jueves, 15 de noviembre de 2018

José Güich, Carlos López Degregori [y] Alejandro Susti. Extrañas criaturas. Antología del microrrelato peruano moderno. Lima: Universidad de Lima, 2018. 444 p.




José Güich, Carlos López Degregori [y] Alejandro Susti. Extrañas criaturas. Antología del microrrelato peruano moderno. Lima: Universidad de Lima, 2018. 444 p.


La banda integrada por José Güich, Carlos López Degregori y Alejandro Susti acaba de publicar Extrañas criaturas. Antología del microrrelato peruano moderno. Se trata de un trabajo exquisito (según la RAE, “de singular y extraordinaria calidad”) que busca proponer un canon del microrrelato peruano. A diferencia de las dos últimas publicadas Circo de pulgas (2012), de Rony Vásquez, monumental trabajo que muestra gran parte del corpus o el de Óscar Gallegos con Cincuenta microrrelatos de la Generación del 50 (2014), centrada en la década señalada en el título, Extrañas criaturas opta por autores del canon y trabajos “canonizables” (sobre todo para autores del siglo XXI).

La sección inicial más extensa es la de Alejandro Susti, quien ofrece una buena síntesis de las reflexiones teóricas sobre el microrrelato, apoyándose durante su exposición en diversos autores como Lagmanovich, Siles, Calvo Revilla o Friedman. Susti destaca cinco elementos: a) la ficcionalidad, entendida como la creación de una realidad autónoma; b) la brevedad, que se apoya necesariamente en la elipsis y la omisión de información; c) la narratividad, es decir, secuencia de acciones; d) la hibridación, que permite incluso  asociar al microrrelato a géneros extraliterarios, propios del horizonte posmoderno; y e) la unidad, es decir a la totalidad en sí misma del texto.

Siguiendo a López Degregori tendríamos un primer grupo de narradores del 50 (Salazar Bondy, Mejía Valera, Zavaleta, Meneses, Rivera Saavedra, Gálvez Ronceros, Adolph, Loayza y Oviedo); autores nacidos en los años 40 (Díaz Herrera, Ortega y Belevan); autores de los años 80 (Susti, Prochazka, Herrera e Iwasaki); y autores del siglo XXI (Donayre, Salvo, Sumalavia, Benza González, Zúñiga y Saldívar).

El único reparo que se puede señalar es la brevedad de las presentaciones (sobre todo en “introducción” y “breve panorama”) que bien pudieran haber sido más amplias dada la calidad del corpus y trabajos previos sobre el microrrelato; y agregar que se nota la ausencia de algunos otros miembros de la Generación del 50. En compensación los autores incluyen trabajos de José B. Adolph y José Miguel Oviedo y algunos inéditos de Sebastián Salazar Bondy.

Como sostiene Güich en la introducción, hoy “asistimos a una progresiva emergencia y establecimiento […]” de estos géneros (el microrrelato, lo fantástico, la ciencia ficción y el policial), considerados en el pasado como “menores” o “curiosidades” (15). Trabajos como los de este trío de investigadores ofrecen la oportunidad de poner en circulación textos, autores y sobre todo, asentar esta tradición como patrimonio nuestro.



Elton Honores

domingo, 11 de noviembre de 2018

Fantasmas del futuro. Teoría e historia de la ciencia ficción (1821-1980). Por José Donayre




Elton Honores nos sorprende, por quinta vez, con Fantasmas del futuro. Teoría e historia de la ciencia ficción (1821-1980)*, nuevo título que se suma a anteriores entregas que dan parte de una producción literaria nacional que se ha producido al margen de un canon marcadamente realista. Las casi quinientas páginas de este flamante volumen son difícil de resumir, reseñar o comentar sin sacrificar información valiosa, sin dejar de lado explicaciones minuciosamente desarrolladas, son soslayar análisis de precisa arquitectura, sin obviar comparaciones de extenso y didáctico desarrollo. El trabajo académico de Honores, visible por medio de publicaciones desde 2010, da cuenta de un crítico con un enfoque claro, que sabe controlar los ímpetus de su pasión. Sus libros decantan el trabajo de un investigador que sabe tomar la distancia necesaria para lograr objetividad, y contrastar sus hallazgos con la certeza que exige la ciencia en su constante revisión, replanteamiento y reformulación. Esto tampoco significa que Honores no tome riesgos. Los asume, sin ninguna duda, pero todo queda suficientemente sustentado para un buen desarrollo de la lógica de su discurso. De modo que la ruta desde la observación hasta las conclusiones es un recorrido que ilumina, entusiasma e inspira.

Una rápida revisión de Fantasmas del futuro deja una grata impresión por el nivel de detalle que ha logrado su autor. Los descubrimientos de Honores tienen un aspecto crucial: la pronta puesta en valor de autores bajo gruesas capas de polvo y títulos hallados tras un paciente y largo trabajo en archivos, bibliotecas y demás repositorios, tarea de mucho sacrificio, que supone aplazar otros proyectos y metas igual de importantes. Un más atento acercamiento a Fantasmas del futuro permite ahondar en los aportes teóricos de un especialista que sabe dosificar y sopesar sus valiosos descubrimientos. En este sentido, estamos ante un libro de doble función, es decir, Honores pone a nuestro alcance una obra cuya meta es brindar un amplio panorama que abarca más de ciento cincuenta años de producción literaria a partir de la fecha formal como nación independiente, y por otro lado, nos brinda una sistematización teórica que nos permite comprender los vasos comunicantes que explican diferentes manifestaciones estéticas, momentos muy puntuales de eclosión, y las diversas motivaciones que subyacen a la formulación de sus hipótesis, es decir, las ideas que explican lo observado y expuesto por Honores.

En vista de la gran complejidad de Fantasmas del futuro, se cree oportuno desarrollar cinco aspectos con cierto desempeño transversal, con lo cual se podrá ofrecer, a manera de muestra, una idea más o menos certera de los alcances de esta nueva entrega de Honores.

1) La delimitación temporal del género. Honores organiza su volumen desde una idea fuerza crucial para la conveniente fluidez de su teoría e historia de la ciencia ficción entre 1821 y 1980. Como bien refiere el autor, la ciencia ficción es un género con apenas dos siglos de producción, integrado por un corpus de textos fundacionales de la tradición europea, en el siglo XIX y estadounidense en el siglo XX. Las discusiones teóricas logran arribar a un consenso solo hacia fines de la década de 1970. En América Latina, sostiene Honores, las incursiones al género se dieron desde autores del mainstream, aunque fueron más que incursiones aisladas —salvo excepciones como Clemente Palma, para el caso peruano—. Para este investigador, los procesos de modernización de la primera mitad del siglo XX en América Latina ayudan a asentar el género, en tanto que los discursos ficcionales se inscriben en problemáticas globales (como la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría), por ello recogen y refractan tensiones históricas, fantasías y deseos sobre el futuro. Honores deduce que, en otras latitudes, la irrupción de la ciencia ficción como discurso ficcional es tardía.

2) El lugar de enunciación para la delimitación conceptual del género (ficción fantástica versus ciencia ficción). De acuerdo con Honores, eI factor político tanto de lo fantástico como de la ciencia ficción dependerá siempre del lugar de enunciación, es decir, desde qué espacio sociopolítico se percibe y asume cada tipo de registro. El autor de Fantasmas del futuro considera que la condición del monstruo depende más de dónde estemos ubicados, ya que este es siempre el otro, pero considera que es también nuestro reverso, y se constituyen procesos de transformación de “lo normal”, que da pie a lo diferente y lo distinto. Honores refiere que podemos establecer un diálogo entre “identidad” y “diferencia”, donde la identidad es lo propio, mientras que lo diferente es lo foráneo y desigual, o sea, lo que sale de la norma. En la literatura fantástica se da esta lucha dialéctica y se busca acabar con la diferencia. En la ciencia ficción también se da también este proceso dialéctico entre “identidad” y “diferencia”. La diferencia se produce en aquellos que no se reconocen como parte del sistema y constituyen serias amenazas para el orden social. Son también presencias monstruosas, en la medida que manifiestan una agencia distinta a las aceptadas.

3) Ciencia ficción de sabor nacional. Honores sostiene que la ciencia ficción peruana —de la posguerra y la estética modernista hasta 1945 (adelantos científicos en medio de desastres bélicos), entre 1945 y 1968 (crítica social y miedo latente a la amenaza nuclear), y de 1968 a 1980 (motivada en un comienzo por la carrera espacial)— refracta las tensiones sociales y políticas del momento histórico en el que se inscriben, a la vez que, en términos políticos, oscilan en proyectos utópicos, o en visiones distópicas sobre el futuro inmediato de la nación. Para este investigador, la principal estrategia es la extrapolación temporal, es decir, la proyección hacia un tiempo futuro, en ese “entonces” hay un miedo a las sociedades totalitarias socialistas imaginadas desde el capitalismo estadounidense, con las taras del presente —racismo, discriminación, lucha de clases—. Honores precisa que este progreso no ha sido igualitario, lo que explica la reivindicación de las provincias que imaginan un desarrollo superior al de la capital. Hay también una preocupación por la pérdida de los sentimientos humanos. Estos textos reflejan también la condición del artista marginal que no encaja en el sistema. Asimismo, hay un interés por mostrar la tensión entre el progreso y el fracaso científico. Elton Honres asevera que la ciencia es inútil y provoca desconfianza e insatisfacción, y que, en este contexto, el miedo a la amenaza de una guerra nuclear de connotaciones catastróficas es más que latente.

4) Apocalipsis made in Peru. Honores, a partir de planteamientos teóricos de Frank Kermode, David Ketterer, Lois Parkinson Zamora, Malcom Bull, Geneviève Fabry, Ilse Logie y Lucero de Vivanco, traza un consistente marco para ubicar y analizar las particularidades de lo apocalíptico en los relatos peruanos que no se hallen en la dimensión e intención mimética verosímil propia del realismo. De este modo, Honores nos lleva a “Apocalíptica” (1883) de Ricardo Palma, “Febri-morbo” (1898) de Enrique López Albújar, “El día trágico” (1910) de Clemente Palma, “El fin de la raza” (1910) de Eduardo Herrera, “¡El bólido!” (1943) de Sebastián Salazar Bondy, “La bomba J” (1958) de Héctor Velarde y “El tiempo del fin” (1966) de Juan Mejía Valera. Para Honores, la diferenciación de las causas de lo apocalíptico resulta iluminadora. Así, queda claro que en los cuentos peruanos hay un predominio del futuro catastrófico (López Albújar, Clemente Palma, Herrera, Salazar Bondy y Mejía Valera). Solo dos relatos, precisa Honores, el futuro apocalíptico es dominante (Ricardo Palma y Valdelomar). Y solo uno plantea el futuro posnuclear (Velarde). Más allá de estas diferencias, en general, plantea Honores, los relatos muestran una desconfianza en la ciencia como promotora de progreso y privilegian a Lima —ciudad periférica— como centro de la catástrofe. Asimismo, Honores, subraya lo planteado por De Vivanco en cuanto a la relación entre lo apocalíptico y la crisis. Para De Vivanco, arguye Honores, lo apocalíptico es un rasgo identitario de la nación peruana.

5) La poética de J.B. Adolph. Cierta posición, no del todo superada sobre todo en el Perú, es la de considerar a la ciencia ficción como un producto asociado a la literatura de evasión e infantil, como señala Honores en las primeras páginas de Fantasmas del futuro. En gran medida, la obra de Adolph contribuye a repensar en el alcance y aporte de este género. Honores hace un exhaustivo análisis de la obra de Adolph, centrándose tanto en su arte poética como en sus primeros cinco libros de cuentos. En resumen, de acuerdo con Honores, Adolph se inserta en un periodo de transición de la narrativa moderna hacia la narrativa contemporánea. Su producción tardía a la emergencia de lo fantástico en la década de 1950, sostiene Honores, puede explicar hasta cierto punto su posición marginal ante otros autores de fantásticos, pero esta condición periférica se debe también a su cercanía con la dictadura de Juan Velasco. Adolph utiliza los códigos de la literatura de masas, como bien observa Honores, no para producir obras en serie sino para introducir cuestiones de orden metafísico. Honores anota que este autor utiliza la extrapolación temporal para ubicar las acciones en un futuro, y que en ese entonces por ocurrir se revelan las contradicciones y vacíos del presente.

Fantasmas del futuro no es una respuesta al reciente título publicado por José Güich (Universos en expansión. Antología crítica de la ciencia ficción peruana: siglos XIX-XXI), pues ambos han aparecido casi simultáneamente. Entre uno y otro hay hondas coincidencias, pero también notables diferencias... y también insondables silencios que comunican. Ambos se complementan y retraen, uno y otro incentivan al lector a seguir hurgando en las cuerdas espaciales, y en los misterios del universo y las posibilidades del futuro. La antología de ciencia ficción que ya está bien avanzada por Honores se basará sin duda en los presupuestos expuestos tan ampliamente en Fantasmas del futuro. Teoría e historia de la ciencia ficción (1821-1980). Solo título (Noticias del futuro) ya remece el escenario literario nacional. Esta es una obra que se complementa a su antología de ficción fantástica Más allá de lo real. Como testigo de estos maravillosos hechos, e incluso cómplice en algunas de las conspiraciones académicas eltonianas, además de persona natural de algún modo vinculada con estas inquietudes, solo me queda esperar las respuestas de los nuevos investigadores. Quieran los apus que algunos de estos fantasmas del futuro estén aquí, escuchándome, en este recinto académico.

*Texto de presentación de José Donayre, leído el martes 6 de noviembre en el marco del X Coloquio de estudiantes de Literatura, Caelit-UNFV.

martes, 18 de septiembre de 2018

5 clásicos de José B. Adolph

5 clásicos de José B. Adolph

José B. Adolph es sin duda, uno de los más importantes autores de la literatura fantástica y de ciencia ficción peruana y latinoamericana de la segunda mitad del s. XX. A diez años de su partida recomiendo su obra completa y de ella selecciono cinco títulos imprescindibles.

1. Hasta que la muerte (1971)


2. Mañana, las ratas (1984)


3. El retorno de Aladino (1968) 


4. Mañana fuimos felices (1974)

5. Los fines del mundo (2003) 




lunes, 17 de septiembre de 2018

5 mejores películas de superhéroes

5 mejores películas de superhéroes


1.  The dark knight


2.  Wonder Woman


3. Doctor Strange


4. Captain America. The winter soldier


5. Thor. Ragnarok


jueves, 16 de agosto de 2018

VV.AA. Horror Queer (Antología). Lima: Cthulhu, 2018. 150 p. Selección de Marcia Morales Montesinos.




VV.AA. Horror Queer (Antología). Lima: Cthulhu, 2018. 150 p.  Selección de Marcia Morales Montesinos.



            Esta antología invita a explorar nuevos mundos narrativos. A partir de la relación entre el horror fantástico y lo queer (o “cuir”), que alude a la comunidad LGBT, es que los autores antologados enmarcan sus ficciones. Desde el principio supone un ejercicio políticamente incorrecto, ya que si repasamos la larga tradición de ficciones de horror, los personajes centrales han sido dominantemente heterosexuales. En este caso, dado el auge de los movimientos de reivindicación sexual y de género (y quizás cierto nicho editorial) es que se propone posicionar como centrales a personajes ubicados socialmente en el margen. De otro lado, el título en sí mismo supone un juego ambiguo: se puede sentir “horror” hacia lo queer, es decir, lo queer provoca horror (como en algunos relatos). En ese caso, detrás de ese juego políticamente incorrecto se esconde una visión muy conservadora sobre el género LGBT, ya que estos serían los nuevos monstruos del siglo XXI.

            Y es que si nos centramos en los relatos (en este caso, me comentaré solo a los autores peruanos), solo dos (Carrillo y Huerta) escapan a ciertos estereotipos creados y aceptados socialmente. En la mayoría, ser “queer” significa ser máquinas sexuales, dedicarse a la prostitución, o poseer una alta promiscuidad sexual. En el caso de Carlos Saldívar, el personaje central se dedica a la prostitución y es violentado por una pandilla de jóvenes homofóbicos. Frente a la muerte inminente se entrega en su fe a una deidad maligna, “Nuestra señora de la noche”, que da título al cuento. Esta “diosa” se describe como “[…] alta, atlética, con amplios senos y caderas curvilíneas, tenía un traje de apariencia metálica, negruzco, ceñido. Piel trigueña y una cabellera marrón […] la entidad llevaba unos tacos negros, enormes” (17-18). La diosa parece una encarnación de “Catwoman”. ¿Podría esta figura claramente femenina ser la liberadora del sujeto queer?

En “La chica más honrada” de Gonzalo del Rosario intenta recrear el habla popular de un sujeto queer en amoríos con un joven sicario. Al descubrir que ella es él, sufre la violación. Se supone que este recuerdo es el inicio de su actividad sexual. Tal como está construido el relato, pareciese que el sujeto central “gusta” (no diremos que “goza”) de lo sexual, a pesar de la violencia. Si el horror es el acto violento, también podría ser “horroroso” esa forma de aceptar los hechos.

“El sireno al revés” de Julio Meza, parte de una anécdota que el propio autor narró en algún congreso de escritores en Lima, acerca de noticias sensacionalistas durante los años 90. En ese caso, distorsiona la anécdota para ajustarse a los requerimientos del libro. Por momentos es absurdo y provoca humor y de otro es escabroso y vinculado a la serie de seres fantásticos.

“El íncubo” de Hernest Tarek es conservador desde el punto de vista ideológico ya que refiere a la mujer como agente del mal. “la mujer […] siempre los ha llevado [a los hombres] a traspasar el límite de la locura, los convierte en potenciales transgresores de sus propias leyes a cambio de favores. Muchas de ellas, también, son presas de la lujuria y la excitación […] (101). Hay una vuelta de tuerca porque el íncubo sucumbe ante el poder de un singular súcubo que gusta de las mujeres.

“Crónicas de la ninfa y el fauno –duelistas en North Town” sitúa las acciones en el año 3069. En este mundo futuro, el sexo se vuelve vital para la vida (¿?), ya que “el sexo producía ahora en los organismos vivos hormonas y agentes necesarios para la generación de energía y reconstrucción celular” (120). Se muestran espectáculos sexuales en los que el exceso y la hipérbole son la distinción.

“El hijo de Dirty” trata sobre una hipotética pareja de mujeres asesinas, cuya particularidad (osea, el carácter psicópata pasa a segundo plano) es que de una de ellas emana un ser asqueroso como larva.

Dos cuentos escapan a los estereotipos sexuales ya comentados al inicio y llegan a un nivel alegórico. En “El pelado Jairo” de Tania Huerta, nuevamente aparece el sujeto queer, que es en el fondo, un psicópata. Él busca ser ella (una mujer pelirroja), desea ser otro (en este caso, otra). Es un cuento macabro que tiene como referente a Hannibal Lecter o Norman Bates. Y sin duda, “No me gusta el terror visceral ni el gore” de Carlos Carrillo, el mejor de todos los referidos, no solo porque lo queer es aquí un pretexto para contar una buena historia, en el que mezcla el imaginario local y el horror gótico del cual es un importante cultor. Un relato potente y de gran imaginación, con una estupenda vuelta de tuerca.

Así que están avisados. Horror queer pretende ser un libro alterno a la corriente mainstream (y hasta cierto punto lo es), pero en el fondo no puede dejar de estar dentro de los paradigmas sociales- sexuales, dominantes. Es un libro visceral, no recomendable para los amantes del estilo “García Márquez”, ya que exige del lector otro tipo de sensibilidad.



Elton Honores

sábado, 11 de agosto de 2018

José Güich. El sol infante. Lima: Editorial Planeta- Emecé, 2018. 152 p.




José Güich. El sol infante. Lima: Editorial Planeta- Emecé, 2018. 152 p.

            José Güich (Lima, 1963) vuelve a deslumbrar en este nuevo libro de cuentos, cuyo eje articulador es la ciencia ficción y lo fantástico. Si bien en los países del primer mundo la CF es mainstream, en América del Sur tiene una condición marginal, o contracultural e independiente en el mejor de los casos. ¿Por qué el narrador, en una historia ambientada en el futuro, elige que uno de sus personajes sea fanático de Inspiral Carpets? El grupo ochentero de Manchester, dueño de títulos como “The worlds collide”, “She comes in the fall” o “Bitches Brew” es marginal respecto a The Smiths o James. Puede establecerse un paralelo entre la condición indie con toques de sicodelia del grupo con la condición del propio Güich, escritor indie y sicodélico que no se ajusta al canon dominante. Cuando uno escucha al grupo sabe que Inspiral Carpets suena al new wave inglés, pero dentro de ese universo su sonido es singular. Así, podríamos decir que Güich se parece a otros escritores (Adolph, Serling, Bradbury), pero es también singular, dentro del universo de la CF. Con esto quiero decir que Güich ha logrado ser un autor con un registro y temas obsesivos (la crítica y rechazo a los órdenes totalitarios o a cualquier tipo de guerra; lo criollo y lo andino; la modernización de la ciudad; la familia).

            “El sol infante” es una historia posapocalíptica, en el que la energía solar ha menguado y su dominio tiene implicancias políticas. No es ya dueño del mundo quien posee el capital, el capital es ahora la energía solar, porque se asume que la sobrevivencia humana depende de su control. En la línea de Sunshine (2007) de Danny Boyle –esa pequeña joya del cine de CF contemporáneo- se trata de obtener una solución efectiva a esa amenaza. En el cuento de Güich un grupo de científicos ha logrado producir o replicar energía solar del tamaño de una pequeña esfera. Lo sorpresivo es la conciencia que adquiere la esfera (con esto entramos en un plano místico-religioso) en un contexto de enfrentamientos entre los rebeldes (una suerte de mutantes, expulsados del “paraíso”) y el aparato totalitario. Al final se desliza el carácter cíclico de un antiguo culto solar, esta vez apoyado en base al avance científico. Ciencia y Religión se presentan como complementarios, no como excluyentes. Es un cuento adolphiano por ese juego de paradojas sin resolver.

            “Arabella. Serie B” es un claro homenaje al cine de CF norteamericano de los años 50, en particular a ese pequeño genio, Jack Arnold. En este caso tenemos un mundo posapocalíptico. Una pequeña familia rural intenta sobrevivir en ese escenario en el cada vez más escasea el alimento. A diferencia de los filmes de los 50,  Arabella, una araña domesticada genéticamente para que sea “herbívora”, es la mascota de la familia. Lo sorpresivo ocurre cuando esta empieza a crecer de forma desmesurada convirtiéndose en una amenaza para la propia familia, ya que supone el gasto de recursos alimenticios. El conflicto surge cuando retorna con un tamaño descomunal. Tenemos el retorno de lo familiar y conocido que se torna extraño. Su monstruosidad resulta menor en comparación a los deseos de destrucción del ser humano, pero también podríamos decir que es alegoría de algo que crece al interior de una familia y que al alcanzar la madurez se torna incontrolable. El dilema es aceptar la monstruosidad familiar o aniquilarla.

            “Gigante rojo a la carta” rinde homenaje encriptado a uno de los capítulos de The Twilight Zone, de la cual el autor es fiel devoto. Pero también encontramos referencias a The Zero Theorem (2013) de Terry Gilliam y a la serie inglesa Black Mirror (como en el capítulo “Oso blanco”). Se trata de la representación de un mundo artificial futuro en el que se supone hay un castigo que se reitera hasta el infinito: el infierno es la repetición.

 “Legado” devela el misterio de la destrucción de la humanidad y de su legado, que da título al libro. Nos habla de cómo se manipula la historia para que esta adquiera un sentido, una orientación. Pero en el fondo es también nihilista por cuanto la civilización humana se engaña a sí misma al pensar que ha alcanzado algún grado de desarrollo, pues este siempre resulta siendo discreto en cuanto a las realidades del futuro. Es otro cuento de corte adolphiano, pero a la vez “güicheano”.

“Los fundadores” juega con el título de Fundación de Asimov para proponer que en algún punto de la historia humana la nanotecnología podrá hacer creer que el ser humano ha alcanzado la felicidad. Si bien, no es una crítica como en algún cuento de Juan Rivera Saavedra de los años 70, el futuro y la ciencia se presenta de un modo más amable y positivo. Muy cercano al capítulo “San Junípero” de Black Mirror, se trata de una casa con un “dispositivo electrónico” cuyos efectos son producir la sensación de perfección. La casa puede cambiar de color según los deseos de quien la habita, además de múltiples opciones. Esto sirve para hablar del cambio urbano, de la nostalgia por la casa familiar y de la posibilidad de habitar perpetuamente en ella. Gracias a este dispositivo se puede volver a ser joven y vivir allí en la eternidad. Es un texto optimista con el que se cierra el libro.

            En cuanto a los textos fantásticos, tenemos “Córdoba, 1614”, que presenta la visión de una ciudad anida que cobra vida en la experiencia de uno de los personajes. Lo curioso es la condición fantasmal de lo andino, nuevamente como una presencia que siempre retorna; “Moulin/Molino” es un breve texto fantástico que al estilo cortazariano entrecruza tiempos, en un mundo de conspiraciones; “Ofrenda” en el que aparece la figura de Pablo Teruel, protagonista de otras novelas policiales de Güich. El misterio se resuelve gracias al poder femenino y ciertos fluidos magnéticos, que cruza la historia con el ambiente criollo de Valdelomar. Y “La sirena varada”, que alude a Héroes del silencio, y que ambienta la historia en plena Guerra Civil Española.

            El sol infante es un estupendo libro. Son historias que entretienen pero que van más allá. Y la ciencia en Güich es solo un pretexto para hablar sobre cuestiones humanas, de sus pasiones, y de aquello que mueve a los seres a realizar una acción, en un mundo que cambia constantemente.

Elton Honores

domingo, 8 de julio de 2018

Alex Ginés. Los black metal también lloran. Huánuco: Wasamandrapa, 2017. 105 p.




Alex Ginés. Los black metal también lloran. Huánuco: Wasamandrapa, 2017. 105 p.

            Álex Ginés (Huánuco, 1981) es autor de Los black metal también lloran. El libro reúne un conjunto de relatos referidos a la comunidad metal en Huánuco. Tiene un registro humorístico y costumbrista, apela al lenguaje de la calle, al estilo de Oswaldo Reynoso. El título busca desmitificar o, mejor dicho, no tomarse muy en serio la condición de “black metal”, subgénero metal asociado a un estilo de música fuertemente tanático y anticristiano. También alude a la famosa novela mexicana “Los ricos también lloran” de 1979. Aquí encontramos la clave del libro: el melodrama, que se orienta en Ginés, hacia el humor. No tiene la melancolía y el vacío existencial por la pérdida, como ocurre en  el film Metalhead (2015) de Ragnar Bragason, sino que muestra a un grupo de jóvenes nocturnos que asisten al pogo, beben licor en las calles y son tomados por la comunidad como hijos de Satanás, pero que solo buscan la triada “sexo-drogas y rocanrol”.

            El autor manifiesta diversas influencias: “Luis Hernández, Andrés Caicedo, Yukio Mishima, Marcel Schowb, Carson McCullers, J.D. Salinger y Thomas Mann todos fallecidos” (Correo, 2017); “Andrés Caicedo, Luis Hernández, Bukowski y Ribeyro, aunque realmente son muchos los escritores que uno admira. Por ejemplo, también me gusta Lovecraft y Salinger, aunque últimamente leo novelas gráficas: Neil Gaiman, Art Spiegelman y Charles Burns” (Ahora, 2018). Lo que hace Ginés es intentar crear un estilo propio a partir de su experiencia de lo popular, lo que termina por carnavalizar esa realidad a través del lenguaje.

            La mezcla es uno de los ejes, y esto lo lleva a subvertir sentidos como cuando uno de los personajes es calificado como “chichero satánico” (37), otro sostiene que “¡Estamos tocando un death trash neo grincore black folk viking metal” (62). O en uno de los cuentos agregados cuando afirma: “Los Motley Crue con Poison [tenían] un inclasificable look de rosquetes forajidos […]” (96). Esas mezclas bien pueden describir el libro, pues parte del estereotipo del “metal” para mostrar otro lado: sus penas juveniles.

            El factor político aparece diluido a través de críticas al sistema: “el país está pobre, el presidente un ladrón, nunca trabajamos en lo que queremos, y nuestro fútbol siempre será una cagada, una pena” (11); los habitantes son “sobrevivientes de gobiernos mal habidos, del Chino y su yuca, del Caballo y su litio” (12). El libro se cierra con la imagen desmitificadora de los “hombres de negro”, pues al final dice el narrador que: “Y dicen por allí que sus mujeres los golpean y ellos [los “metaleros”] lavan los platos escuchando su heavy metal, su trash metal y su death metal” (87).



Elton Honores