Gustavo Faverón Patriau. El
anticuario. Lima: Peisa, 2019. 233 p.
Esta es la opera prima de
Gustavo Faverón (Lima, 1966), quien estudió literatura en la PUCP y doctorado
en Cornell, además de ejercer la crítica literaria, y cuyas obras se han traducido
a otros idiomas. La novela envuelve su trama sobre códigos del gótico (la
muerta, la locura, el espacio cerrado del manicomio, los secretos de familia) y
del policial (la investigación acerca de un extraño crimen pasional), pero que
se alejan de sus modelos para ofrecer un registro de “alta” literatura. Por momentos llega a un estilo
lírico-digresivo y descripciones lujosas.
En cuanto a la estructura, (breves
narraciones del “anticuario” que acompañan al relato central), se acerca a la
figura de Scheherezade de Las mil y una noches, pero también a dos
modelos locales: El avaro (1955) de Luis Loayza y Caballos de
medianoche (1984) de Guillermo Niño de Guzmán. Incluso, la imagen del loco
que cuenta su historia parece haber sido tomada de El gabinete del doctor Caligari
(1920), film expresionista de Robert Wiene; y la casa en llamas final, tanto de E.A.Poe
como de “La granja blanca” de Clemente Palma.
Las referencias espaciales a Lima o
al Perú están recubiertas de tal modo, que no se distinguen del todo (se habla
de la masacre de Uchuraccay, del diario El Comercio), pero de forma
medio borrosa, porque la novela se dirige a un público más global. Los localismos
son escasos o nulos. Puede ser el Perú o cualquier otro lado. En sí mismo esto
no es ni bueno ni malo.
Poniendo un poco en perspectiva
esta novela (publicada originalmente en 2010, y reeditada en Lima en 2019) diremos
que se distancia del registro mimético convencional, de la temática social explícita,
para ofrecer una novela llena de modismos borgianos, un libro acerca de otros
libros (o narraciones contadas por otros personajes), pero el crimen en sí
resulta más un artificio, y casi sin vida, o fría. No hay revelación final.
Por otro lado, también llama la
atención (siguiendo su propia página oficial) que la crítica periodística local
lo haya prácticamente borrado (se cuentan a Alonso Cueto en Hueso Húmero;
a Luis Hernán Castañeda, en Moleskine literario, blog de Iván Thays;
Mónica
Belevan, en The Barcelona Review; y otros breves comentarios de Peter
Elmore y Rosella Di Paolo). Una digresión al margen: en el mundillo literario
es inevitable que se formen redes de contactos (o “alianzas estratégicas”, como
dicen en el mundo corporativo), pero también hay que distinguir entre estas
redes: a) la cordialidad, b) la simpatía, c) la admiración sincera, y d) la
amistad más íntima. Siempre he creído que el verdadero crítico es más bien un
ser solitario.
No se puede negar que El
anticuario está bien escrita (pero ¿No es lo mínimo que se esperaría de un
escritor en un sistema literario “industrial”?) que se aleja de la regularidad
que ofrecía (¿y sigue ofreciendo?) el mercado local en la década del 2010.
Digresión final, Borges y lo
metaliterario es ya un modelo canónico dentro de la literatura latinoamericana,
y sus temas o tropos alcanzaron su mayor punto local con Un único desierto (1997)
de Enrique Prochazka, que abre un nuevo horizonte para lo fantástico, pero que
aún sigue siendo una figura marginal.
Elton Honores
Universidad Nacional Mayor de San
Marcos
