Gianni Biffi. Viendo tu vida
derrumbarse desde una distancia segura. Lima: Dendro, 2025. 197 p.
Este es
el segundo libro de Gianni Biffi (Lima, 1977). La clave de lectura del libro es
el humor, por ello quisiera detenerme en este punto que es central. Dentro de
las teorías del humor existen básicamente tres: a) teoría de la superioridad,
en donde el humor se produce por la humillación física hacia el otro (por
ejemplo, el pastelazo que recibe un personaje, los golpes, o el tropiezo en
plena calle, etc.); b) teoría de la catarsis, es decir, liberación del
inconsciente (muchas veces en relación con lo sexual); teoría de la
incongruencia, basado en juegos de palabras, el absurdo o el sinsentido. Esto
último es lo que practica Biffi en su libro.
Ahora bien, dentro de la literatura
peruana ¿hay uso del humor? O mejor dicho ¿hay una tradición del humor? Es
obvio que sí. No es en estricto una presencia nueva. Pensemos en Ricardo Palma
en el s. XIX, y ya en el siglo XX, el trabajo de Héctor Velarde, Luis Felipe Angell
(Sofocleto), Juan Rivera Saavedra, y más adelante, la obra de José B. Adolph,
Alfredo Bryce Echenique, Luis Freire Sarria, Nicolás Yerovi, Jaime Bayly, Alejandro
Neyra, Daniel Salvo, Julio Meza Diaz, Daniel Gutiérrez Hijar, al que se suma
Biffi. Es claro que no todos practican el mismo humor, hay muchos matices.
Sofocleto distinguía la risa de la sonrisa. Decía que la risa es reírse a
mandíbula abierta, a carcajadas; mientras que la sonrisa era más “intelectual”,
que era lo que él practicaba. El humor de Sofocleto como el de Velarde venía
más por la influencia anglosajona, también es el caso de Biffi. Ahora bien, es
claro que salvo el caso de Bryce o Bayly, esta línea de humor ha sido marginal
dentro de las “historias” de la literatura peruana, por considerarla caso un
mero divertimento, eventual, o sobre todo, por el carácter trágico que se tiene
acerca de lo que debe de ser la literatura peruana (o con modelos del
realismo soviético del XIX, o la novela del boom de los años 60). Y si le
sumamos a la “policía literaria” de la que hablaba Adolph, para referirse a los
críticos que andan censurando todo por allí, agestando el rostro, o creyéndose
superiores a los creadores, sin haber escrito nada (viejo tema que podría abrir
un debate), es claro que el humor (y lo fantástico) han sido “ninguneados”
(casi) siempre.
Con el humor ocurre lo mismo que lo
fantástico. Se tiene una idea común, grosso modo, que lo fantástico
tiene como elemento clave el miedo, y un texto que no asusta ni causa pavor o
estremecimiento es, entonces, un mal texto. Y no se puede leer lo fantástico
desde esas coordenadas, ignorando la tradición del propio género y su autonomía
literaria. Lo mismo ocurre con el humor, si no provoca risa, entonces es un mal
texto. Y aquí entramos en un terreno muy subjetivo: lo que puede darte risa a
ti de repente no es risible para otro (más aún si un lector, desde el principio
lee el texto a la defensiva por creerse a priori superior a todo). Lo
que hay que entender es el uso del humor, medir sus intenciones dentro de ese
mundo representado, y de si funciona o no como recurso estético. Ahora pasemos
a comentar algunos textos del libro.
“Reconciliación nacional” abre el
libro y puede leerse como un acta de principios de lo que leeremos. “Paco
Yunque” de Vallejo es, sin duda, el texto más leído dentro de la escuela
básica. El autor concibió el texto como la representación de una lucha de
clases entre el obrero creador asalariado y el abusivo gamonal-empresario. En
el cuento, Paco Yunque no se ve reivindicado ni en su creatividad ni en su
condición de subalterno, sino al contrario, porque vemos el triunfo de Grieve,
el triunfo de los abusivos, de los que tienen el poder, y deja un claro
sinsabor en el lector. Vallejo escribió ese texto cuando era abiertamente
declarado comunista. Y el texto buscaba que el lector tomará acciones concretas
en la realidad: acaso la venganza desde la “revolución” contra los opresores
reales. Biffi se toma la licencia de preguntarse “¿Qué pasaría sí…”, propio del
impulso ucrónico, de realidad alterna, para especular sobre ese hipotético
encuentro futuro, ya adultos, entre Paco y Grieve. Entonces, a la “composición
ucrónica” de Biffi se une la cita cultural, la intertextualidad. Esta
“composición ucrónica” tiene una base “materialista”, entendida como oposición
de fuerzas y contradicción en una realidad social. ¿Es Biffi, materialista?
Parece que sí. Porque vuelve a poner sobre el escenario ese mismo enfrentamiento,
que une dos imposibles irreconciliables. Y si bien lleva a cabo la fantasía
izquierdista de ver finalmente a Paco reivindicado, o vengándose de Grieve
(como una lucha entre el bien y el mal), deja al lector en suspenso, porque en
tras ese encuentro, Grieve es asesinado y se convierte luego en fantasma que
sigue atormentando a Paco, y este finalmente, se suicida, lo que da pie a una
continuación de la lucha entre ambas fuerzas en un plano, digamos, metafísico.
Nadie gana ni pierde. La materia no se crea ni se destruye, solo se transforma.
Que sea risible o no es otra cuestión. En ese sentido, Biffi es iconoclasta,
porque se burla de una tradición literaria acartonada, grave, en donde el humor
ha sido prácticamente expulsado del canon, y las figuras del canon “no se
tocan”.
Esta composición ucrónica (Qué
pasaría sí…) y materialista (agudizar las contradicciones) está presente en los
otros textos: el encuentro entre dioses nórdicos y andinos en “El duelo entre
Illapa y Thor”; la relectura posmoderna de la fábula en “La tortuga y la
liebre”; la unión entre un humano y una deidad lovecraftniana, con sus cuotas
de absurdo, en “Kassoghta”; la unión entre la literatura romántica de Jane
Austen y el barrio faite del Callao en “Barrio y prejuicio”; lo absurdo e inútil
del arte moderno, el performance y arte conceptual en “Tensión lunar”, basado
en un hecho real entre Eielson y la NASA; o el duelo verbal entre Cesar Vallejo
y un rapero urbano, como ocurre en “MC Rapkólnikov”. Estos son algunos de los
textos del libro. En otros, de corte más “realista”, irrumpe un personaje
hipocondríaco o maniaco depresivo, que parece haber salido de algún guion de
Woody Allen, con escenas medio cultistas tipo el cine de Wes Anderson, y cierto
fracaso ribeyriano. Pero hay también clara influencia de la cultura
norteamericana, de los sitcoms como Los Simpsons o South Park, de la cultura de
masas en general, del cine e historietas, y cierto aire del stand up
comic. Algunos “chistes” incluidos a lo largo de los cuentos podrían funcionar
independientes de las narraciones.
Viendo tu vida derrumbarse desde
una distancia segura viene a clausurar una tradición realista
cada vez más agónica, proponer el juego intelectual por sobre las convenciones
aceptadas, la transgresión frente a lo políticamente correcto y lo woke. Es
político a su modo, no tiene que ser necesariamente explícito en la violencia,
porque el humor puede ser tierno, juguetón y algunas veces, hasta corrosivo.
Elton Honores
Universidad Nacional Mayor de San
Marcos
