revisten lo light de una tragedia griega, y
solo unos pocos tienen verdadero talento). Y la otra línea, enfocada desde lo
temático: el realismo en sí. Así pasamos del realismo urbano de los 50 y 60, a
la nostalgia por el bien perdido de Bryce en los 70 (algunos ilusos del
velasquismo lo entendieron como una crítica a ese grupo social). Y llegados los
80 todo fue violencia política: lo que no representase la violencia no era
digno de ser tomado en cuenta por los críticos. Y en el nuevo milenio el ciclo
de la violencia política siguió extendiendo sus tentáculos como las formas más
prestigiosas locales, premiadas, exportables a ferias internacionales del libro.
Cuanta más sangre, mejor. Luego vinieron las “novelas históricas” como sucedáneo
de la “violencia política” (que suelen ser premiadas en los concursos de novela,
con jurados hieráticos), y recientemente la “novela criminal” (en su más basta acepción).
Esas son las formas aceptadas que la industria (que acaso ha coactado los pocos
espacios de difusión convencional y rancia) apoya y sostiene. Todo lo demás no
es digno de interés. Si algún iluso quiere ganar prestigio (¿de eso se trata de
literatura?) que pruebe con una novela histórica, con una novela criminal, o
recicle el ciclo de la violencia política en clave ultrarrealista. Quizás tenga
fortuna crítica, o quizás no. Tampoco es seguro. Aunque el aro, la argolla
conjurada en su caverna, ya está cerrada.
III
¿Momentos estelares? Claro que hubo momentos estelares, y
seguirán ocurriendo, fuera de los reflectores, con cierta vergüenza, o “a media
voz”. Recibirán, en el mejor de los casos, una palmadita en la espalda, y luego,
“a otra cosa, mariposa”.
Elton Honores
Universidad Nacional Mayor de San Marcos






