viernes, 20 de febrero de 2026

Crisis de representación

 


Crisis de representación

              Es claro que la lista de escritores invitados a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires del 2026 genera más dudas que certezas. En realidad, ninguna lista va a calmar las aguas, siempre va a faltar alguien o sobrar muchos. Y con todos los criterios que maneja el comité “técnico”, al final, no terminan por representar a nadie. Nací en Lima, así que me tomé la molestia de ver quiénes (me) representan, según los criterios de selección, según el orden alfabético (los datos están sintetizados):

 

-Katya Adaui, según se indica en su página, es escritora y vive en Buenos Aires.

-Lizbeth Alvarado Campos de Gozzer, es profesora de la PUCP y dirige la editorial feminista Gafas Moradas

-Elizabeth Campos Sanchez, en Linkedln se presenta: “Soy una mujer con discapacidad visual por mi condición de albinismo, comprometida en hacer incidencia por la promoción y defensa de los derechos de las personas con discapacidad […]”

-Renato Cisneros, periodista de la Universidad de Lima, colaborador de El comercio

-Alonso Cueto, estudió Literatura en la PUCP, colaborador de El comercio

-Karina Gisela de la Vega Sarmiento, educadora, estudió en el Pedagógico de Monterrico

-Rafael Dumett, estudió Lingüística y en el TUC en la PUCP

-Jeremías Gamboa, periodista de la Universidad de Lima

-Ricardo González Vigil, crítico literario, estudió Literatura en la PUCP

-María Belen Milla, poeta, estudió literatura en la PUCP

-Romina Paredes, estudió Traducción e interpretación en la Universidad Ricardo Palma

-Eddy Ramos Ludeña, periodista, estudió comunicación en la Universidad Jaime Bausate y Mesa

-Jessica Rodríguez López, educadora, estudió en el Pedagógico de Monterrico

-Gustavo Rodríguez, estudió en el Instituto Peruano de Publicidad

-Margarita Saona, estudió literatura en la PUCP

-Celeste Viale, dramaturga, y profesora de la PUCP

-Ana María Vidal Carrasco, abogada, estudió Derecho en la PUCP

-Alfredo Villar, estudió literatura en la PUCP

-Ricardo Virhuez, estudió Derecho en la UNMSM

-Issa Watanabe, ilustradora, estudió Letras en la PUCP

-José Carlos Yrigoyen, periodista, estudió Derecho y Comunicación en la Universidad de Lima

-Carlos Yushimito, estudió literatura en la UNMSM

-Joseph Zárate, estudió comunicación en la UNMSM

 

Son 23 personas + 1 acompañante con discapacidad = 24, que viene a representar el 40% de la totalidad inicial (60 personas).

De esos 23, hay 10 que estudiaron en la PUCP, 3 en la U de Lima, 3 en la UNMSM, 2 en el Pedagógico de Monterrico (¿De qué universidad vienes?). Es claro el desbalance, sobre todo porque el único Premio Nobel de Literatura del país proviene de la UNMSM, fundada en 1551, no de instituciones privadas.

De esos 23, 6 estudiaron Comunicación, 6 Literatura (es curiosa la impresión que deja los que van en su condición de periodistas, provenientes de instituciones nacionales, que irán probablemente a “denunciar” los abusos cometidos en regímenes anteriores, o la “corrupción”; mientras que los que provienen de las particulares concentrarán su discurso más en el “arte”)

La muestra de Lima es bastante irregular, porque hay figuras discutibles, sobre todo las que están en relación con el “activismo” político, la supuesta “calidad” literaria de algunos, o “trayectoria” de otros que bien podrían ser reemplazados, salvo quizás Cueto (si va a dar testimonio sobre su amistad con MVLL), González Vigil (si va a hablar del canon literario peruano anterior a 1980, de acuerdo) o Yushimito, que conforman solo el 5%. Desconozco los criterios del comité “técnico” del MINCUL, pero la presencia de autores que publican en editoriales independientes de Lima, es también nula (o casi) ¿En qué editorial publicas?, resuena. Y también ¿De qué linaje vienes?, porque en este Perú tan colonial aún, el apellido pesa más por sobre el genuino talento.


Adenda

Contrafáctica comparte los criterios del MINCUL que se sintetizan en:

a) trayectoria (se habla de experiencia, pero no se dice de cuánto. ¿Tres años? ¿5? ¿más del 10? ¿20? ¿o más? Sin esos indicadores es gaseoso).

-reconocimiento e impacto (según el estadio profesional) [¿?] [¿quién o cómo se mide el “impacto”?]

b) diversidad territorial (para nacidos en regiones que viviendo en Lima mantienen vínculos con territorios distintos a Lima) [¿se cumple a rajatabla?]

c) diversidad étnica y lingüística

d) representación equilibrada por género

e) inclusión y accesibilidad

f) diversidad de géneros

g) conexión con el ecosistema del libro y la lectura y/o cultura argentina

-a través de vínculos temáticos o estéticos, por ejemplo, las vanguardias, el cuento fantástico, dice el documento, pero ¿quiénes son nuestros vanguardistas de la muestra? ¿cuáles los que producen literatura fantástica? No hay nadie en el grupo.

-conexiones históricas o biográficas […]

El documento es mucho más extenso, pero es claro que el punto “g” es el que nadie ha prestado la atención debida y se ha borrado de la selección, de lo contrario deberían de estar por mérito propio y según sus propias bases del MINCUL, José Güich Rodríguez (1963) y Christian Briceño (1984), ambos producen narrativa fantástica de polendas y estudiaron en Argentina. Es decir, más claro y redondo que eso no puede ser. Pero ya se sabe cómo funciona la argolla.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


jueves, 19 de febrero de 2026

¿Cuál debate?

 


¿Cuál debate?

En las últimas semanas, días previos y horas, pequeñas pullas circulan en redes y plataformas de youtube, acerca del devenir de la literatura peruana, o de su estado actual. Quizás habría que plantear la pregunta central ¿Cuál es el debate? O mejor dicho ¿Sobre qué? Porque, vamos, hay muchas maneras de enfocar este permanente conflicto. Tratemos de formularlas y de responderlas:

a)¿La pelea es entre clásicos y modernos? A estas alturas ya está claro que nuestro “canon” va desde Arguedas, Ribeyro, Vargas Llosa, Bryce Echenique y Gutiérrez; a Vallejo en la poesía, et al. Pero ¿Quiénes serían nuestros “modernos”? ¿O todos imitan a los clásicos? ¿Hay “modernos” en la literatura peruana? Es claro que nadie ha pensado en estos términos y por lo tanto, habría que descartarlo, al menos inicialmente.

b) ¿Autores regionales versus autores de Lima (otra forma de actualizar la vieja polémica entre andinos y criollos)? A raíz de la reciente lista de escritores invitados a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires de 2026 se está viendo ciertas “contradicciones”, como escritores que nacieron en regiones, pero radican y “producen” en Lima; autores regionales cuyos pares locales declaran no conocerlos (es gracioso este punto, porque si el aparato cultural no hace lo suficiente para que grosso modo tengan mayor exposición en sus propias regiones, o en Lima, ¿es justa y necesaria esta mayor exposición a nivel internacional? ¿No sería una acción hasta cierto punto vacía? ¿un gesto que niega su condición de “representativo”?) No dudo de su posible calidad artística, pero ni siquiera parecen ser “representativos” en sus propias regiones, al menos así leo en algunos comentarios. También está la diáspora, los que viven fuera del país quienes también reclaman su lugar en la muestra. Entonces, el locus no debería ser definitorio para establecer una lista. Es un criterio medio telúrico, eso de apelar sensu stricto, a la tierra, a la raíz. Porque en muchos casos nacer en una región es también un mero accidente, como muchos que viven y producen en Lima, pero que a la hora de los “concursos” sacan a relucir su terruño pasado, su “origen”, sus raíces.

c) ¿Y no podría ser el debate entre escritores independientes y escritores del mainstream? Es decir, su lugar en la literatura actual se define por la editorial en la que publican. Sería triste si ese fuera uno de los criterios, porque en la mayoría de casos, son pocos los que publican en editoriales transnacionales o “prestigiosas” y poseen verdadero talento (ya se sabe que hay mucho de redes, argollas y campañas de marketing en el éxito o “exposición” de un autor), mientras que al contrario, y grosso modo, tienen mayor calidad los que publican en las independientes, aunque tampoco es una regla a rajatabla. Se entiende que es una visión general.

d) ¿O también podría agregarse la variable generacional y la de género? En el primer caso están los seniors, los de gran experiencia en estas lides y de trayectoria, probablemente los que bordean los setenta años o están por encima, y de los que, en principio nadie dudaría de su lugar (¿o sí?) Tendría que hacerse un estudio más a profundidad de si son los mismos de siempre o no. Porque si son los invitados de siempre, tendríamos otro problema: la falta de renovación, de recambio generacional, por decir algo. En cuanto a la cuota de género con la intención de equilibrar la lista es un criterio rancio y extra-artístico, porque pueden haberse elegido a mujeres por el solo hecho de serlo y excluir a hombres, lo cual es otro tipo de discriminación (Tampoco conozco los criterios ni el jurado evaluador, o de si también son ellos los mismos de siempre).

e) La vejez o la amplia trayectoria tampoco es definitoria y frente a esta se oponen los autores sin mayor “experiencia” en eventos similares, que ofrecen las novedades. Así tendríamos otra arista: los ya “consagrados” versus los “emergentes” (a esto, Francisco León le pone el nombre de “hegemónicos” y “subalternos”). La pregunta clave es ¿consagrados por quién? ¿hegemónicos por quién?

f) También está el círculo de los “regios” aglutinados alrededor de la PUCP que controlan los medios, se citan entre sí, cierran filas entre sí, frente a todo(s) los demás, que no existe para ellos ni es canon.

g) ¿Y no sería más artístico enfrentar la “calidad literaria” en sí frente al mero trámite administrativo-documental desde Lima, en el que los autores regionales apenas son cifras, números, estadísticas? Porque seamos sinceros, ni todas las regiones se desarrollan o alcanzan la misma “calidad” literaria, ni cuentan con grandes tradiciones (es seguro que hay unas más potentes que otras, como Arequipa, o autores singulares que son más excepciones en sus propias regiones). Así, privilegiar lo regional por ser diverso, democrático e inclusivo sin atender a sus reales valores estéticos es un mero gesto arbitrario. Además, nadie realmente que se tome en serio la literatura espera recibir una invitación del Estado o algún tipo de favor. Ir a una feria no debe ser un paseo subvencionado por ese aparato tentacular llamado Estado, sino una oportunidad de mostrar un estado de la cuestión, un estado de cosas, un estado del arte hoy.

h) Asimismo, surge también otro tipo de oposición: los doctos con grados y títulos literarios frente a los autores empíricos e intuitivos, o provenientes de otras esferas. Es claro que lo que interesa finalmente es la obra en sí, no los grados, ni las especializaciones en literatura dura y pura obtenidas ya sea acá o en el extranjero. Tenemos tradiciones orales, indígenas, no solo la escrita o culta.

i) ¿Y sería posible agregar otra variable final como el conflicto entre realistas y fantásticos? Este debate tampoco se ha planteado, pero es claro que de la muestra se ha excluido lo fantástico en su totalidad (o casi). Y la narrativa fantástica peruana contemporánea es la gran renovadora de la tradición literaria en el siglo XXI (nombres hay de sobra). Esto podría conectarse con el primer punto descartado para pensar en lo fantástico ya no como una tradición aceptada por la historia literaria local y la crítica (cosa que no ocurrió jamás), sino como una verdadera propuesta moderna, y sin creer tampoco que es lo único que existe en el panorama actual (hay otras propuestas válidas, valiosas y legítimas), pero ¿borrarla? ¿desaparecerla? ¿clausurarla? Esa actitud de desprecio, “ninguneo” y decisión final de los “técnicos” del Ministerio de Cultura es cuanto menos una torpeza y una decisión de pocas luces.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


miércoles, 18 de febrero de 2026

Gustavo Faverón Patriau. El anticuario. Lima: Peisa, 2019. 233 p.

 


Gustavo Faverón Patriau. El anticuario. Lima: Peisa, 2019. 233 p.

Esta es la opera prima de Gustavo Faverón (Lima, 1966), quien estudió literatura en la PUCP y doctorado en Cornell, además de ejercer la crítica literaria, y cuyas obras se han traducido a otros idiomas. La novela envuelve su trama sobre códigos del gótico (la muerta, la locura, el espacio cerrado del manicomio, los secretos de familia) y del policial (la investigación acerca de un extraño crimen pasional), pero que se alejan de sus modelos para ofrecer un registro de “alta” literatura.  Por momentos llega a un estilo lírico-digresivo y descripciones lujosas.

En cuanto a la estructura, (breves narraciones del “anticuario” que acompañan al relato central), se acerca a la figura de Scheherezade de Las mil y una noches, pero también a dos modelos locales: El avaro (1955) de Luis Loayza y Caballos de medianoche (1984) de Guillermo Niño de Guzmán. Incluso, la imagen del loco que cuenta su historia parece haber sido tomada de El gabinete del doctor Caligari (1920), film expresionista de Robert Wiene; y la casa en llamas final, tanto de E.A.Poe como de “La granja blanca” de Clemente Palma.

Las referencias espaciales a Lima o al Perú están recubiertas de tal modo, que no se distinguen del todo (se habla de la masacre de Uchuraccay, del diario El Comercio), pero de forma medio borrosa, porque la novela se dirige a un público más global. Los localismos son escasos o nulos. Puede ser el Perú o cualquier otro lado. En sí mismo esto no es ni bueno ni malo.

Poniendo un poco en perspectiva esta novela (publicada originalmente en 2010, y reeditada en Lima en 2019) diremos que se distancia del registro mimético convencional, de la temática social explícita, para ofrecer una novela llena de modismos borgianos, un libro acerca de otros libros (o narraciones contadas por otros personajes), pero el crimen en sí resulta más un artificio, y casi sin vida, o fría. No hay revelación final.

Por otro lado, también llama la atención (siguiendo su propia página oficial) que la crítica periodística local lo haya prácticamente borrado (se cuentan a Alonso Cueto en Hueso Húmero; a Luis Hernán Castañeda, en Moleskine literario, blog de Iván Thays; Mónica Belevan, en The Barcelona Review; y otros breves comentarios de Peter Elmore y Rosella Di Paolo). Una digresión al margen: en el mundillo literario es inevitable que se formen redes de contactos (o “alianzas estratégicas”, como dicen en el mundo corporativo), pero también hay que distinguir entre estas redes: a) la cordialidad, b) la simpatía, c) la admiración sincera, y d) la amistad más íntima. Siempre he creído que el verdadero crítico es más bien un ser solitario.

No se puede negar que El anticuario está bien escrita (pero ¿No es lo mínimo que se esperaría de un escritor en un sistema literario “industrial”?) que se aleja de la regularidad que ofrecía (¿y sigue ofreciendo?) el mercado local en la década del 2010.

Digresión final, Borges y lo metaliterario es ya un modelo canónico dentro de la literatura latinoamericana, y sus temas o tropos alcanzaron su mayor punto local con Un único desierto (1997) de Enrique Prochazka, que abre un nuevo horizonte para lo fantástico, pero que aún sigue siendo una figura marginal.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


viernes, 13 de febrero de 2026

Momentos estelares de la literatura fantástica peruana

 



Momentos estelares de la literatura fantástica peruana

A raíz de una intervención del escritor y crítico cultural Alexis Iparraguirre en el XVI Congreso nacional de escritores de literatura fantástica y CF, sobre la negación del Premio Nacional de Literatura a Jorge Luis Borges en 1942 con El jardín de senderos que se bifurcan (1941), libro que incluía cuentos como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “El acercamiento a Almotásin”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Las ruinas circulares”, “La lotería en Babilonia”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, “La biblioteca de Babel” y el que daba nombre al conjunto (hoy Borges sigue siendo canon, pero resulta raro el desprecio del jurado hacia estas nuevas formas); y de cómo esto generó una polémica y defensa desde la revista Sur; es decir, hubo cierto debate en el campo literario, me propongo en estas líneas establecer si en el Perú ocurrió algo parecido, si lo fantástico tuvo un “momento estelar”, un punto de quiebre o giro.

 

I

En la década del 50 del siglo pasado, hubo un periodo de renovación de las formas literarias, es claro que muchos autores (o casi todos) transitaron por los códigos de lo fantástico. Quizás lo más parecido (a la inversa) haya sido la crítica unánime hacia El avaro (1955) de Luis Loayza, un pequeño libro de microrrelatos fantásticos escrito por un autor de 21 años que fue rápidamente canonizado por la crítica local. Si bien hay que advertir que todos críticos -entre ellos, Abelardo Oquendo o Luis Jaime Cisneros quienes tenían vinculación con Loayza (uno amigo, el otro, su profesor)- celebraron su aparición, esto no fue suficiente para que lo fantástico se asiente como una tradición, más bien al contrario, solo sirvió solo para la canonización del propio Loayza (no de lo fantástico) dentro de los sectores culturales sanisidrinos, o aspirantes a serlo. Además, Loayza cambió en libros posteriores a un registro más serio, digamos.

Otro autor rompedor que quizás mejor englobe varios de los tópicos de la tradición fantástica sea José B. Adolph desde 1968 con El retorno de Aladino. Pero tenía varios inconvenientes: no había nacido en Perú (llegó al Perú a los cinco años), por lo tanto, no podía cantar “esta es mi tierra, así es mi Perú”, y, de otro lado, fue funcionario público durante la dictadura del generalote Juan Velasco Alvarado. Aunque hubo varios intelectuales y escritores que hicieron lo mismo, Adolph nunca negó su participación en el régimen, y ya en democracia, se volvió más escéptico y pesimista de lo que ya era frente al futuro político. Y al haber sido parte de ese gobierno, esto le ganó varios enemigos (aunque Adolph distanció su obra de su función pública: siempre fue crítico y corrosivo). Mañana, las ratas (1984) debió de convertirse en un best seller y en lectura obligatoria en las escuelas, pero en el país nadie lee.

Y si quedan dudas sobre momentos estelares, tenemos a Escuchando tras la puerta (1975) de Harry Belevan, otro libro rompedor de la tradición realista que también pasó por los anaqueles como libro de autor extranjero, junto a La piedra en el agua (1977). ¿Cuál podría ser la objeción?: No vivir en el Perú, por su función diplomática. Lo mismo pasó con la obra de Luis Freire Sarria o la de Carlos Calderón Fajardo, clásicos con derecho propio, que aún viviendo en el país, fueron vistos acaso como excentricidades o eventualidades. Pero, además, en el Perú ¿Quién lee?

Llegados los ochenta, llegó también la violencia, que se había alimentado durante años con esa misma retórica delirante que los de izquierda desbordaron en sus radicales discursos durante los velasquistas años 70. Lo fantástico se recluyó ligeramente, aunque siempre estuvo allí.

Pero en los 90, para ser más exacto, en 1997, Enrique Prochazka, un autor que pertenece a la década de los 80 publica su primer libro Un único desierto. Y la crítica nuevamente vuelve a ser unánime como con Loayza, cuarenta años atrás. Se le compara con Borges (que ahora sí ya es canónico a nivel continental y global), pero hay un problema: imitar a Borges es malo en una tradición asumida como “realista” desde siempre e inamovible, eso desde el trabajo de Alberto Escobar, quien agradecía que la influencia de Kafka en la literatura peruana era “por fortuna”, pasajera. Menos mal. Aunque Prochazka se parece a Borges, es porque tiene sus mismas referencias cultistas, no porque pretenda copiarlo. Sería un absurdo querer ser Borges cuando existe Borges.

Y a partir de ese lejano 1997 solo hemos tenido permanentes momentos estelares: La fabulosa máquina del sueño en 1999 de José Donayre, Año sabático de José Güich en el 2000, El llanto en las tinieblas en 2002 de Sandro Bossio, Ajuar funerario de Iwasaki en 2004, publicado en España, lo que lo convierte en un expatriado, El inventario de las naves en 2005 de Alexis Iparraguirre, El círculo Blum de 2007 de Lucho Zúñiga, Siete paseos por la niebla de Yeniva Fernández y Teztimonio de Luis Apolín, ambos en 2015, El regalo de las estrellas de Daniel Salvo y Los perseguidores de Pablo Ignacio Chacón, ambos en 2022, Bosque de arces de Jorge Casilla en 2023, Esotéricos registros en 2024 de Victoria Vargas Peraltilla, los  tres “cofrecillos” (2021-2025) de Salvador Luis, Criaturas virales de Dany Salvatierra y Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura de Gianni Biffi, de 2025; además de la obra de Alejandro Neyra, Daniel Collazos, Miguel Ángel Vallejo Sameshima, Raúl Quiroz, Carlos E. Freyre…, todos ellos son momentos estelares, pero ya son un “periódico de ayer” como reza la canción, porque a la “industria” le interesa más lo que vendrá, el porvenir. Interesa más vender lo nuevo, no importa si la historia trata sobre un divorcio familiar (la gran tragedia de la clase alta) o acerca de la muerte de una mascota (la segunda gran tragedia de la clase alta), está impreso y es literatura. Pero ¿Lo es?

¿Y quienes son esas multitudes de lectores que leen estas historias? ¿Las que frecuentan San Isidro o Miraflores? ¿Dónde está la academia que gusta de mirar solo el pasado? Porque a los críticos de los periódicos tampoco nadie los lee, salvo cuatro gatos.

Pero volvamos, a lo estelar. Ese realismo burgués “limeño” practicado hoy por los círculos de poder está muerto. Fue desbordado hace buen tiempo por lo fantástico en cantidad, y sobre todo, en calidad.

Y tampoco encontraremos realmente un debate permanente como en el campo argentino (el último “debate” entre andinos y criollos de 2005 fue un desfile de puro resentimiento y racismo, liderado por las viejas glorias de los recalcitrantes años 60), porque hoy como decía González Prada, todos prefieren hablar “a media voz”. De lo que se trata es de no incomodar a nadie, y mucho menos hablar de política. Por fortuna, acá ya nadie lee. Aún así solo queda escribir (a la contra).

 

II

El aparato académico-crítico ha sido incapaz de incorporar la serie contemporánea dentro de ese gran relato llamado literatura peruana (digamos, de los últimos 60 años, el último es el premio Nobel, y a veces, se le agrega a Miguel Gutiérrez, y paren de contar). Se quedó en los modelos de la novela realista soviética del siglo XIX; o la novela “total” del boom sesentero. Algún delirante reclama una nueva Guerra y Paz 2.0, como si la guerra en sí no fuese lo suficientemente obscena como para seguir haciendo una apología (solo hay drama en la guerra, dicen); o una nueva Conversación en la Catedral. Porque la novela, cuanto más gruesa, es más atractiva a los ojos, cuanto más “realista” más valiosa (nunca entendieron que eso que llaman “realismo” era solo otra forma de contar con sus propias reglas y códigos de verosimilitud). Y sobre todo, cuanto más “política”, más profunda y seria. ¡Viva el Perú!

El realismo limeño que ganó prestigio dentro del boom con las novelas del futuro premio Nobel, se fue reciclando en dos líneas: los eternos imitadores, clones, ecos, epígonos que hasta el día de hoy siguen ese camino y son mainstream, acaparando todos los reflectores, en un claro circulo vicioso, cada vez más agónico (unos podrían reclamar un linaje literario; otros sin linaje viven aún en sus traumas de clase popular y hacen catarsis; también están los escritores que revisten lo light de una tragedia griega, y solo unos pocos tienen verdadero talento). Y la otra línea, enfocada desde lo temático: el realismo en sí. Así pasamos del realismo urbano de los 50 y 60, a la nostalgia por el bien perdido de Bryce en los 70 (algunos ilusos del velasquismo lo entendieron como una crítica a ese grupo social). Y llegados los 80 todo fue violencia política: lo que no representase la violencia no era digno de ser tomado en cuenta por los críticos. Y en el nuevo milenio el ciclo de la violencia política siguió extendiendo sus tentáculos como las formas más prestigiosas locales, premiadas, exportables a ferias internacionales del libro. Cuanta más sangre, mejor. Luego vinieron las “novelas históricas” como sucedáneo de la “violencia política” (que suelen ser premiadas en los concursos de novela, con jurados hieráticos), y recientemente la “novela criminal” (en su más basta acepción). Esas son las formas aceptadas que la industria (que acaso ha coactado los pocos espacios de difusión convencional y rancia) apoya y sostiene. Todo lo demás no es digno de interés. Si algún iluso quiere ganar prestigio (¿de eso se trata de literatura?) que pruebe con una novela histórica, con una novela criminal, o recicle el ciclo de la violencia política en clave ultrarrealista. Quizás tenga fortuna crítica, o quizás no. Tampoco es seguro. Aunque el aro, la argolla conjurada en su caverna, ya está cerrada.

 

III

¿Momentos estelares? Claro que hubo momentos estelares, y seguirán ocurriendo, fuera de los reflectores, con cierta vergüenza, o “a media voz”. Recibirán, en el mejor de los casos, una palmadita en la espalda, y luego, “a otra cosa, mariposa”.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


jueves, 12 de febrero de 2026

José Donayre. En la garganta del diablo. Lima: Maquinaciones, 2026. 117 p.

 


José Donayre. En la garganta del diablo. Lima: Maquinaciones, 2026. 117 p.

 

En la garganta del diablo es el nuevo libro de José Donayre (1966). Por momentos, es un libro blasfemo, descreído e iconoclasta; en otros, se ajusta al relato de horror gótico, en el que el pasado es siempre amenazante; asimismo, el tono de leyenda sirve para envolver la verosimilitud de sus narraciones, ubicando sus acciones en un tiempo anterior al presente, en espacios lejanos no urbanos (en su mayoría), como la sierra, o incluso en la Europa de siglos atrás. Todo ello provoca un conjunto de textos eclécticos. También llama la atención sus cierres, que tienden hacia el final abierto y sin moraleja (a diferencia de los cuentos tradicionales). En los cuentos de Donayre el mal es gratuito, no hay razón que justifique su presencia: simplemente existe como existe el mundo desde hace siglos. También hay una recurrencia espacial por el subsuelo, lo que está debajo (muy gótico, por cierto), por lo cavernoso. Hay momentos de estética grotesca que remite a lo corporal y lo físico, pero que no se sobreexpone, sino que sugiere e inquieta.

Pero también hay cuentos urbanos, que no desentonan del conjunto, sino que extienden ese horror ancestral, eso imposible sin explicación, pero que inevitablemente ocurre. Son los casos de “La otra mano”, “La lengua de las sombras” (sobre un cuadro de Tilsa Tsuchiya, “Tristán e Isolda”), o el que da cierre al libro, “La garganta del diablo”, relatos en los que el lector, ya advertido desde el prólogo, sabe que va a ocurrir algo anómalo, aunque no sabe cómo. Así, si bien la tradición del gótico que va desde Clemente Palma a Stephen King, queda referida, el autor se las ingenia para incluir hálitos borgianos, como en “Entre los muros del tiempo”.

También hay otro eje temático que atraviesa varias narraciones: los hijos-monstruos. En el cine, el miedo a la deformidad física como producto del uso de píldoras  anticonceptivas viene alegorizada desde El bebé de Rosmery  (1968) de Polanski (aunque esta se inserta de modo explícito en lo demoníaco), y muchas otras narraciones que vinieron después (desde Eraserhead de Lynch a Alien de Scott, o The brood de Cronenberg), miedo que luego se extiende hacia la sobrepoblación (demasiados humanos en la tierra acabaran con todos los recursos), pero ¿cómo entender socialmente este nuevo miedo de hijos-monstruos en el s. XXI? Hoy, las nuevas generaciones son más asexuadas, furry, con identidades fluidas, asumen identidades de “cosas”, “objetos”. Entonces, este miedo donayreano no parece ser miedo al simple embarazo de la mujer de nacimiento (a estas alturas hay que aclararlo), sino a “aquello” que vendrá después: “cosas”, “objetos”, “furries” encarnados, ya vivos, o los "therians". El presente es ya horrible y amorfo, y el futuro será mucho peor. Están avisados.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos