miércoles, 1 de julio de 2026

Harry Belevan. Prosas. Lima: Universidad Ricardo Palma, 2025. T. I y II

 


Harry Belevan. Prosas. Lima: Universidad Ricardo Palma, 2025. T. I y II

              En un panorama literario sobrepoblado de ofertas (todos publican libros, de toda temática, mayormente en editoriales independientes o autoedición, en Lima y en regiones; desde niños a jóvenes, adultos; con mucha o nula formación literaria, o aspiraciones artísticas), los libros realmente imprescindibles corren el riesgo de perderse entre esta bruma de publicaciones que sobrepasa a cualquier lector. Todos demandan lectores, atención, un tiempo, en suma, reconocimiento (¿o fama? ¿o ventas?). Y si pensamos que el mercado se interesa siempre por la novedad, lo último (o penúltimo, según Basadre), nuestros autores clásicos pueden pasar a un segundo plano.

              Esperemos que este no sea el caso de Harry Belevan (Lima, 1945), quien desde hace cincuenta años viene publicando libros claves dentro de la narrativa fantástica, y es referente obligado para las generaciones posteriores de los años 80 y siguientes, no solo en el ámbito local, sino latinoamericano y global. La Universidad Ricardo Palma ha tenido la excelente iniciativa de reunir toda su obra. Lo hizo anteriormente en 2022 con sus ensayos y crónicas titulado Textos (en dos volúmenes), y ahora vuelve a entregarnos Prosas, impreso en diciembre de 2025, pero que aún no ha sido presentado oficialmente en lo que va del año.

              Prosas no es solo una reunión de su obra narrativa o de ficción, sino, una selección del propio Belevan de lo ya publicado en medio siglo. Es decir, el autor decide elegir aquellas prosas con las que aún se identifica, y por lo tanto, le atribuye un peso singular al revisar su propia producción. Así, Prosas, no es solo una reunión, sino, un ejercicio de curaduría del propio autor. El primer tomo incluye los relatos breves, agrupados en secciones que retitulan sus clásicos: “Un incidente fatal y otros cuentos” agrupa textos originales de Escuchando tras la puerta y Fuegos artificiales, más alguno nuevo; “El retrato de Dora Gris y otros cuentos de bolsillo”, sus piezas cercanas al cuento breve y la minificción; “Sucedió en navidad y otros cuentos juveniles” parte de El titiritero que pasó al olvido; y cierra con dos piezas teatrales: Una diversión nocturna y nada más, y ¿Hoy es 8 o 9? El volumen dos incluye su novela Una muerte sin medida retitulada como Instrucciones para un asesinato (una historia que alude a la toma de la Embajada de Japón por parte del grupo terrorista del MRTA, y que entremezcla erotismo, política y ficción), y el clásico metatextual La piedra en el agua. También viene acompañado de un acertado prólogo de José Güich, otro referente clave de la generación inmediata, y un epílogo del propio Belevan, que esperamos no sea el cierre o reflexión final del maestro, sino la puerta que permite entrever una nueva producción suya.

Sin duda, la obra de Belevan amerita mayores estudios. Por ahora me detendré en lo nuevo, o relativamente reciente de sus “prosas”. “Un incidente fatal” es un cuento de tipo cortazariano que narra el encuentro fortuito con una mujer desconocida, quien despierta el interés erótico en el personaje. Lo singular es la presencia de la misteriosa mujer adherida a una prenda, cuyo olor no puede dejar de olvidar y se convierte en algo obsesivo, al punto de llevar al personaje central a un rito erótico mortal. Es decir, es el objeto (la prenda) la que contiene a esa presencia femenina subyugante. El aparente suicidio (el hombre ha quedado estrangulado por la prenda) viene a confirmar esa ambigüedad de lo fantástico en la que se mueve el autor en esta sección. Pero, lo más importante está en la insistencia ficcional del sentido del olfato, del olor, tan desprestigiado en relación a la vista o el oído, sentidos mucho más racionales o cerebrales. Hay más instinto en el cuento de lo que se muestra, que conecta con otro tipo de fantasías, menos exploradas en sus primeros libros, como lo popular.

Así, en “Sucedió en navidad” el ambiente festivo, con la recurrente imagen del regalo se trastoca en milagro, cuando un grupo de niños de un barrio popular reciben regalos del propio Papa Noel. Si bien el relato es tierno y se ajusta a las convenciones de este tipo de narraciones, el uso de la jerga callejera infantil permite atisbar un registro poco explorado por Belevan en sus primeras entregas. Y demás está decir, que en la propia figura de Papa Noel hay también cierta ambigüedad, dado que no hay certeza absoluta de su existencia real. En “Diagnóstico reservado” nuevamente el lenguaje es el centro, dado que cuenta la historia de un rígido profesor de medicina, de jerga muy especializada, que en sus clases se considera superior a los futuros médicos, exigiéndoles la terminología usada por él, y no sus equivalentes (que también son otra jerga). El giro se produce cuando inexplicablemente el profesor comienza a reducirse de tamaño (al modo de El hombre menguante de Matheson), descubriendo que al final, su jerga no servía para nada, ni para explicar su situación, ni para ofrecer un diagnóstico acertado, de allí el título del cuento. Pero más allá de la situación fantástica, Belevan pone en discusión el propio lenguaje como generador de lo fantástico, cuando el interlocutor apenas puede entrever el significado de las palabras, volviéndolas más oscuras, o crípticas, para explicar acaso situaciones que podrían ser referidas con términos más sencillo o de uso común. Es decir, el lenguaje en sí mismo ya tiene una potencia de fantasticidad.

En cuanto a las piezas teatrales, asistimos a un registro policial, ya explorado en La piedra en el agua. Es el caso de Una diversión nocturna y nada más, en el que un misterio criminal da pie para la irrupción de lo popular y del humor (otro aspecto que si bien no es nuevo en Belevan, se enfatiza aún más). La confusión de escenarios y situaciones da pie a una pieza claramente barroca, que recoge la situación de enredos y la ambigüedad entre realidad e ilusión (confusa). Los diversos puntos de vista del aparente crimen que se busca aclarar remiten también tanto al clásico Rashomon (1950) de Akira Kurosawa, como a Ghost Story (1981) de John Irvin, basada en el libro de Peter Straub, aunque esta última es narrada en clave de terror. En cuanto a ¿Hoy es 8 o 9? , es clara su filiación con el teatro del absurdo, lo metatextual, la clara conciencia de lo teatral, en el que el lenguaje en sí es el centro de la trama (en el que las palabras son deconstruidas), así como su ambigüedad, que hace regresar a Belevan por los caminos de lo fantástico.

              Prosas es una reunión antológica imprescindible para los lectores de literatura, que en Lima cada vez son menos, y que reúne las prosas de uno de nuestros autores más contemporáneos, en el que el lenguaje, el ingenio, los juegos de palabras, resultan más vitales que nunca.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


miércoles, 17 de junio de 2026

Gonzalo del Rosario. Restos humanos. Lima: Maquinaciones, 2026. 103 p.

 


Gonzalo del Rosario. Restos humanos. Lima: Maquinaciones, 2026. 103 p.

              Gonzalo del Rosario (Trujillo, 1986) pertenece a lo que en otro trabajo denomino como los “hijos de la cultura globalizada”, nacidos aproximadamente entre 1981 y 1992 (Honores 2024). Otro modo de abordar esta misma producción es en relación a la narrativa weird, en el que los géneros están tan mezclados, y ya no hay posibilidad de establecer un discurso fantástico “puro” o clásico, sino, al contrario, atraviesa otros registros como lo extraño, lo raro y lo insólito. En ese horizonte Del Rosario inscribe sus ficciones -que pueden ser incómodos al tratar ciertos temas, como la sexualidad- desde el humor o la violencia. Es una narrativa posmoderna mezclando la literatura con la cultura popular y de masas, y en este libro en particular destacan los personajes sicalípticos, las escenas sexuales, lo grotesco, la violencia escatológica y los mundos distópicos en colapso, en algunos casos, en la línea de la narrativa Z.

              Sobre el tema de la violencia, Del Rosario no inventa nada que no esté ocurriendo, lamentablemente, en la realidad. Acaso la discusión podría ser si representarla es moral o no, y esto nos llevaría a debatir otros temas como la libertad en la creación artística, ahora puesta en discusión con la reciente creación del “Colegio de Artistas”. Nadie es artista porque tenga un título de artista y menos aún porque un gremio de unos pocos políticos de turno lo decidan o no.

              Para entender la propuesta detengámonos en dos textos. En “Zombie love” un casting de películas para adultos nos descubre a Angélica, una estudiante de arte quien decide ingresar a este negocio. Pero lo extraño no es necesariamente el ingreso a este mundo semi clandestino, sino el marco futurista: la pandemia zombi que ha creado “nuevas” oportunidades, como los encuentros entre humanos y zombis. Si bien este elemento es ya anómalo, el narrador introduce un giro adicional: Angélica se enamora del zombi Fido, estrella del negocio, y decide infectarse para vivir eternamente con él, es decir, lo sexual se convierte acá en una animalización sin fin (o infinita) que degrada lo humano, y que solo se justifica porque Angélica se aliena a ese punto de buscar solo el goce y el placer, que incluso ni siquiera es humano. Es una máquina. El cuento es grotesco y critica el exceso de la sexualidad que se impone desde la publicidad, el cine y la vida misma. De otro lado, como subtexto, discute el estatuto de arte de los productos de serie B o Z, es decir, ¿Puede también ser arte este tipo de cine, que se aleja de los paradigmas de la belleza clásica?

              En “La rica Vicky la robot”, el narrador hace alusión a personajes de populares series de TV de los años 80 y 90 transmitidas en Lima. El texto se inscribe desde un marco posthumanista, por ello, se discute la naturaleza de los robots, utilizados como objetos y que carecen de los derechos. Las leyes a favor que se emiten para reconocerlos como humanos son ambiguas desde la perspectiva del narrador, dado que puede leerse como hechos absurdos (tratar a un robot como humano). Así, puede interpretarse como una reacción de rechazo a este tipo de acciones de defensa, antes que un alegato en favor de.

              El libro es atravesado por pandemias y visiones apocalípticas de un mundo en colapso permanente. Si bien es pesimista (el último relato “Todos vamos a desparecer” habla de una invasión alienígena, y que ningún arte humano, por más noble que sea, impedirá los sucesos contenidos en el propio título), hay que leerlo desde una clave humorística, para poder sobrevivir a sus efectos.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


lunes, 15 de junio de 2026

Luis Freire Sarria. El abominable hombre de los desagües. Lima: Maquinaciones, 2026. 124 p.

 


Luis Freire Sarria. El abominable hombre de los desagües. Lima: Maquinaciones, 2026. 124 p.

 

              Luis Freire Sarria (Lima, 1945) es uno de los escritores fantásticos más importantes de la segunda mitad del pasado siglo y del siglo XXI, junto a otras figuras emblemáticas como Harry Belevan, Carlos Calderón Fajardo y José B. Adolph. El estilo freiriano mezcla un humor corrosivo, transgresor (y acaso iconoclasta) que puede ser tanto político como nonsense, que produce textos que huyen del canon realista y del registro mimético al uso. Es por ello que varios de sus libros escapan a las posibles taxonomías de los taxidermistas y críticos disecadores de la literatura viva. Con gran acierto, Maquinaciones de José Donayre publica este nuevo libro de Freire (dejo constancia que Freire tiene en sus archivos varios otros libros raros que esperan el favor de los editores) titulado El abominable hombre de los desagües, titulo que alude a esa figura popular del “yeti”, también conocido como “el abominable hombre de las nieves”. Pero si el yeti es un animal mítico que vive en las blancas cordilleras del Himalaya y el Tibet, el monstruo de Freire es mucho más urbano y realista, alejado de esa fría blancura, y rodeado del calor de los desechos humanos que corren clandestinos tras el asfalto urbano.

El libro se divide en dos secciones: “Primeras monstruosidades” y “Segundas monstruosidades”. Figuras del imaginario popular, como el pistaco (“Se comienza por la mantequilla”) o un gato crítico de novedades literarias (“Burdel bonsái”) se dan cita en esta sección, es decir, monstruosidades populares y otras que se las inventa el propio Freire para pleno disfrute de sus lectores. En esa línea quisiera comentar “Hombre lobo, hombre coyote, hombre”, en el que aparece una versión latinoamericana del hombre lobo, degradado por las carencias propias de la región y convertido justamente en eso: en un hombre coyote que confiesa su condición sobrenatural a un académico (el “doctor Honores”, en el cuento), en una referencia paródica, quien descree en la posibilidad real de la existencia de seres sobrenaturales como el mencionado ser.

Otro relato en el que Freire pone toda su sensibilidad literaria es “Una obra de arte”, en la que se discute acerca de la belleza en el arte contemporáneo. Es una pieza magistral al tratar la naturaleza y estatus de lo bello desde coordenadas del absurdo y el vacío en el que se ha convertido ese juego llamado arte. Por cierto, también Alejandro Neyra ha tratado el tema en “Attaché”, desde el personaje del curador estafador. No es casual la preocupación de Freire por la belleza, que es finalmente a lo que aspira el verdadero artista.

“Mi Borges inflable” es otro cuento descabellado sobre la idolatría excesiva de un miembro de la academia sueca por Borges, al punto que guarda entre sus objetos preciados a su Borges personal en forma de muñeco inflable, casi como un secreto prohibido para todos sus conocidos, y con el que realiza actos mentales de corte erótico, prohibidos por el sentido común y la razón cartesiana.

En la segunda sección, estas monstruosidades continuaran desfilando por sus páginas, como jarjachas, momias, o un Frankenstein mendigo, es decir, tradiciones locales y globales. “Nocturno del descabezado” es uno de los más inquietantes, porque también Freire se las ingenia para orientar los textos no solo hacia el humor, sino hacia el terror psicológico. Lo mismo ocurre con “El maniquí rabioso”, otra genialidad de Freire que se apropia de los elementos del paisaje urbano para generar una situación fantástica. O también “El wetiko, ninfómano del amor”, en el que esta figura sobrenatural aparece para desenamorar. Aunque el wetiko es una especie de virus mental para los indígenas americanos, al wetiko de Freire “lo atraen las baladas melosas, los poemas baratos, las frases dulzonas que escucha mientras se desliza por las calles anochecidas, porque sabe que alumbran a los enamorados” (102).

              En este nuevo libro de Freire se unen ejes como lo urbano, las escenas de pobreza, y el horror, todo bajo la estructura del bestiario, del que Freire ha venido trabajando en otras publicaciones. Son cuentos breves de gran factura técnica, y muy alejados de las actuales escrituras de best seller que predomina en el panorama comercial literario. En suma, es literatura en su mejor expresión, y, sin duda, uno de los mejores libros de este año 2026.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


martes, 9 de junio de 2026

Alejandro Neyra. Cultura peruana. Lima: Academia antártica, 2025. 182 p.

 


Alejandro Neyra. Cultura peruana. Lima: Academia antártica, 2025. 182 p.

              Con más de quince libros publicados, Alejandro Neyra (Lima, 1974) es uno de los actuales referentes de la narrativa fantástica peruana. Diplomático de carrera, Neyra estudió también Literatura en San Marcos. Cultura peruana es un conjunto de relatos en los que Neyra, a partir de su experiencia como Ministro de cultura, en tres oportunidades, ficciona situaciones como buscando la esencia de lo nacional, es decir, lo que nos hace peruanos. Y uno de esos ejes es la propia cultura.

              A nivel estructural, la mayoría de cuentos de inscriben en ciertas constantes: el espacio suele ser ajeno a la capital, es decir, transcurre en zonas alejadas de la urbe. De otro lado, está la presencia de un observador (en este caso, un funcionario ligado al ministerio o el ministro mismo) de hechos y eventos que pueden filiarse a lo fantástico. El marco es la reciente pandemia global del Covid-19. También un impronta entre la crónica y el testimonio (ficticio), que en los textos se grafica por diversos subtítulos, como unidades temáticas. Finalmente, la constante autorreferencialidad al Perú es uno de los rasgos más claros del libro. Neyra utiliza el humor y la ironía para tratar estas “crónicas-testimoniales” con visos fantásticos.

              Así, el viaje de los funcionarios del gobierno a una zona de la selva ve envuelta en conflicto da pie para deslizar la presencia del chullachaqui (“El asesorcillo valiente (o la tierra prometida”); las ruinas de Sechín conectan con el pasado lovecraftniano (“Guerreros”); otro funcionario que logra ocupar el espacio simbólico del inca (“Inca por (un día) una vida”), con ciertos aires cortazarianos; o referencias a la película El secreto de los incas, en los que se diluye los límites entre ficción y realidad (“El secreto de los incas”) son algunos casos de lo afirmado líneas atrás.

              “Caliagnosia” es un caso aparte. Se trata de un cuento de ciencia ficción utópica en el que un descubrimiento casual al filmar una película (una especie de “cuarto oscuro”) permite a quien transita por ese espacio no distinguir la belleza física del otro, y por lo tanto, la posibilidad de eliminar la discriminación racial, étnica o física. Si bien el racismo y la discriminación han disminuido sustancialmente en este siglo, con respeto a lo que fue el siglo XX, aún sigue siendo un tema transversal a la sociedad peruana. Otro texto notable es “Attaché”. Acerca de la impostura en el arte contemporáneo peruano que desmitifica muchas de sus premisas y estatus.

              Neyra continúa así en Cultura peruana su búsqueda sobre la peruanidad y lo peruano, ejercicio que no resulta simple, sino al contrario, problemático y a la vez, necesario.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


sábado, 16 de mayo de 2026

Romina Paredes. Monstruos. Lima: Tusquets, 2022. 118 p.

 


Romina Paredes. Monstruos. Lima: Tusquets, 2022. 118 p.

Romina Paredes (Lima, 1987) estudió Traducción en la Universidad Ricardo Palma y una especialización en su campo en Barcelona. Monstruos es su segundo libro. El libro contiene once relatos y viñetas de extensión breve, muchos siguen una numeración en su estructura.

Así como en los últimos años hubo un “boom” de la autoficción y el conflicto con el padre, acá la entidad narradora reitera una crisis similar: el conflicto con la madre. Ello deriva en una baja autopercepción en los personajes femeninos sobre sí mismas. El entorno familiar es disfuncional. El padre es un alcohólico fumador, ausente del núcleo familiar, la madre es una figura tiránica, y la hija, una víctima, que consigue refugio en su mascota. Esta estructura se repite en varios de los cuentos como una constante. Incluso en las propias maneras del decir. En “El más blanco”, un cuento revestido de racismo, la mascota que no se adecúa al entrenamiento era, según la narradora del relato “un fracaso como yo. Una decepción en su árbol genealógico de campeones”. O “No tener hijos si sabes que te van a salir fallados. Odié ser madre desde que tu cabeza salió durante el parto” (20), le dice la madre a la hija-víctima. La frases resultan impostadas, incluso si provienen de las clases altas a las que pertenecen los personajes (se paga mil dólares por el cachorro). Por ello, resulta poco creíble que la hija haga una pollada para pagar los gastos de operación de la madre, ya que se menciona que la madre tiene una empresa de construcción (19). La aproximación al mundo popular es cuanto menos, dudoso.

Esta impronta se mantiene en otros relatos. En “Cuéntame algo bonito” un personaje afirma que su madre “Me quiso ahogar cuando nací porque no tenía plata. Ojalá me hubiera matado” (55). En “El matrimonio”, el personaje infantil sostiene que su abuela “nos hacía sentir como si nuestra existencia fuera un error en la matriz” (65). En “Hija del diablo” los recuerdos de infancia surgen en plena sustentación de tesis: “La respiración de mi madre en la habitación como la de un animal a punto de devorar a su presa” “Tú no eres mi hija […] Estás endemoniada” (99). O se trata de un mismo personaje monotemático o la escritura, en este caso, podría ser también catártica, para sanar heridas. Otros textos hablan sobre la violencia hacia la mujer e incluso intentan ser una alegoría sobre un estado de cosas (como ocurre en “Margarita”).

Quizás el único cuento que sale de esa aureola presentada como trágica sea “El matrimonio”, un cuento acerca de una familia (madre y dos hijas) no reconocida de un diputado nacional, de los deseos de matrimonio de la madre, el matriarcado de la abuela y los berrinches de las hijas durante la ceremonia. Esa premisa nos recuerda a los cuentos ribeyrianos. Aunque a diferencia de los cuentos de La palabra del mudo, no concluye en fracaso, es decir, sí se produce la unión, el cuento ofrece varias imágenes humorísticas y costumbristas de cierta mentalidad aspiracional o arribista, de la Lima del siglo XXI.

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


lunes, 23 de marzo de 2026

Gustavo Faverón Patriau. Vivir abajo. Lima: Peisa, 2018. 649 p.

 


Gustavo Faverón Patriau. Vivir abajo. Lima: Peisa, 2018. 649 p.

 

Sin duda, Vivir abajo (2018) es una novela más ambiciosa y mejor lograda que su opera prima El anticuario (2010) de Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966). En su página oficial solo aparece una solitaria y breve entrevista (parafraseada) de Ernesto Carlin, como única prueba del interés de la crítica cultural local (la de Félix Reátegui se publica en México y la de Enrique Prochazka en Colombia). La historia se centra en la biografía de George, un ciudadano norteamericano aparentemente con doble ocupación: cineasta de vanguardia y espía cazador de nazis. La novela se divide en cuatro secciones. Las secciones I y IV (La piedra de la locura; Las reparaciones) tratan esta línea central desde un presente; mientras que las II y III (La salud de Mr. Richards; Puentes frágilmente construidos) reconstruyen la vida del personaje antes de los acontecimientos criminales ocurridos en Lima a inicios de los años 90, y ofrece una mirada a algunas dictaduras latinoamericanas de los 60.

La mirada del narrador es cercana a la de un viajero europeo del siglo XIX, alguien que mira con distancia la propia ciudad de Lima, con excepción de Miraflores como su locus central. Por ello, su aproximación a la compleja realidad del centro de Lima de los 90 (y sobre todo de lo popular) es superficial, aunque no es lo medular de la narración, solo el inicio de la trama. Por momentos, las referencias a la violencia terrorista es lejana, quizás porque comercialmente (sobre todo, pensando en un mercado internacional) no sea conveniente lo mimético; más bien, esa violencia engendrada por ideas radicales del pensamiento de izquierda se conecta con otras formas de violencia extrema (fascismo, nazismo) remanentes que aun sobreviven en América Latina (quizás ello explique eso de “Vivir abajo", como signo de una condición de los países del tercer mundo, en el que estos discursos aún perviven). George es la ficción, un justiciero, más allá que tenga que romper las reglas jurídicas, al torturar y asesinar a otros extorturadores y asesinos.

La novela tiene también una estructura claramente barroca, en el que no solo aparecen referencias explícitas al cine, sino ideas. Argumentos de películas de avantgarde; lo mismo ocurre con las novelas e historias que se sintetizan en pocas líneas. Esta estructura le permite al autor un discurrir discursivo, por momentos excesivo o disperso (porque puede ocurrir potencialmente todo y nada a la vez), pero que también ofrece algunas páginas brillantes. En este juego barroco los límites entre lo real y la ficción se difuminan.

A su modo, es una novela moral porque los pecados de los padres son heredados por sus hijos (en este caso, terminar por ejercer el mismo oficio). De otro, los hombres más cultos son los más criminales (George como cineasta de avantgarde, o el propio exnazi quien fungó de profesor de Historia del arte). Vivir abajo es una novela ambiciosa que moderniza el abordaje a las novelas de dictadores tradicional, insertando citas culturales del cine, la literatura y del arte, en donde pesa más la estructura y el artificio, que la historia real a secas.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


Lenin Heredia Mimbela. Nada nos une. Lima: Buen puerto, 2025. 284 p.

 


Lenin Heredia Mimbela. Nada nos une. Lima: Buen puerto, 2025. 284 p.

          Lenin Heredia Mimbela (Piura, 1987) estudió literatura en la UNMSM, tiene una maestría en escritura creativa y cursa el doctorado en literatura en la misma universidad. Publicó el libro de cuentos La vida inevitable (2014) y la novela Morir en mi ley (2021), con la que Nada nos une tiene conexiones.

          La novela se aleja parcialmente del realismo mainstream (el conflicto entre padre e hijos, contados desde el punto de vista del hijo), para trasladar la crisis hacia el punto de vista de los padres (en este caso la madre de la protagonista), quien trata de buscar la causa de la muerte de su hija. Hay pues un carácter trágico de los hechos ya que se rompe la ley natural de vida: son los hijos los que entierran a sus padres, y no al revés. Quizás haya alguna conexión griega con Deméter quien busca a su hija Perséfone raptada por Hades.

Hasta cierto punto es una novela de costumbres, entendida como aquella que refiere una realidad sin llegar a la metáfora. El lenguaje es propio del best seller, con frases cortas y estilo directo (el autor se las arregla para dar diversos puntos de vista, pero con el mismo estilo). Puede leerse como una novela sobre una adolescente y su trágico final.

La historia no se cuenta modo lineal, ya que desde el principio ocurre el crimen y luego se van develando pistas sobre la razón. Y aquí la novela se envuelve en cierta trama política que va in crescendo, sobre todo en sus últimas páginas.

Sobre el título, bastante rupturista, llama la atención. ¿Se refiere a los afectos, es decir, a la llegada fatal de la muerte o a la imposibilidad de los hijos de amar -en la actualidad- a sus padres? ¿O que cada quien está cada vez más fragmentado en múltiples universos?¿O es más una ruptura de tipo generacional? Es decir, una generación consumida por la tecnología (que se refiere por breves momentos en la novela) que abre un abismo inevitable, con otro tipo de valores propios, como los de la denominada “Generación Z”.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


domingo, 22 de marzo de 2026

Gabriel Rimachi Sialer. Todos los muertos de mi felicidad. Lima: Summa, 2026. 102 p.

 


Gabriel Rimachi Sialer. Todos los muertos de mi felicidad. Lima: Summa, 2026. 102 p.

Gabriel Rimachi Sialer (Lima, 1974) estudió arqueología en la UNMSM, además de ejercer el periodismo. Como escritor de ficción tiene diversas publicaciones iniciadas con Despertares nocturnos (2000). También ha sido antologador (junto a Carlos Sotomayor) de 17 fantásticos cuentos peruanos en dos volúmenes (2008; 2012) y actualmente administra la página literaria Círculo de lectores.

Todos los muertos de mi felicidad es un conjunto de cuentos en el que predomina el realismo urbano (por momentos sucio) heredero de los narradores del 50 (Congrains, Ribeyro, Vargas Llosa, sobre todo este último). Su estilo destaca por el uso de frases cortas, referencias al cine y lo metatextual. Hay tres ejes centrales que ambientan sus narraciones: a) la corrupción y la pobreza de personajes pertenecientes a sectores populares; b) personajes de tipo universitario que fracasan en sus expectativas de “ascenso social”; c) el periodismo.

Así, destaco dos cuentos en esta línea. “Ciudad solitaria” narra la crisis que sufre una joven pareja de estudiantes frente a la decisión de abortar y el acto en sí. El carácter melodramático de la situación no es solo moral, sino existencial. El cuento parece ser una respuesta a todas las “aborteras” feministas, ya que logra gracias al detalle, representar la imagen de un ser vivo a quien se le está asesinando. Estos detalles resultan grotescos (y muy vividos), por lo que puede ser considerado un cuento antifeminista o antiwoke. Otro cuento es “Manual del ingresante”, en el que un ilegal extranjero consigue un trabajo precario, en que está expuesto a condiciones laborales pésimas y maltrato, por lo que al final la ciudad “se lo traga” (de ahí la referencia a la enorme mandíbula de la ciudad o el monstruo de mil cabezas, de los narradores del 50). Se produce un choque entre las expectativas del “migrante” y su desilusión.

Pero también hay espacio para narraciones que se alejan del realismo mimético convencional, como “Ofelia” (un canibalismo que podría ser “Z”) y “Paraísos artificiales”, más cercano a la CF contemporánea que involucra cómo la IA domina y controla los afectos humanos, con amenazas en la línea futurista de la serie Black Mirror.

Rimachi Sialer demuestra no solo oficio, sino una preocupación por temas alejados del realismo convencional mainstream (el divorcio, la muerte de la mascota familiar, el conflicto con el padre).

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


viernes, 20 de febrero de 2026

Crisis de representación

 


Crisis de representación

              Es claro que la lista de escritores invitados a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires del 2026 genera más dudas que certezas. En realidad, ninguna lista va a calmar las aguas, siempre va a faltar alguien o sobrar muchos. Y con todos los criterios que maneja el comité “técnico”, al final, no terminan por representar a nadie. Nací en Lima, así que me tomé la molestia de ver quiénes (me) representan, según los criterios de selección, según el orden alfabético (los datos están sintetizados):

 

-Katya Adaui, según se indica en su página, es escritora y vive en Buenos Aires.

-Lizbeth Alvarado Campos de Gozzer, es profesora de la PUCP y dirige la editorial feminista Gafas Moradas

-Elizabeth Campos Sanchez, en Linkedln se presenta: “Soy una mujer con discapacidad visual por mi condición de albinismo, comprometida en hacer incidencia por la promoción y defensa de los derechos de las personas con discapacidad […]”

-Renato Cisneros, periodista de la Universidad de Lima, colaborador de El comercio

-Alonso Cueto, estudió Literatura en la PUCP, colaborador de El comercio

-Karina Gisela de la Vega Sarmiento, educadora, estudió en el Pedagógico de Monterrico

-Rafael Dumett, estudió Lingüística y en el TUC en la PUCP

-Jeremías Gamboa, periodista de la Universidad de Lima

-Ricardo González Vigil, crítico literario, estudió Literatura en la PUCP

-María Belen Milla, poeta, estudió literatura en la PUCP

-Romina Paredes, estudió Traducción e interpretación en la Universidad Ricardo Palma

-Eddy Ramos Ludeña, periodista, estudió comunicación en la Universidad Jaime Bausate y Mesa

-Jessica Rodríguez López, educadora, estudió en el Pedagógico de Monterrico

-Gustavo Rodríguez, estudió en el Instituto Peruano de Publicidad

-Margarita Saona, estudió literatura en la PUCP

-Celeste Viale, dramaturga, y profesora de la PUCP

-Ana María Vidal Carrasco, abogada, estudió Derecho en la PUCP

-Alfredo Villar, estudió literatura en la PUCP

-Ricardo Virhuez, estudió Derecho en la UNMSM

-Issa Watanabe, ilustradora, estudió Letras en la PUCP

-José Carlos Yrigoyen, periodista, estudió Derecho y Comunicación en la Universidad de Lima

-Carlos Yushimito, estudió literatura en la UNMSM

-Joseph Zárate, estudió comunicación en la UNMSM

 

Son 23 personas + 1 acompañante con discapacidad = 24, que viene a representar el 40% de la totalidad inicial (60 personas).

De esos 23, hay 10 que estudiaron en la PUCP, 3 en la U de Lima, 3 en la UNMSM, 2 en el Pedagógico de Monterrico (¿De qué universidad vienes?). Es claro el desbalance, sobre todo porque el único Premio Nobel de Literatura del país proviene de la UNMSM, fundada en 1551, no de instituciones privadas.

De esos 23, 6 estudiaron Comunicación, 6 Literatura (es curiosa la impresión que deja los que van en su condición de periodistas, provenientes de instituciones nacionales, que irán probablemente a “denunciar” los abusos cometidos en regímenes anteriores, o la “corrupción”; mientras que los que provienen de las particulares concentrarán su discurso más en el “arte”)

La muestra de Lima es bastante irregular, porque hay figuras discutibles, sobre todo las que están en relación con el “activismo” político, la supuesta “calidad” literaria de algunos, o “trayectoria” de otros que bien podrían ser reemplazados, salvo quizás Cueto (si va a dar testimonio sobre su amistad con MVLL), González Vigil (si va a hablar del canon literario peruano anterior a 1980, de acuerdo) o Yushimito, que conforman solo el 5%. Desconozco los criterios del comité “técnico” del MINCUL, pero la presencia de autores que publican en editoriales independientes de Lima, es también nula (o casi) ¿En qué editorial publicas?, resuena. Y también ¿De qué linaje vienes?, porque en este Perú tan colonial aún, el apellido pesa más por sobre el genuino talento.


Adenda

Contrafáctica comparte los criterios del MINCUL que se sintetizan en:

a) trayectoria (se habla de experiencia, pero no se dice de cuánto. ¿Tres años? ¿5? ¿más del 10? ¿20? ¿o más? Sin esos indicadores es gaseoso).

-reconocimiento e impacto (según el estadio profesional) [¿?] [¿quién o cómo se mide el “impacto”?]

b) diversidad territorial (para nacidos en regiones que viviendo en Lima mantienen vínculos con territorios distintos a Lima) [¿se cumple a rajatabla?]

c) diversidad étnica y lingüística

d) representación equilibrada por género

e) inclusión y accesibilidad

f) diversidad de géneros

g) conexión con el ecosistema del libro y la lectura y/o cultura argentina

-a través de vínculos temáticos o estéticos, por ejemplo, las vanguardias, el cuento fantástico, dice el documento, pero ¿quiénes son nuestros vanguardistas de la muestra? ¿cuáles los que producen literatura fantástica? No hay nadie en el grupo.

-conexiones históricas o biográficas […]

El documento es mucho más extenso, pero es claro que el punto “g” es el que nadie ha prestado la atención debida y se ha borrado de la selección, de lo contrario deberían de estar por mérito propio y según sus propias bases del MINCUL, José Güich Rodríguez (1963) y Christian Briceño (1984), ambos producen narrativa fantástica de polendas y estudiaron en Argentina. Es decir, más claro y redondo que eso no puede ser. Pero ya se sabe cómo funciona la argolla.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


jueves, 19 de febrero de 2026

¿Cuál debate?

 


¿Cuál debate?

En las últimas semanas, días previos y horas, pequeñas pullas circulan en redes y plataformas de youtube, acerca del devenir de la literatura peruana, o de su estado actual. Quizás habría que plantear la pregunta central ¿Cuál es el debate? O mejor dicho ¿Sobre qué? Porque, vamos, hay muchas maneras de enfocar este permanente conflicto. Tratemos de formularlas y de responderlas:

a)¿La pelea es entre clásicos y modernos? A estas alturas ya está claro que nuestro “canon” va desde Arguedas, Ribeyro, Vargas Llosa, Bryce Echenique y Gutiérrez; a Vallejo en la poesía, et al. Pero ¿Quiénes serían nuestros “modernos”? ¿O todos imitan a los clásicos? ¿Hay “modernos” en la literatura peruana? Es claro que nadie ha pensado en estos términos y por lo tanto, habría que descartarlo, al menos inicialmente.

b) ¿Autores regionales versus autores de Lima (otra forma de actualizar la vieja polémica entre andinos y criollos)? A raíz de la reciente lista de escritores invitados a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires de 2026 se está viendo ciertas “contradicciones”, como escritores que nacieron en regiones, pero radican y “producen” en Lima; autores regionales cuyos pares locales declaran no conocerlos (es gracioso este punto, porque si el aparato cultural no hace lo suficiente para que grosso modo tengan mayor exposición en sus propias regiones, o en Lima, ¿es justa y necesaria esta mayor exposición a nivel internacional? ¿No sería una acción hasta cierto punto vacía? ¿un gesto que niega su condición de “representativo”?) No dudo de su posible calidad artística, pero ni siquiera parecen ser “representativos” en sus propias regiones, al menos así leo en algunos comentarios. También está la diáspora, los que viven fuera del país quienes también reclaman su lugar en la muestra. Entonces, el locus no debería ser definitorio para establecer una lista. Es un criterio medio telúrico, eso de apelar sensu stricto, a la tierra, a la raíz. Porque en muchos casos nacer en una región es también un mero accidente, como muchos que viven y producen en Lima, pero que a la hora de los “concursos” sacan a relucir su terruño pasado, su “origen”, sus raíces.

c) ¿Y no podría ser el debate entre escritores independientes y escritores del mainstream? Es decir, su lugar en la literatura actual se define por la editorial en la que publican. Sería triste si ese fuera uno de los criterios, porque en la mayoría de casos, son pocos los que publican en editoriales transnacionales o “prestigiosas” y poseen verdadero talento (ya se sabe que hay mucho de redes, argollas y campañas de marketing en el éxito o “exposición” de un autor), mientras que al contrario, y grosso modo, tienen mayor calidad los que publican en las independientes, aunque tampoco es una regla a rajatabla. Se entiende que es una visión general.

d) ¿O también podría agregarse la variable generacional y la de género? En el primer caso están los seniors, los de gran experiencia en estas lides y de trayectoria, probablemente los que bordean los setenta años o están por encima, y de los que, en principio nadie dudaría de su lugar (¿o sí?) Tendría que hacerse un estudio más a profundidad de si son los mismos de siempre o no. Porque si son los invitados de siempre, tendríamos otro problema: la falta de renovación, de recambio generacional, por decir algo. En cuanto a la cuota de género con la intención de equilibrar la lista es un criterio rancio y extra-artístico, porque pueden haberse elegido a mujeres por el solo hecho de serlo y excluir a hombres, lo cual es otro tipo de discriminación (Tampoco conozco los criterios ni el jurado evaluador, o de si también son ellos los mismos de siempre).

e) La vejez o la amplia trayectoria tampoco es definitoria y frente a esta se oponen los autores sin mayor “experiencia” en eventos similares, que ofrecen las novedades. Así tendríamos otra arista: los ya “consagrados” versus los “emergentes” (a esto, Francisco León le pone el nombre de “hegemónicos” y “subalternos”). La pregunta clave es ¿consagrados por quién? ¿hegemónicos por quién?

f) También está el círculo de los “regios” aglutinados alrededor de la PUCP que controlan los medios, se citan entre sí, cierran filas entre sí, frente a todo(s) los demás, que no existe para ellos ni es canon.

g) ¿Y no sería más artístico enfrentar la “calidad literaria” en sí frente al mero trámite administrativo-documental desde Lima, en el que los autores regionales apenas son cifras, números, estadísticas? Porque seamos sinceros, ni todas las regiones se desarrollan o alcanzan la misma “calidad” literaria, ni cuentan con grandes tradiciones (es seguro que hay unas más potentes que otras, como Arequipa, o autores singulares que son más excepciones en sus propias regiones). Así, privilegiar lo regional por ser diverso, democrático e inclusivo sin atender a sus reales valores estéticos es un mero gesto arbitrario. Además, nadie realmente que se tome en serio la literatura espera recibir una invitación del Estado o algún tipo de favor. Ir a una feria no debe ser un paseo subvencionado por ese aparato tentacular llamado Estado, sino una oportunidad de mostrar un estado de la cuestión, un estado de cosas, un estado del arte hoy.

h) Asimismo, surge también otro tipo de oposición: los doctos con grados y títulos literarios frente a los autores empíricos e intuitivos, o provenientes de otras esferas. Es claro que lo que interesa finalmente es la obra en sí, no los grados, ni las especializaciones en literatura dura y pura obtenidas ya sea acá o en el extranjero. Tenemos tradiciones orales, indígenas, no solo la escrita o culta.

i) ¿Y sería posible agregar otra variable final como el conflicto entre realistas y fantásticos? Este debate tampoco se ha planteado, pero es claro que de la muestra se ha excluido lo fantástico en su totalidad (o casi). Y la narrativa fantástica peruana contemporánea es la gran renovadora de la tradición literaria en el siglo XXI (nombres hay de sobra). Esto podría conectarse con el primer punto descartado para pensar en lo fantástico ya no como una tradición aceptada por la historia literaria local y la crítica (cosa que no ocurrió jamás), sino como una verdadera propuesta moderna, y sin creer tampoco que es lo único que existe en el panorama actual (hay otras propuestas válidas, valiosas y legítimas), pero ¿borrarla? ¿desaparecerla? ¿clausurarla? Esa actitud de desprecio, “ninguneo” y decisión final de los “técnicos” del Ministerio de Cultura es cuanto menos una torpeza y una decisión de pocas luces.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


miércoles, 18 de febrero de 2026

Gustavo Faverón Patriau. El anticuario. Lima: Peisa, 2019. 233 p.

 


Gustavo Faverón Patriau. El anticuario. Lima: Peisa, 2019. 233 p.

Esta es la opera prima de Gustavo Faverón (Lima, 1966), quien estudió literatura en la PUCP y doctorado en Cornell, además de ejercer la crítica literaria, y cuyas obras se han traducido a otros idiomas. La novela envuelve su trama sobre códigos del gótico (la muerta, la locura, el espacio cerrado del manicomio, los secretos de familia) y del policial (la investigación acerca de un extraño crimen pasional), pero que se alejan de sus modelos para ofrecer un registro de “alta” literatura.  Por momentos llega a un estilo lírico-digresivo y descripciones lujosas.

En cuanto a la estructura, (breves narraciones del “anticuario” que acompañan al relato central), se acerca a la figura de Scheherezade de Las mil y una noches, pero también a dos modelos locales: El avaro (1955) de Luis Loayza y Caballos de medianoche (1984) de Guillermo Niño de Guzmán. Incluso, la imagen del loco que cuenta su historia parece haber sido tomada de El gabinete del doctor Caligari (1920), film expresionista de Robert Wiene; y la casa en llamas final, tanto de E.A.Poe como de “La granja blanca” de Clemente Palma.

Las referencias espaciales a Lima o al Perú están recubiertas de tal modo, que no se distinguen del todo (se habla de la masacre de Uchuraccay, del diario El Comercio), pero de forma medio borrosa, porque la novela se dirige a un público más global. Los localismos son escasos o nulos. Puede ser el Perú o cualquier otro lado. En sí mismo esto no es ni bueno ni malo.

Poniendo un poco en perspectiva esta novela (publicada originalmente en 2010, y reeditada en Lima en 2019) diremos que se distancia del registro mimético convencional, de la temática social explícita, para ofrecer una novela llena de modismos borgianos, un libro acerca de otros libros (o narraciones contadas por otros personajes), pero el crimen en sí resulta más un artificio, y casi sin vida, o fría. No hay revelación final.

Por otro lado, también llama la atención (siguiendo su propia página oficial) que la crítica periodística local lo haya prácticamente borrado (se cuentan a Alonso Cueto en Hueso Húmero; a Luis Hernán Castañeda, en Moleskine literario, blog de Iván Thays; Mónica Belevan, en The Barcelona Review; y otros breves comentarios de Peter Elmore y Rosella Di Paolo). Una digresión al margen: en el mundillo literario es inevitable que se formen redes de contactos (o “alianzas estratégicas”, como dicen en el mundo corporativo), pero también hay que distinguir entre estas redes: a) la cordialidad, b) la simpatía, c) la admiración sincera, y d) la amistad más íntima. Siempre he creído que el verdadero crítico es más bien un ser solitario.

No se puede negar que El anticuario está bien escrita (pero ¿No es lo mínimo que se esperaría de un escritor en un sistema literario “industrial”?) que se aleja de la regularidad que ofrecía (¿y sigue ofreciendo?) el mercado local en la década del 2010.

Digresión final, Borges y lo metaliterario es ya un modelo canónico dentro de la literatura latinoamericana, y sus temas o tropos alcanzaron su mayor punto local con Un único desierto (1997) de Enrique Prochazka, que abre un nuevo horizonte para lo fantástico, pero que aún sigue siendo una figura marginal.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


viernes, 13 de febrero de 2026

Momentos estelares de la literatura fantástica peruana

 



Momentos estelares de la literatura fantástica peruana

A raíz de una intervención del escritor y crítico cultural Alexis Iparraguirre en el XVI Congreso nacional de escritores de literatura fantástica y CF, sobre la negación del Premio Nacional de Literatura a Jorge Luis Borges en 1942 con El jardín de senderos que se bifurcan (1941), libro que incluía cuentos como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “El acercamiento a Almotásin”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Las ruinas circulares”, “La lotería en Babilonia”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, “La biblioteca de Babel” y el que daba nombre al conjunto (hoy Borges sigue siendo canon, pero resulta raro el desprecio del jurado hacia estas nuevas formas); y de cómo esto generó una polémica y defensa desde la revista Sur; es decir, hubo cierto debate en el campo literario, me propongo en estas líneas establecer si en el Perú ocurrió algo parecido, si lo fantástico tuvo un “momento estelar”, un punto de quiebre o giro.

 

I

En la década del 50 del siglo pasado, hubo un periodo de renovación de las formas literarias, es claro que muchos autores (o casi todos) transitaron por los códigos de lo fantástico. Quizás lo más parecido (a la inversa) haya sido la crítica unánime hacia El avaro (1955) de Luis Loayza, un pequeño libro de microrrelatos fantásticos escrito por un autor de 21 años que fue rápidamente canonizado por la crítica local. Si bien hay que advertir que todos críticos -entre ellos, Abelardo Oquendo o Luis Jaime Cisneros quienes tenían vinculación con Loayza (uno amigo, el otro, su profesor)- celebraron su aparición, esto no fue suficiente para que lo fantástico se asiente como una tradición, más bien al contrario, solo sirvió solo para la canonización del propio Loayza (no de lo fantástico) dentro de los sectores culturales sanisidrinos, o aspirantes a serlo. Además, Loayza cambió en libros posteriores a un registro más serio, digamos.

Otro autor rompedor que quizás mejor englobe varios de los tópicos de la tradición fantástica sea José B. Adolph desde 1968 con El retorno de Aladino. Pero tenía varios inconvenientes: no había nacido en Perú (llegó al Perú a los cinco años), por lo tanto, no podía cantar “esta es mi tierra, así es mi Perú”, y, de otro lado, fue funcionario público durante la dictadura del generalote Juan Velasco Alvarado. Aunque hubo varios intelectuales y escritores que hicieron lo mismo, Adolph nunca negó su participación en el régimen, y ya en democracia, se volvió más escéptico y pesimista de lo que ya era frente al futuro político. Y al haber sido parte de ese gobierno, esto le ganó varios enemigos (aunque Adolph distanció su obra de su función pública: siempre fue crítico y corrosivo). Mañana, las ratas (1984) debió de convertirse en un best seller y en lectura obligatoria en las escuelas, pero en el país nadie lee.

Y si quedan dudas sobre momentos estelares, tenemos a Escuchando tras la puerta (1975) de Harry Belevan, otro libro rompedor de la tradición realista que también pasó por los anaqueles como libro de autor extranjero, junto a La piedra en el agua (1977). ¿Cuál podría ser la objeción?: No vivir en el Perú, por su función diplomática. Lo mismo pasó con la obra de Luis Freire Sarria o la de Carlos Calderón Fajardo, clásicos con derecho propio, que aún viviendo en el país, fueron vistos acaso como excentricidades o eventualidades. Pero, además, en el Perú ¿Quién lee?

Llegados los ochenta, llegó también la violencia, que se había alimentado durante años con esa misma retórica delirante que los de izquierda desbordaron en sus radicales discursos durante los velasquistas años 70. Lo fantástico se recluyó ligeramente, aunque siempre estuvo allí.

Pero en los 90, para ser más exacto, en 1997, Enrique Prochazka, un autor que pertenece a la década de los 80 publica su primer libro Un único desierto. Y la crítica nuevamente vuelve a ser unánime como con Loayza, cuarenta años atrás. Se le compara con Borges (que ahora sí ya es canónico a nivel continental y global), pero hay un problema: imitar a Borges es malo en una tradición asumida como “realista” desde siempre e inamovible, eso desde el trabajo de Alberto Escobar, quien agradecía que la influencia de Kafka en la literatura peruana era “por fortuna”, pasajera. Menos mal. Aunque Prochazka se parece a Borges, es porque tiene sus mismas referencias cultistas, no porque pretenda copiarlo. Sería un absurdo querer ser Borges cuando existe Borges.

Y a partir de ese lejano 1997 solo hemos tenido permanentes momentos estelares: La fabulosa máquina del sueño en 1999 de José Donayre, Año sabático de José Güich en el 2000, El llanto en las tinieblas en 2002 de Sandro Bossio, Ajuar funerario de Iwasaki en 2004, publicado en España, lo que lo convierte en un expatriado, El inventario de las naves en 2005 de Alexis Iparraguirre, El círculo Blum de 2007 de Lucho Zúñiga, Siete paseos por la niebla de Yeniva Fernández y Teztimonio de Luis Apolín, ambos en 2015, El regalo de las estrellas de Daniel Salvo y Los perseguidores de Pablo Ignacio Chacón, ambos en 2022, Bosque de arces de Jorge Casilla en 2023, Esotéricos registros en 2024 de Victoria Vargas Peraltilla, los  tres “cofrecillos” (2021-2025) de Salvador Luis, Criaturas virales de Dany Salvatierra y Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura de Gianni Biffi, de 2025; además de la obra de Alejandro Neyra, Daniel Collazos, Miguel Ángel Vallejo Sameshima, Raúl Quiroz, Carlos E. Freyre…, todos ellos son momentos estelares, pero ya son un “periódico de ayer” como reza la canción, porque a la “industria” le interesa más lo que vendrá, el porvenir. Interesa más vender lo nuevo, no importa si la historia trata sobre un divorcio familiar (la gran tragedia de la clase alta) o acerca de la muerte de una mascota (la segunda gran tragedia de la clase alta), está impreso y es literatura. Pero ¿Lo es?

¿Y quienes son esas multitudes de lectores que leen estas historias? ¿Las que frecuentan San Isidro o Miraflores? ¿Dónde está la academia que gusta de mirar solo el pasado? Porque a los críticos de los periódicos tampoco nadie los lee, salvo cuatro gatos.

Pero volvamos, a lo estelar. Ese realismo burgués “limeño” practicado hoy por los círculos de poder está muerto. Fue desbordado hace buen tiempo por lo fantástico en cantidad, y sobre todo, en calidad.

Y tampoco encontraremos realmente un debate permanente como en el campo argentino (el último “debate” entre andinos y criollos de 2005 fue un desfile de puro resentimiento y racismo, liderado por las viejas glorias de los recalcitrantes años 60), porque hoy como decía González Prada, todos prefieren hablar “a media voz”. De lo que se trata es de no incomodar a nadie, y mucho menos hablar de política. Por fortuna, acá ya nadie lee. Aún así solo queda escribir (a la contra).

 

II

El aparato académico-crítico ha sido incapaz de incorporar la serie contemporánea dentro de ese gran relato llamado literatura peruana (digamos, de los últimos 60 años, el último es el premio Nobel, y a veces, se le agrega a Miguel Gutiérrez, y paren de contar). Se quedó en los modelos de la novela realista soviética del siglo XIX; o la novela “total” del boom sesentero. Algún delirante reclama una nueva Guerra y Paz 2.0, como si la guerra en sí no fuese lo suficientemente obscena como para seguir haciendo una apología (solo hay drama en la guerra, dicen); o una nueva Conversación en la Catedral. Porque la novela, cuanto más gruesa, es más atractiva a los ojos, cuanto más “realista” más valiosa (nunca entendieron que eso que llaman “realismo” era solo otra forma de contar con sus propias reglas y códigos de verosimilitud). Y sobre todo, cuanto más “política”, más profunda y seria. ¡Viva el Perú!

El realismo limeño que ganó prestigio dentro del boom con las novelas del futuro premio Nobel, se fue reciclando en dos líneas: los eternos imitadores, clones, ecos, epígonos que hasta el día de hoy siguen ese camino y son mainstream, acaparando todos los reflectores, en un claro circulo vicioso, cada vez más agónico (unos podrían reclamar un linaje literario; otros sin linaje viven aún en sus traumas de clase popular y hacen catarsis; también están los escritores que revisten lo light de una tragedia griega, y solo unos pocos tienen verdadero talento). Y la otra línea, enfocada desde lo temático: el realismo en sí. Así pasamos del realismo urbano de los 50 y 60, a la nostalgia por el bien perdido de Bryce en los 70 (algunos ilusos del velasquismo lo entendieron como una crítica a ese grupo social). Y llegados los 80 todo fue violencia política: lo que no representase la violencia no era digno de ser tomado en cuenta por los críticos. Y en el nuevo milenio el ciclo de la violencia política siguió extendiendo sus tentáculos como las formas más prestigiosas locales, premiadas, exportables a ferias internacionales del libro. Cuanta más sangre, mejor. Luego vinieron las “novelas históricas” como sucedáneo de la “violencia política” (que suelen ser premiadas en los concursos de novela, con jurados hieráticos), y recientemente la “novela criminal” (en su más basta acepción). Esas son las formas aceptadas que la industria (que acaso ha coactado los pocos espacios de difusión convencional y rancia) apoya y sostiene. Todo lo demás no es digno de interés. Si algún iluso quiere ganar prestigio (¿de eso se trata de literatura?) que pruebe con una novela histórica, con una novela criminal, o recicle el ciclo de la violencia política en clave ultrarrealista. Quizás tenga fortuna crítica, o quizás no. Tampoco es seguro. Aunque el aro, la argolla conjurada en su caverna, ya está cerrada.

 

III

¿Momentos estelares? Claro que hubo momentos estelares, y seguirán ocurriendo, fuera de los reflectores, con cierta vergüenza, o “a media voz”. Recibirán, en el mejor de los casos, una palmadita en la espalda, y luego, “a otra cosa, mariposa”.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


jueves, 12 de febrero de 2026

José Donayre. En la garganta del diablo. Lima: Maquinaciones, 2026. 117 p.

 


José Donayre. En la garganta del diablo. Lima: Maquinaciones, 2026. 117 p.

 

En la garganta del diablo es el nuevo libro de José Donayre (1966). Por momentos, es un libro blasfemo, descreído e iconoclasta; en otros, se ajusta al relato de horror gótico, en el que el pasado es siempre amenazante; asimismo, el tono de leyenda sirve para envolver la verosimilitud de sus narraciones, ubicando sus acciones en un tiempo anterior al presente, en espacios lejanos no urbanos (en su mayoría), como la sierra, o incluso en la Europa de siglos atrás. Todo ello provoca un conjunto de textos eclécticos. También llama la atención sus cierres, que tienden hacia el final abierto y sin moraleja (a diferencia de los cuentos tradicionales). En los cuentos de Donayre el mal es gratuito, no hay razón que justifique su presencia: simplemente existe como existe el mundo desde hace siglos. También hay una recurrencia espacial por el subsuelo, lo que está debajo (muy gótico, por cierto), por lo cavernoso. Hay momentos de estética grotesca que remite a lo corporal y lo físico, pero que no se sobreexpone, sino que sugiere e inquieta.

Pero también hay cuentos urbanos, que no desentonan del conjunto, sino que extienden ese horror ancestral, eso imposible sin explicación, pero que inevitablemente ocurre. Son los casos de “La otra mano”, “La lengua de las sombras” (sobre un cuadro de Tilsa Tsuchiya, “Tristán e Isolda”), o el que da cierre al libro, “La garganta del diablo”, relatos en los que el lector, ya advertido desde el prólogo, sabe que va a ocurrir algo anómalo, aunque no sabe cómo. Así, si bien la tradición del gótico que va desde Clemente Palma a Stephen King, queda referida, el autor se las ingenia para incluir hálitos borgianos, como en “Entre los muros del tiempo”.

También hay otro eje temático que atraviesa varias narraciones: los hijos-monstruos. En el cine, el miedo a la deformidad física como producto del uso de píldoras  anticonceptivas viene alegorizada desde El bebé de Rosmery  (1968) de Polanski (aunque esta se inserta de modo explícito en lo demoníaco), y muchas otras narraciones que vinieron después (desde Eraserhead de Lynch a Alien de Scott, o The brood de Cronenberg), miedo que luego se extiende hacia la sobrepoblación (demasiados humanos en la tierra acabaran con todos los recursos), pero ¿cómo entender socialmente este nuevo miedo de hijos-monstruos en el s. XXI? Hoy, las nuevas generaciones son más asexuadas, furry, con identidades fluidas, asumen identidades de “cosas”, “objetos”. Entonces, este miedo donayreano no parece ser miedo al simple embarazo de la mujer de nacimiento (a estas alturas hay que aclararlo), sino a “aquello” que vendrá después: “cosas”, “objetos”, “furries” encarnados, ya vivos, o los "therians". El presente es ya horrible y amorfo, y el futuro será mucho peor. Están avisados.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos