sábado, 30 de julio de 2016

PACHECO, Karina. La voluntad del molle. Lima: Fondo de Cultura Económica, 2016. Por Jhonny Pacheco




PACHECO, Karina. La voluntad del molle. Lima: Fondo de Cultura Económica, 2016.

 

La caja de Pandora de Karina Pacheco

Por: Jhonny Pacheco

 

Una reedición de una novela connota una lectura valorativa por parte de los lectores, así como la aquiescencia del tiempo para arribar a miradas núbiles ante la escritura de un autor que, tal vez, pasó desapercibido en su momento. Devolver un libro a la palestra significa, además, una consagración a su creador, ya que es un premio a su perseverancia y talento en un país como el nuestro, donde la producción editorial y el hábito lector no son sinónimos de otros lugares como Argentina, España o México. Así, es plausible la honrosa y pulcra publicación que han hecho de La voluntad del molle, de Karina Pacheco, quien se ha granjeado con mucho esfuerzo, trabajo y dedicación, la reaparición de su obra novelística, como el respeto de la crítica, en el escenario literario de nuestros días.

            En el caso de La voluntad del molle (SM 2006, FCE 2016), esta es una novela paradigmática y profunda en cuanto a la trama que ella desencadena. ¿Cómo se logra ello? El argumento es claro y sencillo: dos hijas (Elena y Elisa) descubren, luego de que su madre Elena Suárez ha muerto, un baúl con fotos y cartas que, a posteriori, tejerán una historia sórdida que las llevará a conocer una sucesión de hechos que padeció su progenitora. Este decurso misterioso y sinuoso profana la linealidad de sus correlatos familiares. Solo quedan las digresiones e implicancias de las tangentes en el mismo centro de su entorno. De esta manera, asistimos a recuerdos, fábulas, veladas, collage de costumbres, y cuadro de enajenaciones, narradas al modo del folletín, en el que cada final de capítulo despertaba el suspense del lector.

Esta última idea no es casual en la novela, puesto que ella nos sumerge en el mundo y tribulaciones de Elena Suárez, hija de una familia cuzqueña acopiada de costumbres rancias, verbigracia: discriminación, clasismo y arribismo social, tópicos tratados en la formación de los países latinoamericanos en el siglo XIX, pero actualizados en la prosa de Karina Pacheco para mostrarnos la desnudez y falencias del núcleo familiar cuzqueño, sine qua non de la nación peruana, espectro social que no ha superado los avatares y prejuicios luego de un centenario desde que se discutieron las ideas de matrimonio, familia, identidad, y el rol trascendental de la mujer.

            Nuestro argumento tiene asidero en lo mencionado por Rocío Ferreira acerca del texto en cuestión: “Para entender la realidad cuzqueña de dos épocas muy distintas hay que leer Aves sin nido, de Clorinda Matto de Turner, y La voluntad del molle, de Karina Pacheco Medrano. Mientras que Clorinda nos centra en la problemática construcción de la nación a fines del siglo XIX, Karina nos imbuye en el complejo entramado de la sociedad cuzqueña contemporánea durante la época del conflicto armado”. Incluso, si extendemos esta idea, estamos ante una notable intriga que no solo cuestiona el discurso patrio, sino que presenta lo que realmente hemos llegado a ser y somos como país: una ficción nacional que ha ocultado de manera dérmica los males de la sociedad con el objetivo de construir un Perú moderno; no obstante, estos problemas dejan sentir su presencia en cada error de nuestra historia, pues son la base del devenir peruano.

            En esta narración, Karina Pacheco ha logrado profundizar el cuestionamiento de lo nacional desde los prejuicios por el color de piel, el posicionamiento social a partir del linaje, y el cuidado de las apariencias por salvaguardar la honra familiar; por supuesto, estas contrariedades arcaicas muestran los rezagos coloniales de nuestra ciudadanía que, al no ser superados, desembocan en políticas de violencia y terror en la población civil. Este entramado de circunstancias lo hallamos desarrollado, por ejemplo, en la oposición de la familia cuando Elena inicia una relación amorosa con Alejandro, pues querían un pretendiente de “buena familia” para su hija; también, al decidir los padres de ella obsequiar a Javier, hijo de la pareja no consentida, a unos extranjeros con el fin de no macular la dignidad de su status; por último, debido al hogar disfuncional en el que vivió Javier, su carácter y conducta se formaron en medio del resentimiento y la marginalidad, ingredientes que lo llevaron a enrolarse al grupo subversivo Sendero Luminoso. Este cuadro es un recorrido acerca de la problemática peruana representada en las peripecias de la mencionada pareja cuzqueña.

            Otro aspecto a destacar es la importancia de la carta, pues su función radica en ser soporte de la intimidad y verdad de quien la escribe. En el caso primero, Elena y Elisa, a través de las epístolas, empiezan a conocer la vida privada de su madre; con ello, consiguen desentrañar los resquicios y vericuetos de una armonía aparente de sus vidas, ya que lo íntimo y personal se halla en aquellos papeles apócrifos que han dormitado durante años con el objetivo de revelar, en algún momento, su contenido, su verdad, distorsionando la realidad que las rodea, como cuando comienzan a tener problemas en sus trabajos y crisis en sus relaciones amorosas. En el segundo caso, siguiendo a Eric Landowski, una misiva es un objeto para ser enviado; esto no implica necesariamente una traslación espacial para ser entregada al interlocutor, pues una “carta literaria”, como se aprecia en esta ficción, es aquella que cumple su rol al ser escrita, ya que su destinatario es el mismo acto de la escritura; esto se aprecia en la abundante correspondencia de Elena, donde las palabras se significaban y se enviaban constantemente en la misma redacción (Alejandro), lectura (Elena) y relectura (hijas) de las epístolas. En consecuencia de este circular prodigado, se generaba una fábula alrededor de una verdad con el objetivo de exorcizar, mediante un detalle pormenorizado de su hijo y expareja, lo que Elena no podía realizar: su rol de madre y mujer con ellos. La carta, entonces, funcionó como dínamo de una vida conyugal solo existente en la escritura y el afecto de ellos.

            Igualmente, un elemento a destacar es el tema de la memoria representada en las fotos. Para Roland Barthes, la fotografía es el recuerdo imperecedero de un instante único e irrepetible de una persona; es, también, un culto a la muerte, pues los retratados no envejecen, sino que viven en el papel siempre jóvenes gracias a su fenecimiento. Así, ni Alejandro ni Javier han envejecido en las instantáneas, tampoco desaparecidos, sino que están presentes ante cada imagen encontrada y visualizadas por Elena y Elisa. Asimismo, la foto per se tiene la naturaleza de ser revelada, y eso es lo que colegimos en La voluntad del molle, en el que las imágenes, en conjunto con la correspondencia, se encuentran en ese baúl rojo a la espera de revelar su secreto, la otra historia, para establecer correlaciones, preguntas y una veneración al hijo de Elena, Javier Huamán, muerto en vida al no pertenecer a una familia y unirse a Sendero Luminoso, y sepultado, luego, al ser ajusticiado, al parecer, por las fuerzas del orden. Debido a ello, la función de los microfilms se ha ejecutado: guardaron callados un misterio personal hasta que mostraron, al ser descubiertos, lo verdadero, lo que servía de sustento a la ficción vivida por la protagonista.

            Por último, el tema del conflicto armado es el derrotero de la narración. La trama nos conduce por una serie de caminos familiares, problemas sociales, confidencias personales, y líos amorosos, hasta arribar a la coyuntura de la guerra interna vivida en el Perú. Esta desembocadura a la que llega Elena y sus dos familias es semejante a lo que sufrió el país en estas últimas décadas: una violencia terrorista que destruyó y tergiversó un orden social, así como la búsqueda de la justicia para los demás, dejando en el camino muchas víctimas, desaparecidos, madres sin hijos, hogares destruidos, y un desequilibrio moral e intelectual que hasta el día de hoy no se ha podido reparar como se debe. Así, la novela de Karina Pacheco nos vuelve a situar en la literatura de la violencia política, aunque tratado con sutileza y una escritura armoniosa de reconciliación, ya que esa voz oculta en las misivas y fotos buscan una comprensión por aquellas personas que nacieron después de esta etapa fatídica. No hay reconciliación sin un trabajo de la memoria que pueda sanar las heridas del pasado; por ello, este inicial libro de la autora anhela convertirse en esa roman à clef, desde luego, no para tratar la vida íntima de una persona bajo la ficción, sino para exponer la historia privada de la nación enmascarada en una familia del Cuzco, lugar ceremonial y cuna del Perú.

            Sin lugar a dudas, La voluntad del molle, gracias a esta segunda edición del Fondo de Cultura Económica, deja constancia que una ópera prima si puede tratar temas a profundidad, cuestionar los valores en el que nos hemos criado, criticar los recuerdos y lazos familiares circundantes, así como reescribir parte del legado cultural dejado por nuestros antecesores, puesto que una novela, como la de Karina Pacheco, evidencia que debe existir voluntades y perseverancia de crecer como el molle, metáfora de la nación donde vivimos aún en ciernes.

martes, 26 de julio de 2016

Isabel Sabogal. Un universo dividido. Lima: Altazor, 2016. 214 p.




 

 

Isabel Sabogal. Un universo dividido. Lima: Altazor, 2016. 214 p.

 

            Hasta la fecha, Isabel Sabogal (Lima, 1958), es autora de una única novela, publicada inicialmente en 1989, y reeditada ahora por Altazor, con el nombre final de Un universo dividido. Rossella di Paolo decía sobre esta, que presentaba “espacios arquetípicos (cielo/ infierno) y […] nos pone en contacto con símbolos universales (occidentales) y con los temores y sueños que alguna vez poblaron nuestra infancia […] [además de establecer un] juego de oposiciones mágicas: el dragón y la princesa, el ángel y el demonio, la cotidianeidad y el infinito” (La tortuga. Revista alternativa de actualidad, N°31).

            La novela explora el mundo infantil, en especial el mundo femenino (por lo que puede leerse como una novela “feminista”) sobre la base de dos ejes: la casa y la mujer. Ambas forman un díptico inseparable en términos simbólicos y estereotípicos (casa-mujer). La novela narra la construcción de la identidad de la mujer, su aprendizaje y ubicación en la sociedad.

            Denominamos como “mujer” al personaje central porque no tiene nombre (sí un deseo de llamarse Cristina). Esta es un ser híbrido ya que posee tres naturalezas: humana, celestial y demoníaca. Lo humano remite a ciertos afectos y emociones; lo celestial, a la pureza y bondad; y lo demoníaco, a la rebeldía, al mal y a la sexualidad, que será una pulsión constante a lo lago de la novela.

            Este ser “híbrido” es “raptado” por los demonios. El personaje transitará como Dante en la Comedia, por distintos espacios: el infierno, el cielo y la tierra. La autora se apoya en la estética bíblico-religiosa para darle “verosimilitud” a las aventuras del personaje central, es decir, se apoya en la memoria social e imaginario popular. Además de Dante, podemos encontrar ecos del mundo maravilloso de Tolkien –y quizás de Neil Gaiman, en cuanto al tratamiento del universo infantil.

            En términos ideológicos o sociales, la mujer es un ser rebelde, semejante a Lucifer, el ángel caído, expulsado del Paraíso; pero la mujer es también el objeto de deseo inocente, siempre llamada a caer en la tentación de la carne, es decir, de orden sexual. La mujer vive amenazada constantemente por estas presencias. Si a ello agregamos la casa como espacio represor, vemos que la autora refracta problemas reales y de actualidad, apoyándose en la estética bíblico-religiosa, maravillosa y con ecos góticos.

            El final de la novela se revela como “romántico”, pues busca generar una ambigüedad sobre la narración principal. Esta no es obra del sueño, ni alucinógenos, sino como un producto de la demencia de una anciana que ha narrado su pasado. La novela se revela como un artificio, por ello, se puede notar cierta tensión por orientarse hacia el realismo “dominante” de los años 80s.

            No hay, eso sí, momentos de humor, sino que el tono es grave y serio. Quizás los años del terror de los años 80s hayan calado en ese tono y búsqueda existencial sobre la condición de la mujer y su identidad. Un mundo dividido parte del imaginario maravilloso para mostrar un modo de “leer” la realidad, como una lucha eterna entre el Bien y el Mal, entre el Cielo y el Infierno, en un espacio en el que el ser humano es solo un ángel caído. Mención aparte merecen las ilustraciones del libro hechas por José Gabriel Alegría Sabogal, con claras influencias de Durero y William Blake.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

domingo, 24 de julio de 2016

José Güich Rodríguez, Carlos López Degregori [y] Alejandro Susti Gonzales. Del otro lado del espejo. La narrativa fantástica peruana. Lima: Universidad de Lima, 2016. 299 p.




José Güich Rodríguez, Carlos López Degregori [y] Alejandro Susti Gonzales. Del otro lado del espejo. La narrativa fantástica peruana. Lima: Universidad de Lima, 2016. 299 p.

Del otro lado del espejo. La narrativa fantástica peruana, cuya autoría corresponde a José Güich, Carlos López Degregori y Alejandro Susti, es un estudio panorámico compuesto por diversos ensayos independientes que otorgan al lector una idea clara de la tradición fantástica local. El libro está dividido en tres partes: “Modernismo y Vanguardia” (Clemente Palma, César Vallejo, Abraham Valdelomar); “Cuatro autores de los cincuenta” (José Durand, Julio Ramón Ribeyro, Luis Loayza y Manuel Mejía Valera); “De los sesenta a los noventa” (José B. Adolph, Rodolfo Hinostroza, Harry Belevan, Carlos Calderón Fajardo y Enrique Prochazka). Este libro aparece en uno de los mejores momentos para los que siguen y estudian esta tradición, ahora quizás ya no tan marginal, sino más bien, menos marginal. En unos meses se anuncia también la edición del trabajo de Audrey Louyer titulado: Arbre, passages et constellation : approches de l'expression fantastique au Pérou (1960-2014) -Árbol, pasajes y constelación: enfoques de la expresión fantástica en Perú (1960-2014)- que ampliará y completará el panorama a la producción del siglo XXI.

Volviendo a nuestro libro, los autores propuestos en el conformarían un “canon” fantástico peruano del siglo XX, y no hay dudas tanto de la calidad como de la validez de su inclusión en este trabajo tricéfalo. Como en la mejor tradición clásica, este cancerbero es una digna amenaza al status quo literario. Sin duda, destaca el rescate de dos autores del 50s como Mejía Valera y Durand, a quienes se debe reeditar con urgencia, pues corren el riesgo de ser meros entes fantasmales e inasibles inventados por los autores de este libro, ya que sus libros se publicaron en México hace ya varios años y no existen ediciones locales de Desvariante, Un cuarto de conversión o El testamento del rey Midas, principalmente. Así mismo, la revaloración de la narrativa de César Vallejo desde las coordenadas de lo fantástico, a-pa-le-a-do por los “Humbertos Grieve” (los que solo idolatran su obra poética y rechazan radicalmente su narrativa). En cuanto a la tercera parte, esta es la más sugerente, pues establece una continuidad con esa gran eclosión fantástica de los años 50s y se abre a nuevas perspectivas, horizontes, sensibilidades y que resultarán más cercanos al lector del siglo XXI. Quizás lo que habría que decir es que cada autor de este trabajo posee una sensibilidad que ha orientado a elegir determinados textos, sacrificando otros más justos. La importancia del trabajo es que permite diseñar un “canon” fantástico que permitirá futuras discusiones sobre el mismo.

Hace cerca de cuarenta años, el mainstream literario tuvo la oportunidad de darle valor y legitimidad a la narrativa fantástica peruana, a través de la aparición del extraordinario Escuchando tras la puerta (1975) de Harry Belevan. Y no ocurrió así, porque en el prólogo de nuestro nobel Vargas Llosa titulado “Harry Belevan o el robo perfecto” establece una serie de prejuicios que se han venido repitiendo a lo largo de los años. Nociones como “extraterritorial”, “extranjerizante” o “literatura parasitaria” solo revelan que detrás de las palabras del nobel, hay un discurso de izquierda propio de esos años revolucionarios que mira con desconfianza todo aquello que subvierta las formas canónicas del realismo decimonónico. Qué distinto hubiese sido un prólogo realmente consagratorio, quizás los prejuicios hacia lo fantástico habrían sido mucho menores –sin embargo, esto sería ya entrar en una ucronía y no en la historia real- por ello, la relevancia de este libro, que desde la institucionalidad cobra revancha, absuelve y realiza un acto de desagravio a todos los autores fantásticos, desde el propio Belevan, a autores como Adolph o Calderón Fajardo; y muchos otros como Rivera Saavedra, Rivera Martínez…

Se piensa lo fantástico en la crítica, desde coordenadas espaciales (centro/canon vs. periferia/marginal o “realismo social” vs. “fantástico”). Si bien es cierto que el ejercicio de lo fantástico no fue bien visto por los críticos del periodo, en el fondo, esto aún ha variado muy poco. Y tampoco lo plenamente fantástico es marginal, pues hay varios espacios intermedios en los mundos de ficción (que permiten más bien “indefiniciones” de lo fantástico antes que su ubicación precisa en esta modalidad discursiva), que no gozan del beneficio de la “crítica”. Hay más marginalidad de lo que se piensa (es decir, los autores seleccionados de Del otro lado del espejo, son los menos marginales de un grupo de marginales compuesto por marginales de la marginalidad estética). Y tampoco ser marginal es sinónimo de calidad.

Sobre el título del libro: ¿Del otro lado de espejo? Tengo mis dudas de si lo fantástico en Perú o Latinoamérica es como en el texto de Lewis Carroll, solo un juego de espejos (que remite al reflejo invertido). Si lo fantástico es así (mirar desde dentro del espejo hacia el exterior-la realidad) las connotaciones marxianas de la literatura como “reflejo” son claras. Pero ¿se trata de un solo espejo o de varios? La “metáfora” del espejo funciona como “mirar” la realidad, siempre que no se deje de lado el factor ideológico. Por ejemplo, todos hemos leído 1984 de Orwell y sabemos lo que significa el Estado totalitario, pero ¿qué ocurre si el lector es un neo-fascista del siglo XXI? ¿Rechazará ese orden o lo mirará con admiración? Lo mismo ocurre con el autor, quien tampoco escapa a una perspectiva ideológica. Cada quien puede titular el texto como le parezca más justo. Esto no es en modo alguno una queja, sino más bien una defensa de la singularidad. 

En síntesis, Del otro lado del espejo continúa con la exploración de esta tradición, a la vez que demanda ya una segunda parte, una especie de lado B de los marginales, en el que se pueda incluir alguna de las voces femeninas (como Sara María Larrabure o Pilar Dughi), lo cual será una demanda para este trabajo. Del otro lado del espejo es un libro importante y de referencia para la historia y crítica literaria. Que este libro sea un espejo hechicero, que no sea cubierto por ningún velo negro ni se rompa jamás ni se pierda en las tinieblas del tiempo

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

sábado, 23 de julio de 2016

Emilio del Carril. En el reino de la garúa. Puerto Rico: Editorial Pasadizo, 2014. [s.p.]




Emilio del Carril. En el reino de la garúa. Puerto Rico: Editorial Pasadizo, 2014. [s.p.]

            Con una estructura y propuesta original, Emilio del Carril (Puerto Rico, 1959) ha escrito uno de los libros más importantes del microrrelato latinoamericano contemporáneo: En el reino de la garúa. El autor utiliza el recurso del clásico relato oriental de Las mil y una noches, para contar la historia del fabuloso reino de la Garúa, un reino acéfalo (en su defecto, gobernado temporalmente por el niño príncipe) que otorgará el gobierno a quien sea capaz de contar de modo ininterrumpido 1001 relatos. Así que el lector asiste a los últimos 101 relatos del “cuenteador”. Se trata de microrrelatos que recogen tanto la tradición latinoamericana (Borges, García Márquez y su “realismo mágico”, Cortázar) como la occidental (Lewis Carroll, Tolkien) e incluso, la oriental.

            Zoé Jiménez Corretjer, ha dicho del libro que es un “texto de lo maravilloso donde se funden la realidad con el sueño sin llegar al espanto. Lo psicológico obra sin el fenómeno del uncanny freudiano, dando paso al absurdo como objeto estético de reconstrucción formal. En este plano, la irrealidad se asienta en los parámetros de lo ilógico y se acepta. Se funden lo irracional con la realidad para emparejar situaciones, personajes, espacios que parodian la existencia misma” (Jiménez Corretjer 2013). José Borges sostiene que los ejes del libro “abarcan la cultura popular, las tradiciones, los mitos judeocristianos, los cuentos de hadas y el canon literario” (Borges 2013). Luis Felipe Díaz añade sobre el libro que “El juego con lo espejístico, la capacidad de verse a sí mismo en la "otredad" oculta del lenguaje, resulta imprescindible en la lectura de estos relatos” (Díaz 2013).

            El universo mágico-maravilloso será dominante en la mayoría de textos, en el que se narran el “origen” de nuevos mitos, con referencias al panteísmo; así mismo las referencias al mundo bíblico-religioso, y la cultura pop (popular-nativo y global como los comics); la presencia de seres fantásticos (monstruos) y reflexiones sobre la condición del artista. Pero también hay algunos otros en clave política. Por ejemplo, “Manual de sombras” (915) alude a los campos de exterminio de judíos en Auschwitz; o “Lo que pensó un hombre que se tiró desde el piso cien de un rascacielos cuando pasó a toda velocidad por el piso cincuenta” (959), que afirma: “Hasta aquí, todo va bien”, que podría sugerir el arrojo voluntario de las víctimas del 11-S.

La principal estrategia para crear el efecto fantástico (humorístico, en otros)  es la “vuelta de tuerca” (el “golpe”) al final de cada texto. Por ejemplo, en “Un castillo especial” (954) se cuenta: “Érase una vez un hada que tenía un castillo construido con los primeros dientes de los niños. Como tuvo problemas con algunas paredes que se debilitaron con caries, emitió un decreto para prohibir los dulces a los niños de la comarca” (énfasis míos). Lo lógico sería prohibir la construcción del castillo con ese material, sin embargo la decisión es distinta, ilógica desde nuestro punto de vista, pero no para los habitantes-lectores del reino de la garúa.

Sin duda, En el reino de la garúa es un estupendo libro de microrrelatos que demuestra que la ficción hiperbreve puede ser expresión de un proyecto literario mayor y ambicioso (como los casos de Shua, Jiménez Emán, Avilés Fabila o Iwasaki), y no un mero juego efímero e imitativo.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

miércoles, 20 de julio de 2016

Javi Velásquez. La niña del azúcar. Lima: 2013, 190 pp.



Javi Velásquez. La niña del azúcar. Lima: 2013, 190 pp.

            Javier Velásquez (Iquitos, 1981) forma parte de ese nuevo grupo de creadores provenientes de la región amazónica (Paco Bardales, John Ancka) que intentan salirse de ciertos estereotipos localistas y apuestan por una literatura más global, con referentes a la cultura pop, pero, sin dejar la herencia nativa. Velásquez, también guionista del film de terror Cementerio General (2013), conoce las estrategias para crear una narración ágil y con escenas de suspenso. Su formación es más visual. En ese sentido la opera prima de Velásquez es un producto interesante que recoge el imaginario popular, las leyendas “urbanas” sobre una niña fantasmal bajo códigos de la novela policial. Si al principio, las extrañas apariciones de la “niña fantasmal” tienen una dimensión sobrenatural, esta se diluye hacia el final de la novela, cuando todo encuentra una explicación racional. Y es aquí cuando el lector podría sentirse decepcionado en sus expectativas de lectura, pues bajo la apariencia de lo sobrenatural, la novela pierde peso fantástico, para acercarse más al realismo.

            La novela está bien escrita y resulta verosímil dentro de la propuesta del policial realista. Incluso adelanta el sentido y final. En una segunda trama de la novela hay una joven desaparecida, cuando aparece al cadáver, el padre expresa todo su dolor, pero al final, él mismo se da cuenta que se trata de otra joven y pide al policía que siga buscándola. Aquí el lector sabe que ella aparecerá más adelante con vida, lo que importa será saber quién lo hizo y cómo. Esta idea de que el bien triunfa sobre el mal es estereotípica y propia de las narrativas populares más conservadoras. Hubiese sido más sugerente si ella aparecía muerta al inicio de la novela, lo que daría origen a una historia de descubrimiento y de venganza, pero esta sería ya otra historia, con otro final; lo mismo pasaría con hacer efectiva trama sobrenatural.



Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

miércoles, 6 de julio de 2016

Lenin Solano Ambía. El asesino de Notre Dame. Lima: Altazor, 2016. 190 pp.




Lenin Solano Ambía. El asesino de Notre Dame. Lima: Altazor, 2016. 190 pp.

            En toda novela policial tradicional son necesarios el crimen y el agente que investiga. En este punto la novela de Lenin Solano (Lima, 1983) se inserta en esta tradición narrativa que no ha sido estudiada de modo sistemático, a pesar que contamos con singulares exponentes. El autor sitúa las acciones de su novela en París, pero no la ciudad de los atentados de Charlie Hebdo o Le Bataclan, sino en una urbe intemporal, reconocible en este caso por uno de sus íconos culturales: Notre Dame. La novela es una continuación de la primera entrega (aún pendiente de lectura), pero queda claro su contenido y secuencia. La lectura es ágil, aunque uno de sus principales defectos es crear situaciones en serie, con crímenes “misteriosos” y monstruos “espeluznantes”. Las notas periodísticas que se intercalan en la novela ayudan a sintetizar la trama.

            Quisiera comentar dos escenas en las que lo verosímil, o “efecto de realidad” según Barthes, son discutibles. En el capítulo “Amando hasta la muerte”, una estudiante polaca que hace una maestría en La Sorbona se ve en la necesidad de tener vistas de la Catedral de Notre Dame (cerrada para los turistas por los extraños crímenes antes mencionados). El guardián es de origen turco. Ella afirma que haría cualquier cosa, refiriéndose a tener sexo. Si bien en Europa puede haber una mayor libertad sexual, dejan dudas cuando más adelante ella agrega que: “No soy ninguna puta. Jamás le había propuesto tener sexo a algún desconocido y si estoy dispuesta a hacerlo contigo es por agradecimiento” (141). Entonces tenemos que: a) para conseguir material de tesis una persona puede tener sexo con un desconocido, lo cual es una hipérbole o un absurdo; b) el acto sexual es similar a un saludo (dar la mano, por ejemplo), carece de esa sacralidad atribuida por Bataille o Fuentes, es más bien un acto pragmático. O podríamos pensar en que si ella dice la verdad, el lector asiste al primer ejercicio, la primera entrega sexual de la estudiante a un desconocido (la cual se realiza sin pudor); en cambio, si ella miente, entonces sí está acostumbrada a obtener “cosas” con los favores de su cuerpo, lo cual es más verosímil que todo lo antes expuesto. Pero esto contradice a la vez el pacto de lectura y el pacto de verdad. O simplemente se trata más de una fantasía masculina: tener encuentros sexuales fortuitos.  Sobre actos sexuales en escenarios sacros (cementerios) son sin duda transgresores y ameritan un castigo (la muerte). La idea funciona si la ideología es conservadora (como en mucha narrativa de terror), pero en la novela de Solano, el espacio sacro es referido con una distancia clara del ser racional, por lo que puede resultar algo gratuito.

            En la escena final, el ex investigador Chacaliasa, a pesar de ser inocente (al menos hasta donde se deja entender la novela), decide asumir la culpa de los crímenes que no ha cometido. Esto resulta inverosímil si la comparamos con la decisión de Batman en The Dark Knight, cuando debe asumir los crímenes de Harvey Dent por un ideal superior: Dent encarna valores como la justicia y la esperanza de Ciudad Gótica. En cuanto a la motivación del “monstruo”, esta no se menciona, ni se sugiere. No hay causa-efecto. Es la misma sensación que tuvo Roger Ebert al reseñar el filme Carretera al infierno (The Hitcher). Quizás en la tercera entrega pueda explicarse este punto, pero acá, la dimensión sobrenatural no se devela. Las escenas de horror están bien descritas, es más, distan de ese tono “realista” de gran parte de la novela. Quizás ese sea un camino estético posible.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

jueves, 2 de junio de 2016

Raúl Quiroz Andia. El sueño de las estirpes. Lima: Altazor, 2016. 189 pp.




Raúl Quiroz Andia. El sueño de las estirpes. Lima: Altazor, 2016. 189 pp.

            En los últimos años es innegable el auge de la literatura fantástica en Perú (esto se puede comprobar en las diversas novelas de CF o libros de cuentos en el que predominan géneros como el terror, lo extraño y lo fantástico, no solo en Lima sino en Arequipa o Piura, por ejemplo). Si bien no es una industria ni cuenta con el aparato publicitario de la literatura mainstream, hay un público que crece y que sigue esta producción. De otro lado, no todo lo que se publica es de calidad (ya sea por el descuido en las ediciones, en algunos casos son ediciones de autor; o por la simplicidad de la trama o la precariedad del lenguaje). La marginalidad del género –que es histórica- juega también en contra, porque la considera menor, de segundo orden y en mejor de los casos, como pulp o de serie B. Pese a este panorama poco alentador la colección “Anatema” de Altazor es un referente obligado y quizás la de mayor interés. Si bien se inició con la publicación de un autor extranjero (Juan Ramírez Biedermann), en las siguientes entregas domina la presencia local: José Donayre, Carlos Calderón Fajardo entre los clásicos contemporáneos y nuevas figuras como Hans Rothgiesser, Charles Huamaní, Javi Velásquez, Miguel Ángel Vallejo Sameshima y Raúl Quiroz; además de una edición imperdible: El castillo de los Bankheil de Alejandro de la Jara, entre otros.

            La historia de Quiroz transita entre la lucha entre seres primordiales que viven en un mundo paralelo al terrestre, en una lucha entre el Bien y el Mal. En la ficción esta premisa no es nueva, pero el aporte de Quiroz a la tradición es asentar la trama en un contexto local, nativo, más bien mestizo, pues en este otro mundo habitan tanto seres de la tradición occidental como hombres-lobo, vampiros y seres locales como los nakaqs, entre otros. A ello se suma que esta lucha se enmarca dentro de procesos históricos. El enfrentamiento adquiere una dimensión cósmica pues las estirpes son una larga lista de monstruos que apenas vislumbramos en la novela. Como en los relatos de Lovecraft, estos suponen una amenaza al orden natural, la irrupción del caos es permanente en la novela. Como ocurre en los narradores “penúltimos” (término de Basadre) estos han sido influenciados más por la cultura de masas. Así, muchos de los monstruos o seres provenientes de las estirpes tienen poderes singulares como los de la serie X-Men; o apelan a una visualidad propia del cine y del comic, como Underworld (Len Wiseman, 2003) o Constantine (Francis Lawrence, 2005), por ejemplo, en la escena en la que el personaje se sumerge en el denominado “lubricán” o inframundo (cfr. 58-59). La mezcla de géneros de acción y terror se mantienen a lo largo de esta novela gótica.

            Leer la novela de Quiroz es como ver un film. Las descripciones son notables, al igual que la construcción de la mitología –que podría ampliarse en la segunda entrega, ya que la historia no se cierra aquí. Queda pendiente, además, explotar más el componente histórico, para que este no sea solo el escenario de las acciones sino un objeto en sí mismo representado desde la ficción, un objeto que permita la revisión del pasado, para evitar así cualquier forma de olvido, pues tenemos una mitología propia tanto política como religiosa. Finalmente, la potencia de este tipo de ficciones es que o responden a un paradigma en el que el bien siempre triunfa o pueden cuestionar nuestras propias tradiciones al proponer que a diferencia de la realidad, el bien no siempre triunfa o que en su defecto es un triunfo relativo, doloroso y sangriento, pero tampoco definitivo. 

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos