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domingo, 25 de febrero de 2018

“Presentación de La división del laberinto”. Por José Güich Rodríguez. 24 de febrero, 4:00, Casa de la Literatura Peruana.



“Presentación de La división del laberinto”. 24 de febrero, 4:00, Casa de la Literatura Peruana.
José Güich Rodríguez
Le agradezco a mi gran amigo Elton Honores su honrosa invitación para presentar hoy, junto al Maestro y también muy admirado amigo Harry Belevan, el libro La división del laberinto. Estudios sobre la narrativa fantástica peruana contemporánea (2000-2015). También quiero renovarle mis felicitaciones por su persistencia en la organización de este ya institucionalizado “Congreso de verano”, que cada vez cuenta con mayor repercusión en los medios y congrega a autores, investigadores y público lector. Es una clara muestra de cuánto ha cambiado el escenario de la literatura en el Perú,  a despecho de los pocos operadores culturales que aún se resisten a aceptar una realidad innegable. Y también insistir en la gratitud personal por su interés generoso en nuestro trabajo.
En esta ocasión, el encuentro coincide con los diez años de la partida de José B. Adolph, el entrañable e inolvidable escritor que desde su primer libro, aparecido hace 50 años, El retorno de Aladino, inició un proceso que no se ha detenido y no se detendrá, felizmente. La contribución de Elton a estas recomposiciones del sistema literario peruano es invalorable, y no solo por su saludable terquedad en la organización de estas citas, en franca alianza hoy con el Instituto Raúl Porras Barrenechea, y en octubre, con el Instituto de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar.
Su aporte es realmente sustancial en el sentido de que ha permitido, con rigor crítico, información actualizada y visión totalizadora, el diseño de un mapa de lo que está ocurriendo en el Perú con las hasta no hace mucho poco apreciadas “escrituras no realistas o miméticas”, que hoy experimentan, en varios frentes de batalla, una visibilidad llamativa, enriquecedora. Es cierto que aún queda mucho camino por recorrer, pero yo soy uno de los que consideran que el avance de lo fantástico y de la ciencia ficción en el país es positivo y firme, gracias a Elton, a escritores e impulsores como Daniel Salvo, José Donayre Hoefken o Víctor Ruiz Velazco y a editoriales independientes como Altazor, liderada por Willy del Pozo.
Como sé que hay muchos amigos entre los asistentes,  me daré el lujo de ser sincero -para lo que ello importe-. Estoy desencantado o desilusionado con muchos aspectos de la vida social y política peruana, con tendencia cada vez más acentuada a la condición de ermitaño o anacoreta levantisco -me encanta decirlo una vez más-, pero eso se acaba cuando comienzan las clases y hay que acudir a al centro laboral para cumplir con nuestra misión docente.
También esa sensación del desencanto aplastante se acaba, al menos por unas horas. cuando acudo a estas celebraciones en tono de la imaginación y de sus inmensas posibilidades como respuesta a la medianía del entorno, peligrosa y con alto riesgo de contagio si no estamos con las barreras defensivas bien afianzadas. Ya habrá tiempo para seguir cultivando el desánimo frente a las dificultades de convertirnos en esa “República Superior” que debimos ser y no este yermo, más parecido al siglo XIX que al XXI.
Hoy, lo importante es el libro que tenemos entre nuestras manos: un conjunto de trabajos académicos que Elton Honores  ha elaborado con brillo a lo largo de varios años de dedicación y cuyas premisas centrales suscribo una por una, desde el texto notable que abre el libro, “Narrativas del caos: un ensayo sobre la narrativa de lo imposible en el Perú contemporáneo” que, considero, es el eje alimentador de la propuesta que Honores defiende. En este excelente trabajo, el crítico e investigador pone en la picota la idea del realismo como la única alternativa válida para expresar una visión problemática o crítica acerca de un estado de cosas.
En consonancia con sus observaciones y asertos, yo afirmaría que la narrativa fantástica peruana, hasta hace poco invisible y marginalizada frente a las teorías y praxis del realismo -que alcanzaron su máxima plenitud y hegemonía con Ciro Alegría, José María Arguedas y Mario Vargas Llosa, en el siglo pasado- ha asomado una vez más. Ha logrado superar las trabas impuestas por un discurso académico bastante limitado (salvo grandes excepciones, como Elton Honores, por supuesto), y el control ejercido por los poderes fácticos de la prensa cultural, generalmente pobre en sus alcances.
 Las escrituras de orientación no realista han llegado para quedarse.  Autores nacidos a partir de 1960 (Herrera, Prochazka, Iwasaki, Donayre Hoefken, Sumalavia, Salvo o Yeniva Fernández, entre otras voces importantes) dialogan ahora con sus precedentes modernistas, vanguardistas y los de la Generación de los 50, 60 y 70. Sobre los nacidos a partir de la década siguiente, aún es prematuro forjar apreciaciones sobre qué nombres pasarán a un canon libre de imposturas. Es un visado para el futuro que seguirá, con probabilidad, su propio derrotero y contará con sus intérpretes.
En diversos soportes académicos y divulgativos, la narrativa fantástica peruana ocupa ahora un lugar más cercano al centro, sin que ello suponga alcanzar un protagonismo semejante al de los lanzamientos de los sellos multinacionales. Es sabido que estos influyen, como industria, en el gusto y en la manera de recibir y entender el ejercicio creador por parte del público no iniciado. Incluso, las pocas páginas que los medios tradicionales dedican a los libros ya dan cuenta del fenómeno, aunque con sesgos y manipulaciones naturales en quiénes dirigen las líneas editoriales y ven peligrar su posición de control protagónico.
El contrapeso lo han establecido las múltiples opciones que hoy ofrece el mundo virtual, a través de las redes sociales,  youtube y los blogs, sin cuya emergencia no habría sido posible esta suerte de “primavera de lo fantástico y de la CF”, es decir, el auge de géneros que en tiempos no muy lejanos provocaban el mohín escéptico o burlón de quien todavía es presa de la ignorancia o ese hábito tan nacional llamado “ninguneo”.
Hoy, el autor peruano que ha decidido construir su identidad artística dentro de estos usos ya cuenta con mecanismos que le permiten proyectar sus trabajos a un dominio público, creando así corrientes de opinión e intercambio, más allá, incluso, del libro en formato clásico, que parece atravesar hoy una fase de tránsito dramático pero inevitable al llamado e-book o el kindle.
Y sobre todo, un cultor nativo ya puede reclamar para sí una tradición propia, dialogar con ella o, si se quiere, refutarla con conocimiento de causa. En este canon, que inevitablemente deberá experimentar transformaciones y replanteamientos  -nada es estático-, son piezas sólidas y quizás ya inamovibles C. Palma, Valdelomar, Vallejo, Ribeyro, Loayza, Durand, Mejía Valera, Adolph, Belevan o Calderón Fajardo. Son referencias locales que en su momento contribuyeron a un constructio periférico que sobrevivió a pesar de las exigencias de realidad cruda y de urgente compromiso político, en boga sobre todo partir de la Revolución Cubana y la subsecuente toma de posición frente a una verdadera partición de las aguas en la historia ideológica del continente.
Pero lo que muchos estudiosos y autores no supieron entender, en su momento, es que toda escritura de raigambre fantástica es un poderoso instrumento de desestabilización y de cuestionamiento al orden imperante. Supone una crítica desde el lenguaje a las imposiciones de las élites sobre las certezas que estas pretenden imponer a las sociedades a través de agentes enquistados en el plano de la inteligencia y de la cultura, que buscan perpetuar una visión del mundo monolítica o uniforme.
Hoffmann, Mary Shelley, Poe, Le Fanu, Bierce, Stoker, Lovecraft, Borges, Arreola, Monterroso y Cortázar han perpetrado, cada uno de acuerdo con el marco de producción en el que se inscribieron, severos cuestionamientos a la “domesticación” o el “apaciguamiento” de conciencias que diversas representaciones de lo real -no estrictamente ficcionales- en torno de la vida humana se generaron con el advenimiento de la Ilustración, a lo que la prédica romántica supo responder con imaginación, delirio y vuelo provocador.
Así, todas las grandes figuras de la narrativa fantástica han sido elementos altamente subversivos y disociadores, porque se  han enfrascado en organizar mundos alternativos cuya lógica coloca en jaque a las verdades oficiales que quieren garantizarle al sujeto social una estabilidad a cambio de un manso acatamiento de todo aquello relacionado con el orden inamovible y sin fisuras dentro de lo privado y lo público.
Para terminar, solo he intentado, espero que con cierto grado de ecuanimidad, destacar algunas de la ideas ampliamente desarrolladas en todos los estudios que forman este libro. Se convierte así en una referencia inmediata para los jóvenes investigadores. El título polivalente del volumen invita desde ya a ingresar a ese dominio entre bélico y de partición de aguas.
Me quedo con el primero y desde un sentido metafórico: un ejército de escritores, una “quinta columna” que con solo un arma, el lenguaje, la palabra, desbarata las certezas sobre una sola forma de construir realidades ficticias e implanta el caos desestabilizador y transgresor que lo fantástico siempre conllevará.
Muchas gracias.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Carlos Rengifo (Comp.) ¡Bienvenido, Armagedón! Lima: Altazor, 2013. 134 pp.




Carlos Rengifo (Comp.) ¡Bienvenido, Armagedón! Lima: Altazor, 2013. 134 pp.

            Esta compilación de Carlos Rengifo reúne doce narraciones sobre el fin del mundo y sus variantes subjetivas. El fin del mundo no es solo el apocalipsis global sino la muerte de la humanidad, a través del individuo y su disolución como ser humano absorbido por la tecnología, tal como se desprende del prólogo. Destacan “Arabella: serie B” de José Güich, que rinde homenaje al cine norteamericano de serie B de los años 50, a The Twilight Zone. El anuncio de un colapso global se sigue desde un mundo rural en el que una familia sobrevive junto a una singular “mascota” que cobrará dimensiones extraordinarias. En este caso, lo monstruoso está integrado a lo familiar e incluso puede servir de protección física, con lo cual quiebra el paradigma de lo “normal”. Es un relato soberbio que reafirma a Güich como uno de los narradores más sólidos en esta orientación imaginativa. “Un nuevo inicio” de Pedro Novoa es un texto breve y contundente. Nuevamente sobre la base de la devastación, un par de sobrevivientes buscan prolongarse en un nuevo ser, que tendrá dimensiones monstruosas, como parte de ese nuevo mundo en destrucción. Hay un guiño al cuento “El día trágico” de Clemente Palma, de similar situación. “Un quizá definitivo” de Carlos Saldívar propone la desmaterialización de dos sujetos místicos (maestro y discípulo) frente al horror del Armagedón lo que los lleva a otro nivel de existencia post-catástrofe y “La máscara del fin del mundo” de Daniel Salvo, con un diálogo intertextual propone la visita de seres primordiales fundadores cuyo discurso no es tomado como verdad por los humanos y se convierten en fuente de diversas ficciones. Al final deciden que el único camino es destruir la tierra. Son también ángeles exterminadores. El relato está en la onda del film Knowing (Presagio, 2009) de Alex Proyas. Completan el libro textos de Ronal Arquíñigo, María Alzira, Grecia Cáceres, Víctor Coral, Rafael Juárez, Juan Carlos Méndez, Antonio Moretti y Jorge Ureta. Sin duda, el libro es de lectura recomendable para los amantes de las catástrofes y narrativa apocalíptica, en estos (supuestos) últimos días del planeta tierra.

 

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

lunes, 17 de noviembre de 2014

La civilización del horror. El relato de terror en el Perú por José Güich Rodríguez



La civilización del horror. El relato de terror en el Perú*

José Güich Rodríguez.

 

Buenas noches. Quiero agradecer a Elton Honores su gentil invitación a que yo diga unas  palabras hoy, en la presentación de La civilización del horror. La literatura de terror en el Perú, en compañía de dos destacadísimas figuras de nuestras letras, como son José Donayre Hoefken y Carlos Calderón Fajardo. Ellos mismos son en gran parte responsables de que hoy sea posible hablar del posicionamiento fructífero de la literatura fantástica de hechura nacional y del terror como una fuerza emergente a la cual ya será  muy difícil silenciar.

 Y nada mejor que reunirnos esta noche, habitada por temores atávicos y miedos que han impregnado por milenios al ser humano. Una vez más, Elton desbroza, con mano firme, un territorio hasta hace un tiempo invisible o poco frecuentado. Lo ha hecho ya  otros volúmenes, igualmente caracterizados por su rigor en el manejo de las fuentes y en lo innovador de sus planteamientos. Bien sabemos que nuestro sistema cultural (o por lo menos, cierto sector todavía renuente y conservador) tiende aún a usar cierto tono exótico, cuando no mezquino, para atender a estas prácticas narrativas (aunque, por cierto, hay que reconocer un cambio, alimentado no solo por creadores, sino también por los sellos independientes que le han dado fuerte impulso a esta literatura de la transgresión permanente y de la rebeldía frente a las ataduras de la razón).

Gracias al tenaz empeño de Elton por ir contra los usos imperantes en la crítica nacional, hoy contamos con un riguroso estudio en torno de temas, tratamientos y autores que se aglutinan en torno de un eje común. No es fácil, en pocos minutos, dar cuenta de la riqueza e importancia de este libro no solo para el reconocimiento pleno de un campo literario en plena actividad y ebullición, sino para las vías que tomarán los investigadores del futuro a partir de la obligada lectura de La civilización del horror.

Ya mis compañeros y el propio autor podrán despejar, mejor que yo, los planteamientos esenciales. Yo quisiera destacar su capacidad para establecer taxonomías o clasificaciones, no basadas en la intuición o en el mero entusiasmo, sino en un adecuado manejo de las fuentes primarias y secundarias.

De este modo, aparecen dos corrientes diferenciadas pero no por eso antagónicas: una nutrida del imaginario tradicional y popular, o bien a las construcciones sicológicas en torno del pasado colonial.

Ahí campean autores como Ricardo Palma, Juana Manuela Gorriti, Catalina Recavarren, Clemente Palma (hijo del tradicionista, sometido a un olvido y silenciamiento por parte de las huestes progresistas, para gozar hoy de una oportuna reivindicación como fundador de la narrativa fantástica peruana), Francisco Izquierdo Ríos, pionero de la literatura amazónica, y Sandro Bossio. Así mismo, se producen rescates, como los de Guillermo Thorndike, Francisco Ibañez o Antenor Samaniego, algunos bastante conocidos pero a los que no se asociaba a tales temáticas o inquietudes.

En la orilla cercana, Honores identifica escritores que reelaboran “tópicos clásicos del terror” que no son necesariamente más librescos o culturalistas, sino que responden a una asimilación de influencias externas sin que ello signifique prescindir de una filiación local: desfilan así, boyantes, la mujer muerta, el demonio o los monstruos, que reclaman su arraigo a través del propio Clemente Palma, en otro de sus registros o el rescatado Eduardo Ribeyro, así como Pablo Nicoli. Se articula así el cuadro hasta ahora más completo del terror como un apartado con historia en nuestra narrativa y no como el advenedizo que inesperadamente reclama una posición que no merece.

Ya es casi un lugar común decir que en el Perú, Kafka sería costumbrista. No es para menos: con los gobiernos de pesadilla que hemos sufrido o los monstruos que habitan desde siempre en los pasillos y sumideros de los poderes públicos y privados, la frase alcanza cierta coherencia. No obstante, la literatura siempre va a contracorriente: son engendros demasiado anodinos para regodearse con ellos; por lo tanto, nuestros escritores han decidido trasvasarlo todo a la órbita de la ficción y  fabricar sus alucinaciones a medida. Y lo que ha empezado a arrastrarse desde ese dominio tiene “de inga y de mandinga”: es terror en el peruano modo y, al mismo tiempo, cada de pérfidas resonancias que atañen a la universalidad. Elton Honores ha sabido unirlos en un todo armónico y duradero para aquellos que deseen iniciar, sin prejuicios o anteojeras, su viaje por esas parcelas de la imaginación. Bienvenidos sean todos.  Muchas gracias.

 

*Texto de presentación. Viernes 31 de octubre de 2014. Instituto Raúl Porras Barrenechea.

martes, 6 de mayo de 2014

Los mundos paralelos de José Güich Rodríguez. Por Francisco Tumi



Los mundos paralelos de José Güich Rodríguez*
Por Francisco Tumi

Afirmar que el género fantástico no ha tenido un desarrollo sostenido en la narrativa peruana no resulta ninguna novedad. Es verdad que no han sido pocos los autores locales que han escrito cuentos fantásticos —la lista no se agota en Ribeyro, Loayza o, más recientemente, José Adolph—, pero el corpus del género es limitado entre nosotros en comparación con el que puede exhibir, por ejemplo, la literatura rioplatense, incluso más allá de las joyas elaboradas por Jorge Luis Borges o Julio Cortázar.

José Güich Rodríguez (Lima, 1963) parece ser uno de los escritores peruanos dispuestos a revertir esta situación. Profesor universitario y periodista, formado académicamente en Buenos Aires, Güich Rodríguez clavó una primera bandera en el género en 2000, con la publicación de una colección de cuentos titulada Año sabático, que fue asimismo su primer libro. Pese a esa suerte de debut literario, el conjunto resultó maduro, riguroso y sumamente personal, tanto por el lado de las historias como por el lado de los recursos expresivos.

Seis años después, este escritor reaparece con una nueva colección de relatos fantásticos, El mascarón de proa, con la que confirma las expectativas que se habían puesto en él y al mismo tiempo consolida tanto su especialización en el género como su amplio dominio del cuento. Lo ponen de manifiesto la solidez de las ocho historias reunidas en este nuevo volumen, la fuerza de la imaginación, la homogeneidad del conjunto —lo que no impide reconocer picos como “El mascarón de proa”, que le da nombre a toda la colección, “Los días verdes” o “El veterano”—, la efectividad del lenguaje, la dosificación de la información y, por supuesto, el ritmo y la fluidez de la prosa.

Convencido, como Cortázar, de que lo fantástico nace de lo cotidiano, Güich Rodríguez rastrea el lado invisible o desconocido de la realidad en las situaciones más normales o convencionales. La forma de sus cuentos, la manera en que plantea las historias para que el lector se sumerja en ellas, el tono directo y llano de la narración, sea en primera, segunda o tercera persona, todo eso alimenta la falsa impresión inicial de que se está frente a un relato realista. De pronto, sin embargo, en un giro, una frase o un episodio, lo anómalo, lo imposible o lo extraordinario asoman su cresta en la primera o la tercera página y la puerta se abre para dar paso a un mundo paralelo tan coherente y complejo como el de todos los días, solo que distinto.

El cuento que abre y que le da título al conjunto, “El mascarón de proa”, narrado en primera persona, plantea con un estilo muy sobrio, casi ribeyrano, una situación conflictiva entre el narrador y alguien que es capaz de “obstruir la puerta del departamento y secuestrarme más de veinte horas, bloqueando cualquier medio de comunicaciones con el exterior e impidiendo el cumplimiento de mis obligaciones laborales”. Más adelante, un par de palabras sugieren, como claves, una lectura distinta de lo que hasta entonces se ha contado de la historia, hasta que, en forma fluida y natural, se arriba a la explicación que pone en orden los aparentes vacíos narratológicos: la “ella” de los primeros párrafos no es una mujer de carne y hueso, sino una imagen de madera, de rasgos mediterráneos y larga cabellera, labrada para ser el mascarón de proa de una embarcación de fines del siglo XVI, y que el narrador ha recibido de regalo en el siglo XXI.

Ese es apenas el comienzo de la historia. El resto ocurre en ese mundo paralelo en el que lo extraordinario cobra vida y crece gracias exclusivamente a la capacidad verbal de Güich Rodríguez para hacer que el contrato de lectura entre él y el lector funcione sin vacilación hasta el desenlace y el punto final, y sin que lo inventado se vuelva inverosímil a los ojos de este. Es decir, todo ello ocurre gracias al dominio de las palabras, a la arquitectura de la historia y a la música de la prosa, que logran hacer que el cuento funcione suscitando la complicidad del lector.

En “Los días verdes”, relato incluido también en la antología Estática doméstica. Tres generaciones de cuentistas peruanos (1951-1981), editada por la Universidad Nacional Autónoma de México el año pasado, para ser presentada en la Feria del Libro de Guadalajara, lo extraordinario también emerge de lo cotidiano. Se trata de una parra que crece desmesuradamente en el interior de una casa de un barrio típico de Lima. La enredadera invade habitaciones, baños, sectores completos de la vivienda, mientras que sus habitantes viven habituados y acomodados a aquellas veleidades, como si se tratara de algo absolutamente natural.

La historia se lee con interés desde el comienzo. Los episodios están muy bien administrados, lo mismo que los diálogos y las intervenciones de los personajes, y nuevamente el desenlace se hace creíble gracias al control total de la historia por parte del narrador, así como a la sobriedad y a la milimétrica dosificación del humor.

Sin embargo, el estilo y la imaginación del Güich Rodríguez de El mascarón de proa, así como sus recursos de escritor, alcanzan la cima en el relato “El veterano”, en el cual se hace mucho más patente su madurez estilística y conceptual, así como su laboriosidad e inteligencia para construir paso a paso cada frase y al mismo tiempo cada tramo de la historia, con el fin de llevar de la mano al lector a través de unos pasadizos de realidad y de no-realidad que se entrecruzan según su voluntad y su estrategia narrativa, con el objetivo esencial, como ya se ha dicho, de fabricar una historia convincente.

En este relato, narrado en tercera persona y ambientado en 1930, un desganado periodista es enviado a entrevistar a un sobreviviente de la batalla de Arica, ocurrida medio siglo antes. La atmósfera del cuento está eficazmente construida y administrada y los materiales narrativos se van superponiendo para generar suspenso y crear las condiciones para el desvelamiento del sorprendente secreto, focalizado en los laberintos del tiempo y en la existencia, en la dramática historia peruana, de una vía conectora de pasado, presente y futuro.

Güich Rodríguez explora en “El veterano” las posibilidades del tiempo como tema de historias fantásticas. Si el logro es sobresaliente, la clave está, como ocurre también en otros relatos del libro, en el despliegue de un arsenal de recursos narrativos que el escritor ha ido acopiando a lo largo de años de trabajo y experimentación. Ello se percibe en la limpieza y en la sobriedad de la prosa, en el copamiento de casi todo el espacio del texto por parte del narrador, en la audacia para abordar temas, situaciones y personajes y, asimismo, en la persistencia en lo cotidiano.

Escritor del siglo XXI pero al mismo tiempo muy arraigado en el cuento peruano y latinoamericano del siglo XX, Güich Rodríguez abre con su persistencia en el género fantástico —de la que todos los que leemos cuentos debemos felicitarnos— una nueva ventana para la narrativa peruana, una ventana amplia y sólida por donde se siente el aire de la renovación y de la diversidad. Una ventana por donde se puede escapar momentáneamente de las temáticas habituales e la narrativa peruana, normalmente apegadas al realismo, para acceder a esas otras lecturas de la realidad que el género fantástico propone.

*Publicado originalmente en la revista Punto de Equilibrio, Universidad del Pacífico, 2006.

lunes, 3 de marzo de 2014

Políticas de lo fantástico, por José Güich




POLÍTICAS DE LO FANTÁSTICO

                                                                                                          José Güich Rodríguez

Buenas tardes. Quiero agradecer al crítico e investigador Elton Honores la convocatoria para integrar esta mesa, junto a destacados representantes de la narrativa peruana contemporánea como lo son mis amigos Carlos, Pedro y Fernando. Y también lo felicito por su persistencia, rigor académico y disciplina. Gracias a Elton, sin duda este Congreso Nacional de Escritores de Narrativa Fantástica y Ciencia Ficción ya se ha consolidado como una gran central de intercambios fructíferos entre autores, especialistas, editores y público, muy conocedor y exigente. Extiendo mi gratitud a la Casa de la Literatura, entidad valiosa que cumple un papel de gran importancia en el estudio y difusión de nuestras letras.
 La atención que los medios le dispensan a esta actividad anual es otra prueba fehaciente de que dichos logros se asientan sobre un territorio firme y que la narrativa de orientación fantástica ya no puede ser pasada por alto ni sujeta al silenciamiento o al ninguneo. Se trata de una alentadora emergencia de corrientes que hasta hace unas décadas estaban relegadas a ocupar casilleros membretados con vocablos como “curioso”, “evasivo” o “periférico”.
He leído al respecto las notas aparecidas en diarios de circulación nacional con bastante satisfacción, pues los gestos de desaire casi se han extinguido, suplidos por un interés creciente de parte de la prensa, a pesar de la reducción al mínimo de las páginas culturales. Eso, con probabilidad, debe de haber sido otro impulso para la aparición de soportes alternativos que alimentaron -y continúan haciéndolo- la difusión de escritores y sus trabajos, muchos de los cuales, incluso, han apostado por formatos más rentables y eficaces como el libro electrónico o e-book, palabra que poco a poco se hace familiar y protagónica, dándole la espalda a los circuitos convencionales o relativizándolos.
 ¿Habrán entrado en ruta de colisión los modos de producción clásicos? De vez en cuando circulan las voces apocalípticas sobre la desaparición del libro  como lo conocemos.  Puede que ocurra o no: estamos en los albores de un nuevo tipo de sociedad o quizá ya estamos inmersos en ella sin percatarnos claramente de aquel hecho. No creo que reemplazar volúmenes “físicos” por “digitales” sea más traumático que la progresiva sustitución, en el siglo IV de nuestra era, del antiguo “rollo” grecorromano por el “códice”, es decir, folios cosidos a los que se les colocaba una cubierta protectora.
Se trata de un círculo virtuoso, indudablemente, que en los últimos quince años ha permitido que lo fantástico emerja, luego de un extenso período de sombras y desdenes por parte de la academia tradicional, y se haya transformado en una corriente visible y abundante en producción.  Año a año, esta se incrementa gracias al aporte de todos estos agentes y sobre todo, de los jóvenes, quienes también juegan un rol de primera magnitud a través de sus propias obras, blogs, páginas web e, incluso, redes sociales.
 El acercamiento a otros discursos artísticos ha permitido la ampliación de los horizontes estéticos. Surgen por doquier propuestas de diversa índole, que fusionan sin complejos géneros y diluyen con toda naturalidad las fronteras entre la cultura de prestigio y la cultura de masas o popular, términos tradicionales que poco a poco pierden, en el fragor de la postmodernidad,  sus sentidos originales. Y eso solo en Lima: en provincias, el movimiento es notable y creo yo, mucho más atrevido y heterogéneo en la tarea de acabar con las fronteras.
En otros tiempos, a lo fantástico se le endilgaba el sambenito de eludir responsabilidades y compromisos, es decir, las grandes urgencias de una sociedad que pedía a gritos una transformación de estructuras (aspiración legítima, por supuesto). Los críticos lanzaban estas observaciones con bastante descuido y prejuicio, sin percatarse del error ingenuo que estaban cometiendo: toda narrativa, per se, es el resultado de una deliberada evasión o distanciamiento del mundo real para fundar, mediante complejos pactos implícitos, un universo autónomo, que puede o no parecerse al nuestro. Lo único que debe exigirse, a uno u otro, es la versosimilitud y la autenticidad.
Si un escritor opta por cultivar la mímesis realista o apartarse de ella deliberadamente, guiándose por otra lógica, ninguna de estas elecciones supera a la otra en aspiraciones o metas. Tanto el realismo como la literatura fantástica son capaces de cuestionar, cada una desde su óptica y registros, el mundo o el marco de relaciones que ha hecho posible la generación de una obra literaria -indesligable de su contexto- que, como ya dijeron Barthes y Eco, es “abierta”, pues solo será completada por el lector una vez que este, proyectando los marcos de interpretación de su cultura y sus experiencias, le atribuya un sentido.
Toda ficción es “política” en el sentido de que siempre reflejará, de manera más o menos velada, una determinada ideología, una escala de valores o la creencia en algún modelo de organización del tejido social.
No es monopolio del realismo esta inevitable impregnación. La única diferencia ostensible y natural es que lo fantástico cifra o codifica las tensiones y conflictos desde la ruptura con el racionalismo y  las leyes de la causalidad. Algunos autores, como Franz Kafka, supieron dar cuenta genialmente de esta crisis. Las situaciones que viven sus personajes son alegorías de un estado de cosas: la decadencia del Imperio Austro-Húngaro y su inminente colapso, que el propio autor de El proceso presenció hace cien años: la primera carnicería bélica que utilizó máquinas y químicos.
¿La metamorfosis no es mejor prueba de lo afirmado acerca de que lo fantástico nace de un acto “político” en el sentido más universal? ¿No nace del cuestionamiento de un orden establecido y del poder que este ejerce sobre los sujetos, convirtiéndolos en simples engranajes de una ignota máquina?
Lo fantástico brota, entonces, en primera instancia, de un anhelo que cada autor sabrá manejar en la medida de su formación estética y creencias personales: quebrar el imperio de la razón, subvertirlo y transformarlo. Si utiliza o no referencias concretas, más o menos históricas o todo lo contrario, es parte de ejercer su libertad, que es, al mismo tiempo, otro acto político. Dependerá de los estímulos y las imágenes que estos van forjando en el sujeto hasta que una historia toma cuerpo.
Yo recuerdo aún, si me permiten la alusión a mi trabajo, la profunda impresión que me causó ver a una señora de la tercera edad, en la calle Prescott, cerca del cruce con la avenida Salaverry, alimentando cientos de palomas, todas congregadas alrededor de ella, y la expresión transfigurada del rostro de esta buena mujer, rodeada de ese hervidero que parecía a punto de devorarla. Este episodio, que vi fugazmente desde un taxi, sumado al inicio de la oleada constructora en Lima, me sirvió de catalizador para escribir el cuento “La reina madre”, incluido en el libro Los espectros nacionales. ¿Es una ficción fantástico-política?
Depende del ángulo de visión. En este caso, yo sí la asumo como tal, puesto que en este relato se sugiere un cuestionamiento velado acerca de la prepotencia y poder de ciertas compañías constructoras, quienes suelen cometer abusos y prácticas dolosas en contra de personas no dispuestas abandonar sus viejos hogares. En colusión con las municipalidades, sueltos en plaza, hacen lo que les viene en gana a través del miedo y diversas formas de presión.
Parece que ya me precipité en la impudicia de hablar de mis cuentos. Supongo que si se me ha dado la posibilidad de ser impúdico, y si ustedes no se incomodan, me referiré brevemente a Control terrestre, al que considero un volumen muy preocupado por el hecho de que las ficciones desarrollen un motivo guía, en este caso, la existencia de fuerzas contra las cuales los individuos emprenden batallas de resistencia feroz. Espero haberlo conseguido. Siempre me queda el margen para la duda.
Relatos como el que otorga título al libro podrían acercarse más a esa aspiración: un ingeniero desencantado y fracasado en su proyecto de colonizar la Luna, que, en una Lima del futuro (año 2061) batalla silenciosamente  contra la corrupción de quienes administran un sector de esa ciudad y, en ese acto inútil, realiza un descubrimiento accidental que cambia su existencia y recompone las piezas de su visión del mundo.
En otros relatos, como “El visitante”, la clave política está mucho más definida: un mundo alternativo inspirado en la descomposición del fujimorato, atacado por un personaje sobrenatural que precipita los acontecimientos sin ninguna voluntad altruista: lo hace solo para satisfacer sus propias necesidades, igual que el protagonista, Gándara, individualista, pero con una tenue conciencia moral. Y en “El archivo de N”, que cierra el libro -modesto homenaje al maestro Verne- Teruel, el detective de mis novelas, ahora cuarentón, redescubre una etapa de su vida gracias a la epifanía de un ser de ficción que ha entablado su lucha personal con las potencias imperiales y no ceja en tal empeño.
Aquí concluyo mi intervención. Muchas gracias por su paciencia.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Entrevista a José Güich. Por Audrey Louyer-Davo





Entrevista a José Güich. Por Audrey Louyer-Davo.


Lo fantástico en el Perú

Audrey Louyer-Davo: La visión nacional por un nativo: ¿Cómo explicar el entusiasmo nacional por lo fantástico en un país andino de tradición más bien verista? En los últimos años, aumentó el número de manifestaciones acerca de lo fantástico, con concursos y premios, coloquios, conferencias de la FIL… ¿Cuál es para ti el estatuto de la literatura fantástica peruana dentro del panorama nacional?

José Güich: Es un proceso complejo que no termina de aclararse del todo y se encuentra en manos de los jóvenes especialistas que actualmente ordenan el panorama. La narrativa peruana se perfiló, desde fines el siglo XIX, como un corpus de fuerte tendencia realista, continuador, en gran medida de esa mimesis anclada en algunas vertientes del romanticismo europeo, como la escuela iniciada por Balzac, Dickens y, más tarde, Flaubert. De manera intermitente, lo fantástico se practicó en una suerte de periferia, casi invisible y poco atendida por la institución literaria. Curiosa situación, puesto que la narrativa fantástica, tal como la conocemos, también es un producto de ese siglo, gracias a Hoffmann y Poe. En el Perú, los sectores hegemónicos de la política y la cultura, defensores a ultranza de lo occidental y afincados en la centralista Lima, optaron por privilegiar un objetivismo racionalista, quizá como contrapeso al país al que despreciaban y negaban: el mundo andino, con su caudal prodigioso de historias y leyendas surgidas de la imaginación y que expresaban y nutrían una complejísima visión del mundo. No obstante, desde comienzos del siglo XX, escritores como Clemente Palma y Abraham Valdelomar exploraron esas vertientes no realistas, como parte de su adscripción al Modernismo, que en otras latitudes de Hispanoamérica ya se había sumergido en lo fantástico como una alternativa válid. Los ejemplos más destacados son Darío y Lugones: ambos son deudores de esa modernidad iniciada por Poe y continuada por Baudelaire y Rimbaud, quienes impulsaron una nueva sensibilidad y llevaron al límite las indagaciones de los románticos en torno de lo sobrenatural, lo nocturno, el sueño o lo macabro. En cuanto al estatus actual, percibo que la narrativa fantástica, desde la década de 1980, está desplazándose lentamente a una posición más central y prestigiosa. El sistema literario ya no puede encajonarlo en el membrete de “prácticas laterales”. La violencia política de esos años también supuso un descentramiento, no evasivo, de las posibilidades del realismo para dar cuenta de una coyuntura lindante con la locura colectiva y el caos que colocaban al Perú al borde su inviabilidad como Estado. Yo creo que autores como Prochazka, Bellatin, Portals y Herrera, a partir de las claves propias de lo fantástico, “leyeron y procesaron” esa catástrofe, cifrándola en sus narraciones, y dentro de sus opciones personales, contribuyeron a reivindicar una corriente fantástica que desde la Generación del 50 (la de Loayza, Durand, Buendia, Mejía Valera o el mismo Ribeyro) o en los sesenta o setenta, con Adolph y Belevan, había experimentado una renovación pero que seguía oscurecida por lo que yo llamo “el síndrome Vargas Llosa”, exponente máximo de un realismo que en gran parte seguía las influencias de autores del XIX, como Tolstoi o Víctor Hugo, a pesar de los avances técnicos que suponen las obras de Joyce, Dos Passos o Faulkner, que  también influyeron no solo en Vargas Llosa sino en varios novelistas importantes de su tiempo. Precisamente el equipo de investigadores que integro en la Universidad de Lima, junto a Carlos López Degregori y Alejandro Susti se halla inmerso  en la elaboración de un panorama amplio de la narrativa fantástica, con un trabajo que ya se encuentra en las fases finales: hemos cubierto su desarrollo desde el Modernismo, pasando por la Vanguardia, la Generación del 50, y las décadas de 1960 y 1970, para culminar con los años ochenta en adelante. Aspiramos a que este trabajo también contribuya a explicar la dinámica de esta literatura y los motivos de su actual ascenso.

ALD: Hay un prejuicio francés y quizás europeo que consiste en considerar que la literatura fantástica latinoamericana la encarnan Borges y Cortázar y los países del Conosur, pero no tanto en el Perú. Una explicación que encontré es el reducido rescate de los autores peruanos de la tradición literaria (salvo por Belevan y Elton Honores); otra es la reputación cosmopolita y europea de Argentina y de Buenos Aires. ¿Se puede explicar de otra forma para ti?

JG: Creo que el hecho de que el Perú haya sido también un país periférico, alejado de los grandes centros culturales, es una de las causas principales. Ha habido, por décadas, una ausencia de diálogo o contacto pleno entre los agentes académicos o editoriales, salvo pequeñas excepciones. Y es probable que críticos o investigadores europeos o específicamente franceses solo hayan accedido a versiones bastante parcializadas o insuficientes de la narrativa peruana, en especial la del siglo XX. Y por supuesto, el síndrome que sacraliza al “realismo” como la única vía que un autor peruano podría recorrer, “comprometido” con un estado de cosas, sería otra de las causas. La imagen mediática de MVLL o de Bryce Echenique, hoy un autor en decadencia que solo vive de las glorias pasadas, consolidaron esa idea falsa de que en estos lares solo interesa el testimonio objetivo acerca de la realidad socio-política, en sus versiones críticas o problematizadoras o más irónicas.  Por otro lado, la construcción del canon dominante, por parte de académicos peruanos del pasado, ha sido primordial para este desconocimiento o prejuicio. Sin embargo, no creo que la explicación dependa solo de alguno de esos factores. Es una conjunción de situaciones la que ha propiciado que la literatura peruana se circunscriba a unos cuantos nombres o a cierta corriente en detrimento de otras posibilidades. Hoy, la superación de las fronteras, gracias a la tecnología de la información, ha permitido que los investigadores cuenten con información de primera mano que permite elaborar una visión más heterogénea de las prácticas literarias en el Perú. Esta abolición de las distancias ha sido muy positiva para modificar la perspectiva actual acerca de la narrativa peruana. Ello no se ha dado de la noche a la mañana, por cierto. No quiero pecar de optimista, pero me gustaría pensar que lo que ahora ocurre en el plano académico, gracias a David o Ana Casas en España, o a ti, en Francia, se irá extendiendo. Y como ha ocurrido en otros instantes, este interés por parte de los ejes de cultura más prestigiosos hacia la narrativa fantástica peruana, repercutirá en un medio tan difícil aún para los escritores locales. El cierrapuertas generalizado de las multinacionales como Alfaguara o Planeta, que solo apuestan por ciertos productos fue, en principio, otra de las posibles causas, pero en la actualidad la emergencia de los sellos alternativos muchos de los cuales están en un proceso de expansión interesante, como “Altazor”, han equilibrado la balanza, lo mismo que los blogs o las mismas redes sociales, donde autores noveles, cultores de lo fantástico y de la CF danb a conocer sus obras. El soporte digital o e-book también es una válvula de escape para aquellos que ya no encuentran en los modos de producción convencionales del libro físico un estímulo, sino todo lo contrario.

ALD:El estatuto de las leyendas urbanas: la casa matusita, Sarah Ellen, la virgen que llora, los mitos de la selva (el Tunche)… ¿son un material para la creación de textos fantásticos o un tópico/callejón sin salida que lleva a confundir la leyenda/creencia con la realidad cartesiana y borrar las fronteras real/imposible?

JG: Hay un excelente material o magma en los temas que mencionas y que está siendo utilizado con provecho por escritores que hoy cultivan con vigor lo fantástico en nuestro país. Varios autores, especialmente los más jóvenes, tratan de reelaborarlos de acuerdo con sus inquietudes o intereses. No creo que se hayan convertido en barreras; al contrario: se trata de puntos de partida para transformarlos, con la adición de otros elementos que bien pueden proceder de otras tradiciones o pertenecer al ángulo de visión más personal.Por ejemplo, Carlos Calderón Fajardo, uno de los referentes actuales más importantes, ha hecho suya la leyenda de Sarah Ellen y la ha reelaborado en un fresco literario de gran envergadura. Otro tanto ha hecho con la figura del vampiro José Donayre Hoefken. Pero frente a estas apropiaciones o reelaboraciones de una temática local, también se practican otras corrientes. En otras palabras, no existe una uniformidad en la escritura fantástica de hoy en el Perú. Y solo estamos mencionando el caso de narradores que viven y trabajan en Lima. En el interior, también bullen nuevos vientos. Ciudades como Huancayo, Chimbote, Ayacucho, Trujillo, Iquitos y Chiclayo están desarrollando sus propias experiencias en el dominio de lo fantástico, amalgamando elementos locales con marcas cosmopolitas o globalizadas, a veces de un modo más radical y atrevida que en la capital. Y los tratamientos también pasan por diversas modalidades expresivas. No creo que sea posible hablar de una sola narrativa: estamos ante un abanico de posibilidades estéticas que tienden a la asimilación de los tópicos clásicos para mezclarlos con la imaginería de otros medios o soportes, como los que proporcionan el cine, la televisión o el cómic. En tal sentido, la llamada “post-modernidad” ha echado raíces en estos predios. A ello tambien contribuye el hecho, ya mencionado, del acceso a la información, las revistas virtuales y la inmediatez del contacto entre los propios autores nacionales y de estos con escritores extranjeros.


Eje teórico

ALD: Sobre lo fantástico, las teorías fueron varias en Europa, pero en Francia, muchas dedican solo un pequeño capítulo a la literatura fantástica de América Latina, considerando a Borges y Cortázar (a veces a Rulfo) sin contemplar ni una tradición sobre el continente ni escritores de otros países. David Roas propuso con Tras los límites de lo real una renovación de la aproximación. En América latina, el rigor científico y metodológico de Belevan es reconocido así como el libro de Víctor Bravo, Los poderes de la ficción, con el principio de la reducción, y, claro, Ana María Barrenechea (no hablo de las aproximaciones a lo real maravilloso de Carpentier, el realismo mágico de Anderson Imbert o el realismo maravilloso de Teodosio Fernández). ¿Se puede mencionar otros?

JG: En cierta medida, este también es un espacio “en proceso de construcción”. Todas las contribuciones teóricas que has mencionado son sumamente valiosas y resultan fuentes de primer orden para los estudiosos del fenómeno en esta parte del mundo. Me da la impresión de que Hispanoamérica está a punto de generar su propia “teoría de lo fantástico”, adaptada a las especificidades de la narrativa que se escribe actualmente en nuestros países. Dicho modelo no podrá evadir, por cierto, las fuentes europeas que lo nutren, como Todorov y Caillois, o la que viene de Norteamérica, representada por Rosie Jackson y su enriquecedora veta sicoanalítica. Será una teoría articulada sobre la base de varias piezas. Hablo de un sistema dúctil, flexible, con capacidad de renovación permanente. Los “grandes relatos” teóricos ya han sido asimilados convenienentemente. Este sistema tendrá que nacer totalmente alejado de las coordenadas convencionales, pues a medida que lo fantástico, en las próximas décadas, se afiance, también se diversificará y hará más complejo. En ese proceso de construcción de un discurso teórico, habría que brindar más atención, por ejemplo, a los aporte de un especialista español lamentablente fallecido, Antonio Risco, preocupado por esa heterogeneidad que exigía una perspectiva más orientada a la identidad que esta literatura ya había desarrollado desde la emergencia renovadora de Borges, o antes, incluso, con ecritores como Lugones, C. Palma o el mismo Darío.

ALD: ¿Qué intuición tienes tú, como autor y como crítico, de la definición de lo que es lo fantástico? Lo fantástico como vacilación, transgresión, efecto evanescente, como seducción, como juego con el lenguaje, como conflicto entre lo real y lo imposible, como una visión de lo real incluida dentro de la misma realidad… : ¿qué rasgo de lo fantástico te parece más representativo de esta escritura?

JG: Es razonable realizar la separación, pues los caminos de la creación corren por vías separadas, aunque siempre he sostenido que todo ejercicio crítico no es solo re-creativo, sino creativo, pero es una pregunta a la que responderé integralmente. Como creador-crítico inserto en estas prácticas, considero que las definiciones que mencionas siempre se encuentran latentes en todas las narraciones. Evocando el modelo de Jakobson sobre las funciones del lenguaje, que nace de los factores de la comunicación verbal, y haciendo una analogía quizá algo rudimentaria aún, existen funciones predominantes o secundarias. En ciertos textos, lo más visible podría ser la vacilación, y en otros el juego del lenguaje…no existe una sola forma de manifestación de lo fantástico, ni siquiera en un mismo autor. En otros textos, quizá las “funciones” se encuentren tan imbricadas entre sí que resulta imposible deslindarlas. En este caso, probablemente estaríamos ante un texto reacio a los encasillamientos y que exigiría la ductilidad del modelo que yo sugería líneas arriba.

ALD: La relación entre lo fantástico y la historia del país. Dice Elton Honores (Mundos imposibles, p.65): “gran parte de los cuentos fantásticos peruanos dialogan con los procesos históricos y sociales”. ¿Compartes la idea?  ¿En qué medida lo fantástico puede definirse a través de la Historia del país, como mero marco de acción o como centro, núcleo del efecto fantástico? ¿Existe un fantástico comprometido en el Perú?

JG: En la observación de Elton Honores, sin duda el especialista en la narrativa fantástica peruana más importante de la actualidad, subyacen ideas muy estimulantes que podrían afirmar una identidad propia, especialmente para la escrita desde mediados del siglo XX. En ese período, la llamada Generación del 50 sentó las bases de una literatura que por fin se concebía a sí misma como “moderna”. Elton formula estas apreciaciones en el marco específico de una sociedad y de un tiempo en el cual las contradicciones propias de un país periférico -sometido a poderes externos coludidos con una oligarquía dominante, colonialista y patriarcal- propiciaban una disociación entre diversas culturas (la criolla y la andina, por ejemplo). El discurso hegemónico promovía la uniformidad, la “civilización urgente” de los habitantes originarios para insertarlos al país oficial y, por otro lado, rechazaba su presencia como migrantes en los grandes centros urbanos. Además, como ha sido una constante en el Perú, una nueva dictadura militar, la de Odría (1948-1956) creaba escisiones entre sectores acomodaticios y una juventud adversa al régimen. La literatura fantástica contemporánea se gesta en un contexto de grandes tensiones, en medio de un lento emerger de una nueva clase media. Escritores capitales como Loyza, Durand,  Zavaleta y Ribeyro, sumados a Mejía Valera, Buendía, Castellanos se foguean en un medio donde es peligroso y arriesgado mostrar una abierta oposición a la feroz dictadura. Y en ese instante, las búsquedas que se distanciaban de la mímesis realista “codifican” ese estado de cosas con los medios e imaginería propios de lo fantástico. Pero ese proceso de “claves secretas” que menciona EH ha continuado. Ya en plena década del sesenta, José B. Adolph, un clásico moderno y quizá el más importante narrador fantástico de nuestras letras, también exploró esas posibilidades, convirtiendo incluso la historia del Perú en materia de ficcionalización. En sus cinco primeros volúmenes de cuentos, aparecidos entre 1968 y 1975, hay buenas pruebas de ello. Y en tiempos recientes, escritores como Daniel Salvo, a través de la ciencia ficción, utilizan acontecimientos de la historia para proponer vías especulativas sobre nuestro devenir como colectividad. Asumo que esta tendencia se fortalecerá, pues muchos autores jóvenes también están interesados en esas exploraciones, que se desplazan entre la ucronía e incluso lo metaliterario. La palabra compromiso es absolutamente válida aquí, no en el sentido que le dio Sartre, sino en la posibilidad de que los autores acepten de una vez por todas que su propia experiencia colectiva contiene elementos que pueden servir de base a ficciones, sino tambien que lo fantástico, sin perder su dimensión literaria, se convierta en un instrumento de crítica a la “historia oficial”, dictada siempre a petición de parte por los grupos dominantes.