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sábado, 26 de septiembre de 2015

Rodolfo Ybarra. Secreto de Estado. Lima: Arteidea, 2012. 100 pp.


Rodolfo Ybarra. Secreto de Estado. Lima: Arteidea, 2012. 100 pp.

Rodolfo Ybarra (Lima, 1969) es quizás el secreto mejor guardado de la narrativa peruana contemporánea. Ybarra está sumergido en la contracultura limeña, la estética punk y en el activismo político. Si bien posee una larga labor poética desde los años 90 en adelante, el paso de la poesía a la narrativa ha dado frutos notables: la novela Matagente, texto paródico sobre un asesino en serie, además de colaboraciones en antologías en los que sus textos destacaban del conjunto respectivo. Secreto de Estado es una novela breve o “nouvelle” en la que vuelve a sorprender. Y llama la atención por la casi nula recepción.

La novela se inserta dentro del ciclo de la “violencia política”. Ybarra construye la voz artificial de un ex miembro de las fuerzas armadas que da testimonio a un periodista extranjero sobre los horrores de la “guerra” y sus métodos de tortura. Este punto es clave por cuanto Ybarra propone una mezcla entre la novela política y el relato de horror, que apela a referentes de la cultura pop. Es decir, por un lado, cuestiona el accionar militar; por otro, desvirtúa o mengua el horror a través de estas menciones.

Si el horror es irrepresentable y obsceno, Ybarra se vale del “falso testimonio” para dar cuenta del horror en su dimensión física. Pero no crea el lector que la novela es cómoda por este artificio, pues al final se incluye un apartado titulado “Off the record” en el que se incluyen fragmentos “reales” sobre el caso. Así, realidad y ficción quedan imbricados en un diálogo eterno por cuanto no puede saberse con certeza qué es verdadero y qué es falso.

La teoría de la conspiración, la necrofilia, son también parte de esta trama, con un final teatral, en el que la voz asesina controla totalmente el escenario. Secreto de Estado es una novela que enriquece el ciclo narrativo de la “violencia política” y pone en cuestionamiento la “mimesis” con la cual se ha tratado el tema desde la literatura, pues potencia la ficción sobre la realidad, sin dejar de aludirla.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

domingo, 21 de julio de 2013

201. José Donayre y David Roas (compiladores). Lima: Altazor, 2013. 126 pp.



201. José Donayre y David Roas (compiladores). Lima: Altazor, 2013. 126 pp.


Obra maestra ****
Muy buena ***
Buena**
Regular *


“Prólogo”*


Para la numerología, los números no son solo cantidades o magnitudes verificables en la realidad sino algo más: trasmiten un mensaje cifrado, anuncian el futuro, rigen nuestro destino e incluso pueden convertirse en una experiencia mística porque, en esencia, son inmanentes al misterio o a una razón oculta. La casualidad y el azar son inverosímiles para los creyentes. Un número puede conducirnos a la maravilla o al horror puro, al deseo pleno y satisfactorio o al caos radical.

Todos los microrrelatos aquí incluidos inician, rodean o concluyen en la habitación 201. Si 1408 de Stephen King ficcionalizó el popular motivo de la habitación fantasmal, aquí el rumor se instala como verdad ficcional absoluta y produce juegos metaficcionales y hasta idolatrías. Esta colección de microrrelatos tiene dos ejes capitales: la muerte y el sexo.

La muerte real se operativiza mediante una voz fantasmal que se descubre al final del relato y narra desde el otro lado, desde un no-lugar; la muerte imaginada, en cambio, anuncia el acontecimiento próximo e inevitable de quien narra, casi siempre en primera persona (un suicida en potencia es ya un fantasma, que va dejando este mundo de a poco), pero es una muerte que no se explica totalmente o es ambigua.

El otro eje es el puro goce sexual, ya sea mediante ciertas parafilias o anormalidades, y sobre todo, por el exceso libidinal. En todos los casos es ese mundo privado puesto en los ojos del lector, que atisba por instante el fuera de escena, esa cosa obscena. Pero el sexo representado de este universo cerrado de la habitación 201 conduce casi siempre a la frustración.

Ese sentimiento será reiterativo: casi nadie alcanza el objeto de deseo. Son vivos que quieren morir o muertos que empiezan a descubrirse como tal.

Ambos ejes son tratados acá, generalmente, desde códigos realistas —es un decir— porque a veces puede ocurrir que la mirada sobre las cosas de la realidad las conviertan en imposibles o fantásticas, dando paso al caos.

¿Y por qué tanto deseo de muerte frente a las ventajas de la hipertecnología, del Brave New World de Huxley y de las sagas de Twilight? Quizás en estos relatos cargados de ironía y humor negro —en donde no ocurre nada— se exprese la frustración del sujeto frente a la
brutal realidad y el vacío del ego en la vida moderna. Porque en un microrrelato la muerte es quizás lo más sorpresivo y absoluto, el último acto humano, una muerte que está anunciada desde el nacimiento, pero que en estos relatos irrumpe de modo insólito e imprevisible, desbordando al sujeto.

Si se desea lo que no se tiene, quizá solo imaginamos lo que no existe porque tanto el deseo como la imaginación surgen de lo real, o porque la satisfacción del deseo puede llevarnos al hastío o a otro deseo mucho más perverso.

Notables son, en este libro, los textos de Miguel Ruiz Effio, Daniel Salvo, Rodolfo Ybarra, o el metafísico Lucho Zúñiga, siendo este último uno de los más interesantes de la generación más reciente.

La 201 no es otra cosa que la habitación del miedo, el espacio cerrado que —como un portal—, da pie a la irrupción natural de los monstruos imaginarios de cada uno de los autores aquí reunidos, entidades únicas perseguidas también por sus propias pesadillas porque, de algún modo, entrar en la 201 es una costumbre como el morir (Borges decía: “morir es una costumbre que sabe tener la gente”), porque como en Mulholland Drive no hay banda ni orquesta, todo es ilusión.

Elton Honores
Universidad Nacional Mayor de San Marcos


*[Publicado en 201, pp. 15-17]