Sobre balances (y desbalances)
El año 2025 abrió una clara grieta
en el campo literario limeño. Curiosamente en abril fallecía Vargas Llosa, de
lejos, el escritor peruano de polendas más completo. No sé si sea casual o no,
pero quizás, inconscientemente (o conscientemente), en los últimos años hubo señales
previas de una generación que -bordeando hoy los cincuenta años-pugna, desde cierta
ruptura, por tomar la posta, el lugar del Nobel, pero transitando en su mayoría
por las corrientes del realismo mimético. Pensemos solo en los títulos en sí de
las antologías de Víctor Ruiz Velasco: El fin de algo (Santuario, 2015)
y El tiempo es nuestro (Seix barral, 2023) que reafirman este fin de ciclo
y deseo de renovación. También, otros autores de la misma generación, con mayor
exposición mediática, tuvieron un acercamiento más explícito y directo al Nobel,
intentando continuar con su legado.
Pero lo cierto es que hasta la
fecha sigue manteniéndose la noción de canon diseñada grosso modo por la
generación del 50. Así, canon del siglo XX es Vargas Llosa, Ribeyro, Salazar
Bondy, Eielson, pero también Arguedas, Vallejo y Eguren. Y extendiéndose un
poco más, Gutiérrez, Reynoso, y Bryce Echenique. Es decir, el canon se cierra en
los agentes del 50 y alcanza a unos pocos más de los años 60; o todo lo
anterior puede ser canon, como Ricardo Palma en el s. XIX y etc., pero, todo lo
que viene después de los años 60 es corpus, es decir, un conjunto de autores
que crece de modo exponencial.
Siguiendo con la terminología
contable, hay activos (bienes literarios con alto valor, encabezados por Vargas
Llosa y Arguedas), pero muchísimos más pasivos, es decir, deudas y compromisos
pendientes (la literatura regional, por poner solo un caso, o lo fantástico,
entre muchas formas y variantes). Si la literatura fuera una “empresa” (que no lo
es ni lo será, ni debería serlo), sería una empresa que se niega a aumentar sus
activos, porque quizás sea más cómodo seguir “vendiendo” estos mismos productos
-como funkos clásicos. Aunque también se podría sostener la argumentación
contraria: ofrecer demasiada diversidad (muchos otros autores) puede hacer
colapsar la “empresa” (más oferta y menos demanda). Entonces ¿La solución sería
integrar, sumar algunos pocos más, de modo progresivo, pero sin afectar lo central
(el realismo mimético)? ¿O mantener a rajatabla el canon ya establecido por la tradición?
Los “balances” del año van a seguir
siendo artificiales, parciales (además de subjetivos, claro está). El problema
es que para el 2026, posiblemente, se van a repetir los mismos esquemas, ya
previstos (y las mismas quejas):
a) Un recuento
hecho sobre la base de las publicaciones transnacionales, en donde solo un 10% aproximadamente
será de las editoriales independientes y regionales.
b) Un recuento
hecho solo de publicaciones regionales, en donde habrá 0% de editoriales
transnacionales.
c) Un recuento
tipo guía telefónica impresa (de esas que ya no se usan por la virtualidad), en
donde vamos ver desfilar muchos autores y libros, pero sin sustento crítico
acerca de las calidades de las mismas obras. Se trata de una enumeración aglutinante
que apela más al capital simbólico del autor de la nota.
d) Un recuento
parcial de lecturas de los propios autores basada más en gustos personales
(algo inevitable, por cierto).
El problema no es crear una
oposición binaria radical entre criollos y andinos, o entre las transnacionales
y los independientes, o Lima y las regiones, porque no resuelve nada. Por ejemplo,
¿qué ocurre con la amazonía? No son en estricto “andinos” y desde hace ya
varias décadas viene ofreciendo una amplía producción. Por ejemplo, la
editorial Trazos, es la única con circulación en ferias de Lima -hay otras
editoriales-, pero no aparecen en los habituales recuentos anuales. También hay
autores que han publicado en transnacionales y su situación tampoco ha variado
mucho, es decir, como “autores” siguen formando parte de la periferia. Lo mismo
pasa si se publica en Lima, que tampoco es garantía de mejor distribución, circulación,
o de promoción.
Las formas de medir el consumo son
los rankings en librerías formales (tipo El virrey o Sur) que son también engañosas.
Para el autor promedio, la librería acepta solo 5 ejemplares en stock, por un
tema de almacenamiento (o 3 en el peor de los casos). Entonces, la lista de los
libros más vendidos es también engañosa, por el tipo de consumidor, dado que se
ubican en San Isidro o Miraflores; y por el número de ejemplares (no hay cifras
oficiales de cuántos ejemplares se venden en librerías). Esos rankings solo
generan corrientes de opinión favorables a ciertos libros en medios oficiales. Y
no necesariamente la calidad literaria va de la mano con el “éxito” de ventas.
Finalmente, algunas personas que
ejercen la crítica utilizan criterios implícitos discutibles para valorar una
obra narrativa, comento solo tres. Por ejemplo, el número de páginas (cuánto
más, mejor): a priori una novela de 500 páginas será mejor que la de 250,
y la de 1000, mejor que la de 500, etc. Se tiene aún la idea que la novela es
superior al cuento, y que la novela debe ser una “novela total”, es decir, ideas
y modelos provenientes tanto del boom latinoamericano de los 60, como del
realismo soviético del XIX. Cuentos como “Alienación” o “Los gallinazos sin
plumas” de Ribeyro son muchísimo más potentes y vigentes que un libro muy
abultado, e innecesario en su extensión. Lo segundo, así como la novela es superior
al cuento, el realismo mimético sería superior a lo fantástico (y géneros
afines). Y eso en gran parte viene por la herencia vargasllosiana. Todo lo que
no sea MVLL o se le parezca está condenada al destierro y a la clausura, porque
siempre le va a “faltar algo”, cuando es claro que cada registro tiene sus
propios códigos, sus propias leyes y su autonomía. Finalmente, el rechazar de
plano el humor. Hay una noción en el uso del humor como algo degradado, bajo,
de poco valor cultural o solo hecho para el instante, dado que se mira la
literatura siempre desde arriba, con el ceño fruncido y en posición hierática. Hay
una visión trágica de la literatura, que la representación del dolor y la miseria
es superior a la risa, que el sufrimiento conmueve mucho más. No estoy de
acuerdo con esta idea. El humor es corrosivo, transgresor, reflexivo y muy complejo
(no por nada muchos filósofos, a lo largo de la historia, han estudiado y
escrito sobre el tema), así que no es algo para tomarlo a la ligera. Prejuicios,
defectos psíquicos hereditarios, y ceños fruncidos aún abundan en la crítica. Y
son legión.
Elton Honores
Universidad Nacional Mayor de San
Marcos
