viernes, 2 de enero de 2026

Sobre balances (y desbalances)

 


Sobre balances (y desbalances)

 

El año 2025 abrió una clara grieta en el campo literario limeño. Curiosamente en abril fallecía Vargas Llosa, de lejos, el escritor peruano de polendas más completo. No sé si sea casual o no, pero quizás, inconscientemente (o conscientemente), en los últimos años hubo señales previas de una generación que -bordeando hoy los cincuenta años-pugna, desde cierta ruptura, por tomar la posta, el lugar del Nobel, pero transitando en su mayoría por las corrientes del realismo mimético. Pensemos solo en los títulos en sí de las antologías de Víctor Ruiz Velasco: El fin de algo (Santuario, 2015) y El tiempo es nuestro (Seix barral, 2023) que reafirman este fin de ciclo y deseo de renovación. También, otros autores de la misma generación, con mayor exposición mediática, tuvieron un acercamiento más explícito y directo al Nobel, intentando continuar con su legado.

Pero lo cierto es que hasta la fecha sigue manteniéndose la noción de canon diseñada grosso modo por la generación del 50. Así, canon del siglo XX es Vargas Llosa, Ribeyro, Salazar Bondy, Eielson, pero también Arguedas, Vallejo y Eguren. Y extendiéndose un poco más, Gutiérrez, Reynoso, y Bryce Echenique. Es decir, el canon se cierra en los agentes del 50 y alcanza a unos pocos más de los años 60; o todo lo anterior puede ser canon, como Ricardo Palma en el s. XIX y etc., pero, todo lo que viene después de los años 60 es corpus, es decir, un conjunto de autores que crece de modo exponencial.

Siguiendo con la terminología contable, hay activos (bienes literarios con alto valor, encabezados por Vargas Llosa y Arguedas), pero muchísimos más pasivos, es decir, deudas y compromisos pendientes (la literatura regional, por poner solo un caso, o lo fantástico, entre muchas formas y variantes). Si la literatura fuera una “empresa” (que no lo es ni lo será, ni debería serlo), sería una empresa que se niega a aumentar sus activos, porque quizás sea más cómodo seguir “vendiendo” estos mismos productos -como funkos clásicos. Aunque también se podría sostener la argumentación contraria: ofrecer demasiada diversidad (muchos otros autores) puede hacer colapsar la “empresa” (más oferta y menos demanda). Entonces ¿La solución sería integrar, sumar algunos pocos más, de modo progresivo, pero sin afectar lo central (el realismo mimético)? ¿O mantener a rajatabla el canon ya establecido por la tradición?

Los “balances” del año van a seguir siendo artificiales, parciales (además de subjetivos, claro está). El problema es que para el 2026, posiblemente, se van a repetir los mismos esquemas, ya previstos (y las mismas quejas):

a)      Un recuento hecho sobre la base de las publicaciones transnacionales, en donde solo un 10% aproximadamente será de las editoriales independientes y regionales.

b)     Un recuento hecho solo de publicaciones regionales, en donde habrá 0% de editoriales transnacionales.

c)      Un recuento tipo guía telefónica impresa (de esas que ya no se usan por la virtualidad), en donde vamos ver desfilar muchos autores y libros, pero sin sustento crítico acerca de las calidades de las mismas obras. Se trata de una enumeración aglutinante que apela más al capital simbólico del autor de la nota.

d)     Un recuento parcial de lecturas de los propios autores basada más en gustos personales (algo inevitable, por cierto).

 

El problema no es crear una oposición binaria radical entre criollos y andinos, o entre las transnacionales y los independientes, o Lima y las regiones, porque no resuelve nada. Por ejemplo, ¿qué ocurre con la amazonía? No son en estricto “andinos” y desde hace ya varias décadas viene ofreciendo una amplía producción. Por ejemplo, la editorial Trazos, es la única con circulación en ferias de Lima -hay otras editoriales-, pero no aparecen en los habituales recuentos anuales. También hay autores que han publicado en transnacionales y su situación tampoco ha variado mucho, es decir, como “autores” siguen formando parte de la periferia. Lo mismo pasa si se publica en Lima, que tampoco es garantía de mejor distribución, circulación, o de promoción.

Las formas de medir el consumo son los rankings en librerías formales (tipo El virrey o Sur) que son también engañosas. Para el autor promedio, la librería acepta solo 5 ejemplares en stock, por un tema de almacenamiento (o 3 en el peor de los casos). Entonces, la lista de los libros más vendidos es también engañosa, por el tipo de consumidor, dado que se ubican en San Isidro o Miraflores; y por el número de ejemplares (no hay cifras oficiales de cuántos ejemplares se venden en librerías). Esos rankings solo generan corrientes de opinión favorables a ciertos libros en medios oficiales. Y no necesariamente la calidad literaria va de la mano con el “éxito” de ventas.

Finalmente, algunas personas que ejercen la crítica utilizan criterios implícitos discutibles para valorar una obra narrativa, comento solo tres. Por ejemplo, el número de páginas (cuánto más, mejor): a priori una novela de 500 páginas será mejor que la de 250, y la de 1000, mejor que la de 500, etc. Se tiene aún la idea que la novela es superior al cuento, y que la novela debe ser una “novela total”, es decir, ideas y modelos provenientes tanto del boom latinoamericano de los 60, como del realismo soviético del XIX. Cuentos como “Alienación” o “Los gallinazos sin plumas” de Ribeyro son muchísimo más potentes y vigentes que un libro muy abultado, e innecesario en su extensión. Lo segundo, así como la novela es superior al cuento, el realismo mimético sería superior a lo fantástico (y géneros afines). Y eso en gran parte viene por la herencia vargasllosiana. Todo lo que no sea MVLL o se le parezca está condenada al destierro y a la clausura, porque siempre le va a “faltar algo”, cuando es claro que cada registro tiene sus propios códigos, sus propias leyes y su autonomía. Finalmente, el rechazar de plano el humor. Hay una noción en el uso del humor como algo degradado, bajo, de poco valor cultural o solo hecho para el instante, dado que se mira la literatura siempre desde arriba, con el ceño fruncido y en posición hierática. Hay una visión trágica de la literatura, que la representación del dolor y la miseria es superior a la risa, que el sufrimiento conmueve mucho más. No estoy de acuerdo con esta idea. El humor es corrosivo, transgresor, reflexivo y muy complejo (no por nada muchos filósofos, a lo largo de la historia, han estudiado y escrito sobre el tema), así que no es algo para tomarlo a la ligera. Prejuicios, defectos psíquicos hereditarios, y ceños fruncidos aún abundan en la crítica. Y son legión.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos