jueves, 23 de septiembre de 2021

Alexis Iparraguirre (edición) y Francisco Joaquin Marro (notas biográficas). Esta realidad no existe. Antología de ciencia ficción por escritores del Perú. Lima: Estruendomudo, 2021. 250 p. Diseño de portada de Celeste Vargas Hoshi

 

Alexis Iparraguirre (edición) y Francisco Joaquin Marro (notas biográficas). Esta realidad no existe. Antología de ciencia ficción por escritores del Perú. Lima: Estruendomudo, 2021. 250 p. Diseño de portada de Celeste Vargas Hoshi

 

             No es casual que en el marco de la edición conmemorativa de los 50 años de Un mundo para Julius (1970) de Alfredo Bryce Echenique (pospuesta por la pandemia), novela realista que refiere con nostalgia y sentimentalismo a la aristocracia limeña, la dupla de Alexis Iparraguirre (Lima, 1974) y Francisco Joaquín Marro (Lima, 1979) logren publicar esta antología de CF -lista desde el 2019, según se desprende de las fechas-, titulada Esta realidad no existe. Desde el sugerente título que alude más a la invisibilidad del género de CF en Perú y al carácter puramente ficcional que no debe de tomarse como documento sociológico (que al hecho de vivir en la “matrix” de las Wachowski, que sería políticamente más interesante), hay una propuesta de tipo generacional y de ruptura respecto de los cánones literarios establecidos por la tradición literaria.

            Desde las vanguardias históricas de la primera mitad del siglo XX, la búsqueda de lo original y de lo nuevo han estado presentes en el desarrollo del arte occidental. En el caso de la tradición literaria peruana, lo nuevo y lo original nunca fueron una condición imprescindible para ingresar a un canon (artificial). La modernización narrativa llegó a su culminación hacia la segunda mitad de los años 50 y desde ahí la historia literaria asumió un solo modelo narrativo dominante (el vargasllosiano), alineándose a lo que sería en los años 60, el “boom” latinoamericano (a diferencia de Cortázar, García Márquez o el propio Fuentes que han transitado por lo fantástico, aquí se impuso este único modelo). Más allá de ese punto de no retorno la narrativa peruana se mantuvo estable en sus códigos mimético-verosímiles, renovando ciclos narrativos temáticos (del indigenismo pasamos a la narrativa urbana, luego a la “violencia política”, el “realismo sucio” y recientemente a la denominada autoficción de la clase media-alta o “prosa pituca”, como le denomina Mark R. Cox). Para los críticos y académicos formados bajo el paradigma realista (triada Vallejo-Mariátegui-Arguedas), y a pesar de que contamos con notables exponentes del género desde Clemente Palma, lo fantástico en general nunca encontró un espacio visible (y aceptado) dentro del corpus.

            Es así que solo con la globalización, que ingresó al Perú en los años 80 como una avalancha, pero que tuvo su punto clave en la llegada progresiva de internet hacia segunda mitad de los años 90 del siglo pasado, es que ese esquema se rompe progresivamente. Aunque hay que reconocer que la dispersión fue la principal característica de ese momento de caos en el que los lectores (y futuros autores) tenían acceso a una información que con la perfección y rapidez del soporte virtual se ha vuelto hoy casi infinita. Podían leer textos digitales de autores -raros, extravagantes, desconocidos, “caletas”- de circulación restringida (que eran difíciles de conseguir en formato físico en Lima hasta fines de los 90). Vino luego la experiencia de formar parte de estrenos globales en simultáneo (el fenómeno Harry Potter de 2001 fue el primer batacazo, ampliado a través de su versión en el cine; en 2005 llegó Crepúsculo. Ambos fueron dos casos globales a inicios del siglo XXI). En cuanto a lo audiovisual en TV (mucho más masivo y barato que el cine regular) llegaron nuevas producciones en este siglo: Lost (2004-2010) -serie hoy ya casi olvidada, pero que gozó de popularidad en su momento-, luego vino The walking dead (2010-actualidad) y Games of Thrones (2011-2019), Black mirror (2011-2019). En el último lustro, las más populares fueron Stranger Things (2016-actual) y Dark (2017-2020), entre muchas otras más. Mientras estos productos globalizados de la industria del entretenimiento iban desplazando a la propia literatura “seria y grave” como fuente exclusiva de “inspiración” (habría que agregar la saga Star Wars, The lord of the rings, los productos de la factoría DC Comics y Marvel Comics; además todo lo referido a la influencia del anime y el manga japonés en la narrativa, fenómeno poco explorado aún); en el Perú del 2005 se produjo el último gran “debate” literario (me refiero a grande por los meses que duró antes que por sus ideas, bastante esquemáticas), pero que aludía principalmente a las generaciones anteriores, liderada por Miguel Gutiérrez (los andinos) y Fernando Ampuero y Alonso Cueto (los criollos), y unos cuantos pocos autores jóvenes (en ese momento) alineados al realismo. Pero era pues un debate que se arrastraba desde el siglo XX y que agonizaba ya para el nuevo milenio (no porque haya sido superado o resuelto el día de hoy -basta con ver las diversas reacciones de algunos escritores sobre la incorporación de autores de provincias para la Feria del Libro de Guadalajara- sino porque se produjo una fractura en las nuevas generaciones, en relación a la desideologización), ya que el campo cultural estaba mutando radicalmente hacia la globalidad apolítica. No era posible avizorar el cambio de registro hacia lo fantástico y la CF -que no implica borrar el realismo tradicional-, es decir, ampliar el espectro de posibilidades ficcionales.

            En este marco bastante complejo (ya que lo fantástico y la CF no son necesariamente escapistas de la realidad, o evasivos de esta), Esta realidad no existe intenta presentarse como una antología generacional, retomando el tono de los manifiestos de las vanguardias históricas (firmado por Iparraguirre). Sobre este texto titulado “Un prolífico y provocador futuro (a modo de manifiesto)”, me detendré un momento en algunas de sus afirmaciones. El autor sostiene que la tradición peruana es “machaconamente realista” (9), es decir, repetitiva y pesadamente realista, que intenta “explicar los problemas nacionales” sobre la base de “relatos de corte social y psicológico” (9). Frente a lo obsoleto o variantes imperfectas de esta narrativa es que se ofrece el libro como una verdadera “novedad”.  En este punto lo novedoso o lo nuevo es paradójico. Por un lado, tenemos hoy que la industria editorial local se interesa de modo casi exclusivo por los autores jóvenes -y cuanto más jóvenes, mejor aún- y que cuentan con el apoyo de los principales medios periodísticos escritos (digitales e impresos). Pero por otro, el sistema cultural quiere que esas nuevas voces se parezcan a lo ya conocido (el crítico Simon Reynolds acuña el término “retromanía” para aludir a la industria musical que fomenta la aparición de grupos de rock son un sonido “ochentero” o de revival). Si partimos de que el realismo vargallosiano es aún el modelo dominante a seguir en el s. XXI, la crítica valorará más estas nuevas “retromanías” realistas para el caso de la literatura (en el campo de la cultura de masas, igual fenómeno ocurre con las franquicias My name is -traducido como Yo soy- y The Voice, en el que niños, adultos y ancianos, buscan el éxito en base a parecerse a otros e incorporando un repertorio del pasado que pueda conectar con audiencias sentimentales). Así que la originalidad de lo nuevo en el presente, es valorada con ambigüedad.

            En alguna clase en San Marcos el maestro Carlos Eduardo Zavaleta retomó la distinción de Luis Alberto Sánchez acerca de la “literatura peruana” y “literatura del Perú”. La primera suponía la referencia a la realidad peruana (definir qué es el Perú es ya otro problema más complejo); en cambio, la segunda el Perú era más bien un tema, que podía ser producido por escritores no nacidos en el país. En aquel momento era impensable lo global, que permite que un escritor del Perú produzca un texto sin referencialidad al país. En esa vieja disyuntiva, esta antología supera la vieja dicotomía de Sánchez para proponer ficciones sin referencialidad (en la mayoría de casos) al Perú: son escritores del Perú, pero que no hablan del Perú. Conclusión: el Perú ha sido superado (o borrado).

            Siguiendo con el manifiesto, se adhiere a dos momentos claves en el desarrollo del género: a) el trabajo editor del norteamericano John W. Campbell en Astounding Science-Fiction y b) la obra pionera de José B Adolph, Mañana, las ratas (1984). Sobre esta última afirma que es la primera novela de CF que publicó en condiciones óptimas de circulación, editada por Mosca Azul, una editorial de prestigio, y distribuida en librerías de San Isidro y Miraflores. Hay que recordar que la novela Glasskan (1968) de José Estremadoyro, tuvo una segunda edición en 1971 por la editorial Peisa, fundada el 9 de diciembre de 1968 -casi un mes después del golpe militar de Velasco Alvarado. Más allá de la calidad o no de la novela, sin mayores datos es posible asumir que: a) la primera edición de Glasskan se agotó; b) el género de CF era popular como para que el libro sea reeditado; y c) los lectores no fueron probablemente los de San Isidro o Miraflores. Ello nos lleva a concluir que la popularidad (o masividad) del género no se funda en la publicación en una editorial de prestigio o su circulación en sectores medios-altos de Lima, como sostiene Iparraguirre, sino en los propios lectores (que siempre tienen la razón), independientemente de su condición socioeconómica o grado de instrucción. Ahora bien, añade que nada de lo anteriormente mencionado (edición y circulación) “favoreció su venta, su recepción o su consagración, la que nunca ocurrió” (12). Si bien fueron pocas las reseñas en prensa ubicadas sobre Mañana, las ratas (cfr. “El sujeto programado…”, Honores, 2008) estas fueron altamente favorables al libro, ubicándola con claridad como una novela de CF distópica. Lo que efectivamente no ocurrió, como afirma Iparraguirre, es su consagración en el ámbito académico. Crítica periodística y crítica académica siguen siendo hoy espacios irreconciliables. Para Iparraguirre, 40 años después “la élite letrada insiste en identificar a la ciencia ficción literaria como un cuerpo extraño, un desvío y hasta una afrenta a la tradición nacional” (13).

            Para el autor, los críticos y académicos eran (¿son?) una especie de “guardianes de la tradición” (14), pero ahora, con las facilidades que supone no solo la impresión y edición de textos, y las diversas plataformas de difusión (en el que la prensa sería solo una más de varias otras), estos agentes culturales no pueden controlar lo producido, ya que es superabundante. Iparraguirre define la escritura del libro como “local y global, nueva y antigua, rara y familiar, y multimediática y letrada, por todas las redes de las que proviene y que ella remezcla, y que la sustraen del bozal de las autoridades más vetustas” (14-15).

            El segundo texto introductorio firmado por Iparraguirre-Marro establece su vinculación con la antología de Harlan Ellison, poniendo énfasis en que tiene como objeto ofrecer un “panorama nuevo” de la CF peruana. Además de explicar el trabajo de edición y selección de autores y sus textos (que tiene su origen en las tertulias de los denominados como “fantastólogos”), se explica el porqué de las notas biográficas exentas de la sacralidad habitual, para ofrecer una aproximación más intima y familiar a los propios autores (una aproximación que curiosamente no se aplica a Iparraguirre y Marro, quienes sí mantienen la sacralidad habitual en sus propias notas biográficas; cfr. solapa interior), que resultan en este caso, valiosas para conocer la psicología y motivaciones del autor (aunque también hay datos sobre una alusión a una pelea entre escritores, que no sé si sea pertinente o relevante que el lector conozca).

            En cuanto a los 14 textos seleccionados, hay que señalar que como es habitual, todas están bien escritas y es posible confirmar el oficio en cada uno de ellos. Sin embargo, hay seis autores que destacan del grupo. Hay dos que se alejan en sentido estricto del realismo tradicional o convencional, y lo logran a partir de los mundos representados: Claudia Salazar Jímenez y Jeremy Torres-Montero. Luego tenemos el delirio humorístico y grotesco de Julio Meza Díaz, las microficciones de Germán Atoche Intili (tan pocas que suponen un desbalance respecto del grupo), el relato en clave médico-apocalíptica de Carlos Vera Scamarone y la perfección borgiana de Gonzalo Málaga, cuyo cuento fantástico roza la CF. Tanto Salazar como Torres-Montero logran crear universos autónomos originales que se alejan del “grado cero” del realismo habitual (este distanciamiento radical en la CF puede encontrarse en algunos textos de otros autores en las últimas antologías del género como Noticias del futuro de 2019, Universos en expansión de 2018 y Se vende marcianos de 2015).

            En el texto de Salazar una inteligencia artificial con forma humana crea un centro de fertilidad y reproducción -en el que la figura masculina no será ya necesaria-, una idea que se alinea parcialmente a la actual agenda feminista. La fantasía de esta IA es reducir los impulsos humanos y sexuales de los nuevos nacidos al mínimo, y que toda reproducción humana pase por su corporación. Es curioso, ya que se trata de crear un imperio, en el fondo totalitario, que tendrá una alta rentabilidad y poder; y que mantiene las diferencias entre clases sociales, ya que las mujeres que no desean someter su cuerpo a un embarazo natural deberán de pagar, ya que el programa solo es accesible a las que sí pueden. Así que el título del cuento “Cyber-proletaria”, y sobre todo la autopercepción de la IA como tal (más allá de la alusión a Roma), es bastante engañoso.

            En el caso de Torres-Montero, se trata de mezclar géneros. Es una especie de western-CF (al igual que Jorge Casilla quien propone un cuento policial-CF). “El lugar en donde la nieve no se va” construye imágenes de un mundo postapocalíptico, con referencias disímiles a Star Wars, Mad Max y el anime japonés, en el que existen clanes enfrentados, mutantes, y un secreto que permite mantener el control (y poder) dentro de la ciudad en ruinas.

            Julio Meza Diaz en “Como un mono” presenta, en un ambiente burocrático ribeyriano, una posible regresión de la especie humana, un darwinismo invertido gracias al noble rol de la racionalidad científica que permitirá en el futuro, que el ser humano se alimente por el culo, gracias a un supositorio alimenticio, pero que a su vez provocan cambios físicos irreversibles y excesivos. En los 4 microrrelatos de German Atoche hay zombis, estados totalitarios, clones y lavados de cerebro, temas que llevan la CF hacia lo político y lo existencial.

            Carlos Vera Scamarone en “Donahue” narra la irrupción de una extraña pandemia provocada por la intensidad de los rayos gamma que convierte a los humanos en “azules” (una variante posible de zombis). Los personajes principales están en el manicomio (lo que de la un sentido más dramático y teatral) y tras la violencia que se extiende en la ciudad logran escapar hacia El frontón. Vera, a través de la carnavalización, logra invertir los roles y hacer cuerdos y humanos a los “pacientes” e inhumanos a los propios médicos, en un cuento bastante alegórico.

            “Volver” de Gonzalo Málaga es un cuento acerca de espacios que conducen a otras dimensiones, mundos posibles o multiversos (que no se explica del todo, aunque tampoco es necesario), y que mantiene en vilo al lector, y que podría ser perfectamente un capítulo perdido de la serie de culto The Twilight Zone de Rod Serling. Un texto brillante con un final más que inquietante.

            En suma, Esta realidad no existe es una buena antología de CF que grafica el excelente momento de lo fantástico en general y de la CF en particular, aunque sabemos que para los “guardianes de la tradición” nada perdurará para siempre (solo el realismo), o porque quizás, salvo el realismo, todo es ilusión.

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

lunes, 20 de septiembre de 2021

Hans Rothgiesser. Zomos Zombis. Cartografía de una infección a escala nacional. Lima: Altazor, 2020. 238 p.

 

Hans Rothgiesser. Zomos Zombis. Cartografía de una infección a escala nacional. Lima: Altazor, 2020.  238 p. Ilustración de portada: Stalin Alva

            El escritor Hans Rothgiesser (Lima, 1975) es el compilador de este nuevo libro de zombis peruanos. La figura de este monstruo contemporáneo fue cobrando mayor presencia en los narradores de su generación, nacidos desde los años 70, como fecha aproximativa. Es claro que Rothgiesser ha sido uno de los principales impulsores de esta tendencia con una obra en la que el zombi es constante, con una trilogía iniciada con Requiem por Lima publicada en 2014. En esa línea hay que agregar que desde el año 2009 pueden ubicarse referencias al zombi como el proyecto Valhalla (en el que participó el propio Rothgiesser) y la novela de Rafael E. González-Otoya. Asimismo, se publicaron luego algunas novelas como las de Gonzalo del Rosario, Charles Huamaní o Luis Apolin, además de algunos cuentos en antologías (cfr. Honores, La división del laberinto, 2017, p. 121-140). La popularidad global del zombi encontró su punto de auge en la serie The Walking Dead estrenada en 2010 y basada en el popular comic de Kirkman.

            La compilación incluye 26 cuentos (uno por cada departamento del país, más la base en la Antártida) más una breve nota introductoria y notas biográficas al final -en todo lúdico- acerca de cómo fueron “capturados” los autores-zombis del libro. Se trata de un esfuerzo no solo editorial sino además creativo, ya que como se ha vuelto habitual, muchas de las compilaciones y antologías el día de hoy son de escritura por encargo, es decir, no son textos escritos previamente con libertad y publicados (o incluso inéditos), sino a pedido. Sin duda, este tipo de publicaciones tienen sus riesgos: que todos los cuentos no sean excelentes; más aún porque el compilador nunca tendrá control total sobre lo producido, a menos que realice la función de editor.

            Es claro que todos los autores del libro tienen oficio en la escritura, pero hay líneas reiterativas sobre el zombi que quisiera comentar. Desde la breve introducción, el compilador sostiene algunas ideas para el diálogo. Sostiene que “una de las razones por las cuales el género del terror producido en el Perú no está tan divulgado, es porque hay pocas iniciativas de colaboración entre los que están produciendo terror” (9). En este punto (y siguiendo a Juan Acha) hay que proponer un matiz: el sistema literario supone tres cosas: producción, distribución y consumo. Hace unas décadas se afirmaba de manera gratuita que no existía lo fantástico porque no había escritores que transitara por estos géneros (terror, horror, CF). El día de hoy es claro que lo fantástico es lo dominante, hay muchos autores en Lima y en regiones que escriben y publican. Primera conclusión: hay escritores de literatura fantástica en todo el Perú. Incluso podemos agregar que el despunte de lo fantástico se grafica en las editoriales especializadas como Pandemonium, Cthulhu, Torre de Papel, Pez del abismo y todas las editoriales independientes -como Altazor,  Animal de invierno, Maquinaciones, Campo Letrado, Estruendomudo, entre otras- que sin excepción tienen en sus catálogos títulos vinculados a lo fantástico.

            Sobre el segundo punto (la distribución) es claro que no existen aún canales adecuados, la librería limeña sigue siendo un espacio rígido que solo da cabida y visibilidad a la producción extranjera, marginando a los autores locales, con excepción de aquellos que publican en Penguin Random House o Planeta (aunque esto tampoco es garantía para el éxito de un libro, ya que se ha visto que buenos libros publicados en estas transnacionales terminan en los saldos o remates meses después de la publicación). Segunda conclusión: solo la producción foránea se hace visibles para el lector “distraído”.

            En cuanto al consumo, es asunto es más complejo porque supone determinar los hábitos de lectura tanto del público en general como del especializado (dividido a su vez en la periodística y la académica). En líneas generales, así como se afirmaba de modo gratuito que no existía literatura fantástica en Perú; también se repite hoy que no existe crítica literaria en general. Y es que la crítica es un ejercicio permanente cuyo interés es lo contemporáneo. Supone dos cosas fundamentales: una práctica permanente y regular en algún espacio físico (impreso) o virtual, y el tratamiento de lo actual. La crítica entendida como la emisión de un juicio de valor a partir del gusto podemos encontrarla hoy en los booktubers o en plataformas video-digitales de literatura, podcast, o blogs.  Es decir, existe. Que esta sea diferente a la del siglo XX, o que no sean necesariamente “especialistas”, sino lectores que comparten sus experiencias de lectura con otros como ellos, es otro tema. También tenemos la crítica periodística, que en muchos casos ofrecen sinopsis, todo con el fin de que los libros se compren; previamente los libros deben de estar disponibles en librerías porque sino, no tendría sentido promocionar un libro que nadie va a poder conseguir (ver el círculo vicioso del segundo punto). De otro lado, hace buen tiempo pienso que ser comentado o reseñado de modo positivo tenga necesariamente alguna implicancia inmediata en el consumo. Y en cuanto a la crítica académica, hace años que ha sido desplazada en su poder por la periodística y el marketing (un poder bastante falaz por cierto) o ha desaparecido, o mejor dicho, sigue en su propio gueto, sin salir de los muros de sus claustros.  No todos los autores llegan en vida, a gozar de la “fortuna crítica” académica en su momento (el caso de Adolph es sintomático). Nuestro sistema es el “boca a boca”: somos aún orales. Tercera conclusión: los lectores no hacen caso a la crítica académica a la hora de comprar un libro, pero puede ser seducida por la periodística (no estamos hablando de sus valores estéticos implícitos en el texto, sino de su consumo y recepción).

            Luego de esta digresión y volviendo a la premisa de la introducción, la colaboración de los autores no es la solución para la divulgación del terror (y de lo fantástico en general). La divulgación se da a través de la distribución y circulación (hay que agregar el rol de las Ferias de Libro, que bien organizadas pueden ayudar a visibilizar esta narrativa), no en la producción. La segunda premisa es que el libro contiene los cuentos de “varios de los mejores escritores peruanos del género que han explorado el monstruo zombi en algún momento” (9). Esta afirmación supone dos cosas: a) que los autores incluidos tienen trabajos anteriores sobre el zombi; y b) que hay como mínimo 26 buenos autores (número bastante alto para un corpus de autores mucho más amplio, que con facilidad supera los cien).

            Para lograr que sea el mismo universo ficcional compartido, se pidió a los autores que trabajen a los zombis clásicos, con características comunes: “lentitud, falta de pensamiento, contagio a un ser viviente a través de la mordedura, y que solo coman carne de ser humano vivo” (9). Estas premisas se ajustan al primer modelo romeriano del zombi. Concluye con otra idea de coyuntura: considera que el Perú manejó del peor modo la pandemia del covid-19, y añade que “Y le podemos echar la culpa de eso al capitalismo, a la pobre gestión pública, al presidente o a algún gremio empresarial. La verdad de fondo es que la culpa es nuestra y nada más que nuestra” (10, énfasis mío). Ese “nosotros” es bastante engañoso porque nos hace culpables directos de que el sistema funcione mal (tampoco sé si hay alguna connotación religiosa sobre la culpa y el pecado). Pero puede referirse también a que somos culpables porque elegimos mal a nuestros gobernantes y autoridades, entonces el autor se inclinaría por una reforma del sistema democrático, entendido como el mejor de los mundos posibles, ya que el capitalismo funcionaría bien.

            En cuanto a los textos seleccionados hay tres situaciones de acción recurrentes que pueden sintetizarse en este esquema: 1) amenaza zombi; 2) enfrentamiento (muerte); 3) escape (¿?). En líneas generales la estética del videojuego (en el que solo se sabe matar) se mantiene aunque ha menguado considerablemente y se ha reemplazado por referencias turísticas y gastronómicas de algunas zonas, como un modo de graficar el espacio regional. El cronotopo frecuente es la sobrevivencia, pero no del colectivo sino del sujeto solitario e individual (esto no es otra cosa que un efecto directo del capitalismo). Son cuentos de acción (con imágenes sobre lo físico, en algunos casos bastante descriptiva) antes que de reflexión, en el que está ausente el conflicto dramático. La principal perspectiva o punto de vista es la de los humanos. Si bien la premisa de Rothgiesser era el zombi clásico que no piensa, hay algunos que ofrecen la perspectiva del zombi (como en los cuentos de Gonzalo Del Rosario o el de Rubén Mesias); pero no hay ninguna del ejército, la comunidad científica o del Estado en general, que deberían de hacerse cargo (como si estas instituciones se hubieran quebrado o disuelto tras la pandemia zombi). En la narrativa popular lo más interesante es el subtexto, pero en muchos casos ello está ausente por privilegiar más la acción.

            De los cuentos incluidos hay cinco que sobresalen del grupo: dos vinculados al entorno de la familia en crisis (Luis Apolin y Marco Antonio Yauri); uno con ecos lovecraftinianos (Liliana Flores), otro de resonancias filosóficas (Luis Arbaiza); y otro de estética gore y homoerótica (Carlos Carrillo). Apolín aprovecha la idea del espacio cerrado para referir la pérdida de lo ético entre los propios humanos que llegan al paroxismo de la violencia a través de la venganza; Yauri también usa el espacio cerrado, pero en este caso se trata del propio sacrificio que realiza la madre como último acto humano antes de convertirse en zombi. En el caso de Flores aprovecha muy bien las referencias prehispánicas y la arqueología para articular un relato que funciona muy bien con la temática zombi. El texto de Arbaiza encubre bajo el diálogo filosófico (intercalado en algunos momentos) una realidad sobre Lima y sus ciudadanos, en una clave política y dialéctica muy potente. Carrillo, autor de culto, nos lleva a escenarios impensados desde la regularidad y ofrece imágenes gore no aptas para todo el publico (sobre todo para aquellos que toman la ficción como sinónimo de la realidad) y transgreden lo ético y lo humano es un escenario apocalíptico. Textos complejos que exigen un mayor análisis.

            El humor está casi ausente (excepto en Del Rosario, Dammert, Neyra -o el propio Carrillo, que puede leerse en esa clave-). En general los cuentos están escritos con corrección. Tampoco hay muchas alusiones a la tecnología. La estructura mental de los personajes se ubica en un espacio-tiempo sin internet ni redes, ni TV. En suma, Zomos Zombis. Cartografía de una infección a escala nacional ofrece un derrotero sobre este monstruo global en un país en ruinas, con nula (o casi) tecnología, ciencia e incluso fuerza militar-policial, sin comunidad científica. Lo único que importa es no morir.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

domingo, 25 de julio de 2021

Reflexiones a propósito de un manuscrito

 

Reflexiones a propósito de un manuscrito

 

https://larepublica.pe/cultural/1318692-universos-expansion-jose-guich/

 

Hace ya casi una década en un trabajo del año 2011 proponía dos líneas que en ese momento despuntaban dentro de la novela fantástica y de CF peruana: la “fantasía atemporal” (vinculada al fantasy y a modelos de la cultura de masas como Star Wars, el cine, el anime japonés); y otra nominada como el “neohistoricismo fantástico”, aludiendo a la reconstrucción histórica para reflexionar sobre el presente, en el que se mezclaba tanto el referente histórico como lo fantástico. Autores como Fernando Iwasaki, Carlos Herrera, José Güich, Sandro Bossio, junto a figuras de otras generaciones anteriores como Nilo Espinoza Haro, Luis Enrique Tord, Lucho Freire o José Antonio Bravo, entre otros eran exponentes de esta tendencia.

Guardando las distancias, ese mismo año, Elsa Drucaroff, en el libro Los prisioneros de la torre (2011), establecía la ruta de lectura para la denominada Nueva narrativa argentina (NNA) para aludir a la producción de la generación de la postdictadura, autores que nacieron después de 1960 y que empiezan a publicar hacia los años 90. Mientras que la noción de generación de postdictadura pone mayor énfasis en el trauma “de un pasado negado y doloroso” (17).

Si trazamos un paralelo, nuestro trauma no sería tanto la Junta Militar (1968-1980) sobre la que se ha publicado algunas novelas, sino el ciclo la violencia política (1980-2000). Es decir, todo lo publicado en el siglo XXI sería pues la nueva narrativa peruana (NNP) asumiendo que la generación de la postviolencia discurre -en su gran mayoría- en un discurso fantástico o de CF, pero sin referencialidad directa o indirecta al conflicto (¿acaso no hubo trauma? ¿o hay un proceso más bien de evasión de la historia reciente?) Esto es apenas un esbozo.

Pero ¿Dónde estaría lo nuevo? ¿En los nombres que antes no aparecían y que surgen cada dos o tres años según el gusto del antologador? ¿O en el tratamiento novedoso de una realidad compleja como la nuestra? ¿Se trata de una estrategia de marketing -como sostiene Hernaiz (cit. por Drucaroff)- o realmente asistimos a un cambio en el registro del autor, de su sensibilidad, de su punto de vista? ¿O son simplemente escritores globales que buscan insertarse en una corriente de narrativa transnacional?

Desde hace ya varios años es claro que es posible hablar de un desborde de lo fantástico (tanto en Lima como en regiones), un fenómeno que aún no es atendido en su totalidad desde el ámbito universitario, y menos aún en la crítica local. A diferencia del caso argentino, en el que percibo una mayor cohesión entre nuevos autores y un aparato teórico-crítico universitario, es decir, una renovación de la crítica literaria -y sus agentes- que acompaña el devenir de los nuevos narradores (independiente de la edad), acá la tendencia es seguir creyendo que -sin negar sus aportes- la obra de Mario Vargas Llosa es la literatura peruana contemporánea.

Este manuscrito de José Güich (Lima, 1963) -titulado “Sepan cuantos”- que esperemos vea la luz pronto, se inserta dentro de la línea mencionada líneas arriba: el neohistoricismo fantástico. Y lo hace dentro del marco del Bicentenario (en esta línea hay diversas antologías publicadas en 2021, cuyos contenidos proponen un ejercicio revisionista de la historia del Perú, aunque intuyo más en clave lúdica -antes que política-). Si algo es característico del fantástico en Latinoamérica es el factor político. Aquí, sin embargo, lo político ha sido excluido no solo del debate (que no existe), si no que es más un elemento prohibido, vedado, que provoca repulsión o rechazo en la NNP -salvo excepciones. La inscripción en lo político -per se- tampoco hace notable un texto de ficción o lo valida dentro de la institución literaria, pero no deja de ser sintomático este alejamiento de lo político y la historia en la NNP.

Este manuscrito güicheano parte de un componente ucrónico: la figura de Bernardo Próspero Ortiz y Bustamante, un apócrifo protector del país que funge de presidente luego de la independencia en 1821. Este personaje que tiene claro su programa republicano -alejado del modelo hispano-, además de poseer conocimientos científicos, que lo emparientan con Víctor Frankenstein (incluso logrará revivir a la esposa muerta por unos segundos a través de experimentos al modo de su modelo inglés), sirve al narrador para presentar los diversos discursos que cohabitan en este espacio-tiempo: desde el discurso ilustrado racional-científico, pasando por el romántico pasional, el anti-hispanista, y obviamente el pro-hispano, aunque siempre en las sombras o referenciado de modo indirecto. Los españoles que aún se mantienen en ese Perú son apenas un grupo de bandoleros, o de traidores a la causa como María de los Ángeles Velasco, a quien Ortiz usará todo su paroxismo verbal contra ella cuando es capturada.

Ese Perú post-republicano está marcado por el dialogo cortesano. Parece que la acción narrativa no avanza, pero es en apariencia, ya que sirve para dar luces acerca de la psicología de los personajes y sus motivaciones. A estas escenas de corte, se suma el revisionismo histórico y las escenas escatológicas (un discurso acerca de lo excrementicio y la política, es lo mejor de la novela, muy potente en términos metafóricos), así como una extraña expedición romántica a un paraje (en la línea de los relatos de expedición y de aventuras, con ciertos toques a lo Rod Serling) habitada por “humanos honorarios” (robots) que habitan esa misteriosa isla. Pero la novela sugiere más de lo que refiere.

En un momento clave de la novela se afirma que “los peruanos no se hallaban preparados para nada relacionado con el orden, la paz y el triunfo de la razón que ellos encarnaban. Era un país hostil; una tierra de violentos, corruptos y ambiciosos, incapaces de no hacer otra cosa que fragmentarse en mil facciones, pelear y esquilmarse entre ellos todo el tiempo, y, luego, que todo el peso de sus bajezas recayera en el pueblo” (156). ¿Cuánto de actualidad tiene esta locución ficticia ubicada en la naciente República? ¿Somos ahora una República? Como en otras ucronías güicheanas, el autor apela no al éxito sino al fracaso (muy ribeyriano, por cierto), en el sentido de que el apócrifo protector será olvidado y borrado de las páginas de la historia oficial. Un final bastante lógico, ya que en el Perú los malos terminan por imponer su poder sobre los buenos, que se pierden sobre la bruma y la niebla, entre el anonimato y los reflectores apagados.

Que este no sea el caso de José Güich, así como el de otros notables narradores de su generación, que por no ser jóvenes de edad, se les cierre las puertas del parnaso de la NNP.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos