Alexis Iparraguirre (edición) y Francisco Joaquin Marro
(notas biográficas). Esta realidad no existe. Antología
de ciencia ficción por escritores del Perú. Lima: Estruendomudo, 2021. 250 p.
Diseño de portada de Celeste Vargas Hoshi
No es casual que en el marco de la edición
conmemorativa de los 50 años de Un mundo para Julius (1970) de Alfredo
Bryce Echenique (pospuesta por la pandemia), novela realista que refiere con
nostalgia y sentimentalismo a la aristocracia limeña, la dupla de Alexis
Iparraguirre (Lima, 1974) y Francisco Joaquín Marro (Lima, 1979) logren
publicar esta antología de CF -lista desde el 2019, según se desprende de las
fechas-, titulada Esta realidad no existe. Desde el sugerente título que
alude más a la invisibilidad del género de CF en Perú y al carácter puramente
ficcional que no debe de tomarse como documento sociológico (que al hecho de
vivir en la “matrix” de las Wachowski, que sería políticamente más interesante),
hay una propuesta de tipo generacional y de ruptura respecto de los cánones
literarios establecidos por la tradición literaria.
Desde las vanguardias históricas de
la primera mitad del siglo XX, la búsqueda de lo original y de lo nuevo han
estado presentes en el desarrollo del arte occidental. En el caso de la tradición
literaria peruana, lo nuevo y lo original nunca fueron una condición
imprescindible para ingresar a un canon (artificial). La modernización
narrativa llegó a su culminación hacia la segunda mitad de los años 50 y desde
ahí la historia literaria asumió un solo modelo narrativo dominante (el
vargasllosiano), alineándose a lo que sería en los años 60, el “boom”
latinoamericano (a diferencia de Cortázar, García Márquez o el propio Fuentes
que han transitado por lo fantástico, aquí se impuso este único modelo). Más
allá de ese punto de no retorno la narrativa peruana se mantuvo estable en sus
códigos mimético-verosímiles, renovando ciclos narrativos temáticos (del
indigenismo pasamos a la narrativa urbana, luego a la “violencia política”, el
“realismo sucio” y recientemente a la denominada autoficción de la clase
media-alta o “prosa pituca”, como le denomina Mark R. Cox). Para los críticos y
académicos formados bajo el paradigma realista (triada
Vallejo-Mariátegui-Arguedas), y a pesar de que contamos con notables exponentes
del género desde Clemente Palma, lo fantástico en general nunca encontró un
espacio visible (y aceptado) dentro del corpus.
Es así que solo con la globalización,
que ingresó al Perú en los años 80 como una avalancha, pero que tuvo su punto
clave en la llegada progresiva de internet hacia segunda mitad de los años 90
del siglo pasado, es que ese esquema se rompe progresivamente. Aunque hay que
reconocer que la dispersión fue la principal característica de ese momento de
caos en el que los lectores (y futuros autores) tenían acceso a una información
que con la perfección y rapidez del soporte virtual se ha vuelto hoy casi
infinita. Podían leer textos digitales de autores -raros, extravagantes,
desconocidos, “caletas”- de circulación restringida (que eran difíciles de
conseguir en formato físico en Lima hasta fines de los 90). Vino luego la
experiencia de formar parte de estrenos globales en simultáneo (el fenómeno Harry
Potter de 2001 fue el primer batacazo, ampliado a través de su versión en
el cine; en 2005 llegó Crepúsculo. Ambos fueron dos casos globales a
inicios del siglo XXI). En cuanto a lo audiovisual en TV (mucho más masivo y
barato que el cine regular) llegaron nuevas producciones en este siglo: Lost
(2004-2010) -serie hoy ya casi olvidada, pero que gozó de popularidad en su
momento-, luego vino The walking dead (2010-actualidad) y Games of
Thrones (2011-2019), Black mirror (2011-2019). En el último lustro,
las más populares fueron Stranger Things (2016-actual) y Dark
(2017-2020), entre muchas otras más. Mientras estos productos globalizados de
la industria del entretenimiento iban desplazando a la propia literatura “seria
y grave” como fuente exclusiva de “inspiración” (habría que agregar la saga Star
Wars, The lord of the rings, los productos de la factoría DC Comics
y Marvel Comics; además todo lo referido a la influencia del anime y el manga
japonés en la narrativa, fenómeno poco explorado aún); en el Perú del 2005 se
produjo el último gran “debate” literario (me refiero a grande por los meses que
duró antes que por sus ideas, bastante esquemáticas), pero que aludía principalmente
a las generaciones anteriores, liderada por Miguel Gutiérrez (los andinos) y
Fernando Ampuero y Alonso Cueto (los criollos), y unos cuantos pocos autores
jóvenes (en ese momento) alineados al realismo. Pero era pues un debate que se
arrastraba desde el siglo XX y que agonizaba ya para el nuevo milenio (no
porque haya sido superado o resuelto el día de hoy -basta con ver las diversas reacciones
de algunos escritores sobre la incorporación de autores de provincias para la
Feria del Libro de Guadalajara- sino porque se produjo una fractura en las nuevas
generaciones, en relación a la desideologización), ya que el campo cultural
estaba mutando radicalmente hacia la globalidad apolítica. No era posible avizorar
el cambio de registro hacia lo fantástico y la CF -que no implica borrar el
realismo tradicional-, es decir, ampliar el espectro de posibilidades
ficcionales.
En este marco bastante complejo (ya
que lo fantástico y la CF no son necesariamente escapistas de la realidad, o
evasivos de esta), Esta realidad no existe intenta presentarse como una
antología generacional, retomando el tono de los manifiestos de las vanguardias
históricas (firmado por Iparraguirre). Sobre este texto titulado “Un prolífico
y provocador futuro (a modo de manifiesto)”, me detendré un momento en algunas
de sus afirmaciones. El autor sostiene que la tradición peruana es
“machaconamente realista” (9), es decir, repetitiva y pesadamente realista, que
intenta “explicar los problemas nacionales” sobre la base de “relatos de corte
social y psicológico” (9). Frente a lo obsoleto o variantes imperfectas de esta
narrativa es que se ofrece el libro como una verdadera “novedad”. En este punto lo novedoso o lo nuevo es
paradójico. Por un lado, tenemos hoy que la industria editorial local se
interesa de modo casi exclusivo por los autores jóvenes -y cuanto más jóvenes,
mejor aún- y que cuentan con el apoyo de los principales medios periodísticos
escritos (digitales e impresos). Pero por otro, el sistema cultural quiere que
esas nuevas voces se parezcan a lo ya conocido (el crítico Simon Reynolds acuña
el término “retromanía” para aludir a la industria musical que fomenta la
aparición de grupos de rock son un sonido “ochentero” o de revival). Si
partimos de que el realismo vargallosiano es aún el modelo dominante a seguir
en el s. XXI, la crítica valorará más estas nuevas “retromanías” realistas para
el caso de la literatura (en el campo de la cultura de masas, igual fenómeno
ocurre con las franquicias My name is -traducido como Yo soy- y The
Voice, en el que niños, adultos y ancianos, buscan el éxito en base a
parecerse a otros e incorporando un repertorio del pasado que pueda conectar
con audiencias sentimentales). Así que la originalidad de lo nuevo en el presente,
es valorada con ambigüedad.
En alguna clase en San Marcos el
maestro Carlos Eduardo Zavaleta retomó la distinción de Luis Alberto Sánchez
acerca de la “literatura peruana” y “literatura del Perú”. La primera suponía
la referencia a la realidad peruana (definir qué es el Perú es ya otro problema
más complejo); en cambio, la segunda el Perú era más bien un tema, que podía
ser producido por escritores no nacidos en el país. En aquel momento era
impensable lo global, que permite que un escritor del Perú produzca un texto
sin referencialidad al país. En esa vieja disyuntiva, esta antología supera la
vieja dicotomía de Sánchez para proponer ficciones sin referencialidad (en la
mayoría de casos) al Perú: son escritores del Perú, pero que no hablan del
Perú. Conclusión: el Perú ha sido superado (o borrado).
Siguiendo con el manifiesto, se
adhiere a dos momentos claves en el desarrollo del género: a) el trabajo editor
del norteamericano John W. Campbell en Astounding Science-Fiction y b)
la obra pionera de José B Adolph, Mañana, las ratas (1984). Sobre esta
última afirma que es la primera novela de CF que publicó en condiciones óptimas
de circulación, editada por Mosca Azul, una editorial de prestigio, y
distribuida en librerías de San Isidro y Miraflores. Hay que recordar que la
novela Glasskan (1968) de José Estremadoyro, tuvo una segunda edición en
1971 por la editorial Peisa, fundada el 9 de diciembre de 1968 -casi un mes
después del golpe militar de Velasco Alvarado. Más allá de la calidad o no de
la novela, sin mayores datos es posible asumir que: a) la primera edición de Glasskan
se agotó; b) el género de CF era popular como para que el libro sea reeditado;
y c) los lectores no fueron probablemente los de San Isidro o Miraflores. Ello
nos lleva a concluir que la popularidad (o masividad) del género no se funda en
la publicación en una editorial de prestigio o su circulación en sectores
medios-altos de Lima, como sostiene Iparraguirre, sino en los propios lectores
(que siempre tienen la razón), independientemente de su condición
socioeconómica o grado de instrucción. Ahora bien, añade que nada de lo
anteriormente mencionado (edición y circulación) “favoreció su venta, su
recepción o su consagración, la que nunca ocurrió” (12). Si bien fueron pocas
las reseñas en prensa ubicadas sobre Mañana, las ratas (cfr. “El sujeto
programado…”, Honores, 2008) estas fueron altamente favorables al libro,
ubicándola con claridad como una novela de CF distópica. Lo que efectivamente no
ocurrió, como afirma Iparraguirre, es su consagración en el ámbito académico.
Crítica periodística y crítica académica siguen siendo hoy espacios
irreconciliables. Para Iparraguirre, 40 años después “la élite letrada insiste
en identificar a la ciencia ficción literaria como un cuerpo extraño, un desvío
y hasta una afrenta a la tradición nacional” (13).
Para el autor, los críticos y
académicos eran (¿son?) una especie de “guardianes de la tradición” (14), pero
ahora, con las facilidades que supone no solo la impresión y edición de textos,
y las diversas plataformas de difusión (en el que la prensa sería solo una más
de varias otras), estos agentes culturales no pueden controlar lo producido, ya
que es superabundante. Iparraguirre define la escritura del libro como “local y
global, nueva y antigua, rara y familiar, y multimediática y letrada, por todas
las redes de las que proviene y que ella remezcla, y que la sustraen del bozal
de las autoridades más vetustas” (14-15).
El segundo texto introductorio
firmado por Iparraguirre-Marro establece su vinculación con la antología de
Harlan Ellison, poniendo énfasis en que tiene como objeto ofrecer un “panorama
nuevo” de la CF peruana. Además de explicar el trabajo de edición y selección
de autores y sus textos (que tiene su origen en las tertulias de los
denominados como “fantastólogos”), se explica el porqué de las notas
biográficas exentas de la sacralidad habitual, para ofrecer una aproximación
más intima y familiar a los propios autores (una aproximación que curiosamente
no se aplica a Iparraguirre y Marro, quienes sí mantienen la sacralidad
habitual en sus propias notas biográficas; cfr. solapa interior), que resultan
en este caso, valiosas para conocer la psicología y motivaciones del autor
(aunque también hay datos sobre una alusión a una pelea entre escritores, que
no sé si sea pertinente o relevante que el lector conozca).
En cuanto a los 14 textos
seleccionados, hay que señalar que como es habitual, todas están bien escritas
y es posible confirmar el oficio en cada uno de ellos. Sin embargo, hay seis autores
que destacan del grupo. Hay dos que se alejan en sentido estricto del realismo
tradicional o convencional, y lo logran a partir de los mundos representados:
Claudia Salazar Jímenez y Jeremy Torres-Montero. Luego tenemos el delirio
humorístico y grotesco de Julio Meza Díaz, las microficciones de Germán Atoche
Intili (tan pocas que suponen un desbalance respecto del grupo), el relato en
clave médico-apocalíptica de Carlos Vera Scamarone y la perfección borgiana de
Gonzalo Málaga, cuyo cuento fantástico roza la CF. Tanto Salazar como
Torres-Montero logran crear universos autónomos originales que se alejan del “grado
cero” del realismo habitual (este distanciamiento radical en la CF puede
encontrarse en algunos textos de otros autores en las últimas antologías del
género como Noticias del futuro de 2019, Universos en expansión de
2018 y Se vende marcianos de 2015).
En el texto de Salazar una
inteligencia artificial con forma humana crea un centro de fertilidad y
reproducción -en el que la figura masculina no será ya necesaria-, una idea que
se alinea parcialmente a la actual agenda feminista. La fantasía de esta IA es
reducir los impulsos humanos y sexuales de los nuevos nacidos al mínimo, y que
toda reproducción humana pase por su corporación. Es curioso, ya que se trata
de crear un imperio, en el fondo totalitario, que tendrá una alta rentabilidad
y poder; y que mantiene las diferencias entre clases sociales, ya que las
mujeres que no desean someter su cuerpo a un embarazo natural deberán de pagar,
ya que el programa solo es accesible a las que sí pueden. Así que el título del
cuento “Cyber-proletaria”, y sobre todo la autopercepción de la IA como tal
(más allá de la alusión a Roma), es bastante engañoso.
En el caso de Torres-Montero, se
trata de mezclar géneros. Es una especie de western-CF (al igual que Jorge
Casilla quien propone un cuento policial-CF). “El lugar en donde la nieve no se
va” construye imágenes de un mundo postapocalíptico, con referencias disímiles
a Star Wars, Mad Max y el anime japonés, en el que existen clanes
enfrentados, mutantes, y un secreto que permite mantener el control (y poder)
dentro de la ciudad en ruinas.
Julio Meza Diaz en “Como un mono”
presenta, en un ambiente burocrático ribeyriano, una posible regresión de la
especie humana, un darwinismo invertido gracias al noble rol de la racionalidad
científica que permitirá en el futuro, que el ser humano se alimente por el
culo, gracias a un supositorio alimenticio, pero que a su vez provocan cambios
físicos irreversibles y excesivos. En los 4 microrrelatos de German Atoche hay
zombis, estados totalitarios, clones y lavados de cerebro, temas que llevan la
CF hacia lo político y lo existencial.
Carlos Vera Scamarone en “Donahue” narra
la irrupción de una extraña pandemia provocada por la intensidad de los rayos
gamma que convierte a los humanos en “azules” (una variante posible de zombis).
Los personajes principales están en el manicomio (lo que de la un sentido más
dramático y teatral) y tras la violencia que se extiende en la ciudad logran
escapar hacia El frontón. Vera, a través de la carnavalización, logra invertir
los roles y hacer cuerdos y humanos a los “pacientes” e inhumanos a los propios
médicos, en un cuento bastante alegórico.
“Volver” de Gonzalo Málaga es un
cuento acerca de espacios que conducen a otras dimensiones, mundos posibles o
multiversos (que no se explica del todo, aunque tampoco es necesario), y que
mantiene en vilo al lector, y que podría ser perfectamente un capítulo perdido
de la serie de culto The Twilight Zone de Rod Serling. Un texto
brillante con un final más que inquietante.
En suma, Esta realidad no existe
es una buena antología de CF que grafica el excelente momento de lo fantástico
en general y de la CF en particular, aunque sabemos que para los “guardianes de
la tradición” nada perdurará para siempre (solo el realismo), o porque quizás,
salvo el realismo, todo es ilusión.
Elton
Honores
Universidad
Nacional Mayor de San Marcos